Los 7 pecados capitales… + 1 de la Historia de la Iglesia (4)
Ciertamente que la Iglesia siempre se ha preocupado por los pobres, más que nada para que siguieran siéndolo. Curiosa coincidencia de tres evangelistas, Mateo (26.11), Marcos (14.7) y Juan (12.8): "...a los pobres siempre los tendréis entre vosotros". ¡Como para hacer cuestión de las palabras del Maestro erradicando la pobreza!
A decir verdad la Iglesia siempre ha velado por los pobres, es más, los bienes de la Iglesia se han denominado desde el papa Pelagio I “peculio de los pobres”. Pero desde tiempos tan lejanos hasta el actual Francisco ("quiero una Iglesia pobre y para los pobres"), suenan a sarcasmo tales expresiones al hablar de los pobres como dedicación primaria de la Iglesia.
Pues a despecho de tales afirmaciones, la Iglesia se ha afanado, por todos los medios posibles, legales o ilegales, lícitos o ilícitos, por acrecentar hasta límites desmedidos tal “peculio”: compra, permuta, diezmo y rediezmo; extorsión, engaño, robo, apropiación de bienes por condena (o condenas para apropiarse de tales bienes) y todo cuanto se quiera añadir respecto a metodología apropiativa y expropiativa.
El modo ha sido siempre de lo más rastrero, vil y despreciable: explotando la ingenuidad y credulidad de los fieles que no sabían leer ni escribir, utilizando arteramente la fe en el “más allá”, pintando de la manera más horrísona los tormentos del infierno, de los cuales podían librarse con ofrendas y donaciones, subordinando la seguridad del Paraíso a esas ofrendas y donaciones y otros medios materiales… Y no sólo de los vivos, también de los difuntos: nada menos que doce mil misas encargó Isabel la "muy" Católica (a "tanto" la misa). ¿No bastaba con una, que tiene poder infinito?
La credulidad no era patrimonio exclusivo de las clases bajas: en un mundo donde lo espiritual escapaba a la comprensión de los iletrados, tan crédulo era el noble como el peón de brega. De ahí que todos buscaran el mejor modo de acomodarse en el Paraíso procurando la magnificencia del “más acá”: fundaciones de príncipes y nobles, miles de misas por el alma que no muere, fundación de capillas en las catedrales, erección de monasterios donde reposar los huesos a la espera del Juicio Final… Todo, como quedaba estipulado, “pro salute animae”.
Seguimos creyendo, dado que así nos lo han enseñado, que el sistema de explotación feudal fue algo exclusivo de los nobles. Nada más lejos de la realidad. La Iglesia ha sido la mayor institución feudal de todos los tiempo. La Romana, como ya sabemos, llegó a ser señora de las 6/10 partes de la actual Italia. A su vez arzobispados, monasterios y conventos disponían de latifundios enormes, que solían englobar bajo su dominio numerosos pueblos y aldeas, donde trabajaban sirvientes, domésticos, labriegos y ¡esclavos!
El monasterio de Oña (Burgos) llegó a tener como tributarios 177 pueblos o monasteriolos a él sujetos, que cubrían una extensión desde Torquemada (Palencia), al Sur, hasta Soto de la Marina, a pocos kilómetros de Santander, distantes entre sí más de 200 Km. En la comarca de Pamplona había ocho monasterios en el año mil; un siglo más tarde el número asciende a setenta y cinco. Todos ellos, lógicamente dotados de fondos pecuniarios y tierras para su auto abastecimiento. Olot, San Pedro de Rodas, Silos... miles de hectáreas en usufructo. ¿Fruto de su trabajo? En modo alguno: donaciones reales, dotes, herencias, explotaciones agrarias. Todo ello desprovisto de polvo y paja: exento de tributación.
Tegernsee fue la abadía más importante de Alemania. El "summum" de la concreción del Evangelio. Fundada por monjes benedictinos en el año 746, está situada en Baviera, en el límite con Austria junto al lago del mismo nombre y cercana a otra abadía, Benedictbeuren, donde se encontraron los famosos “Cármina Burana”, sátira mordaz hacia la casta sagrada. Tal abadía llegó a ser propietaria, no se asusten, de 11.860 propiedades entre alquerías, fincas, granjas, cortijos…
Otro de los monasterios “escandalosos” fue el de Saint Germain des Près, junto a París. Para hacernos una idea, un pueblo de tamaño mediano de Castilla, el pueblo de mi refugio, dispone en tierras de labor entre 1.700 y 2.000 Ha. El monasterio de Saint Germain era propietario de ¡430.000 hectáreas! El monasterio de Saint Martin de Tours llegó a tener 20.000 personas trabajando en sus propiedades… en un régimen de trabajo en nada distinto a la esclavitud.
No es exagerado decir que durante muchos siglos la Iglesia fue propietaria de 1/3 de las tierras de labor de Europa. Hoy todavía la Iglesia del Cristo pobre que vela por los pobres, como institución o sociedad unitaria, es la mayor terrateniente del mundo.
El estado de cosas que aquí se nombran tuvo una vigencia temporal de muchos siglos, el periodo más largo de su historia: ¿cómo pensar que tal Iglesia era la continuadora del espíritu de Jesús? Era, ha sido ¡y es! otra cosa. Con el engaño inherente a tal régimen de cosas de que pretende ser lo que Cristo quiso.
¿Consecuencia? En aquellos largos periodos de la historia próspera de la casta sacra, entre la nobleza, los monasterios y la Iglesia romana los siervos de la gleba –los tan mentados “pobres”-- no tenían materialmente donde caerse muertos… porque, además, eran quienes pechaban con los tributos que sostenían al Estado, amén de ser carne de cañón en las frecuentes guerras que entre ellos surgían.
Hubo, lógicamente, sublevaciones y revueltas de campesinos, frecuentes y constantes: coniuratines et conspirationes de que hablan las crónicas. La más señalada de ellas, la propiciada por la revolución luterana, con la traición de Lutero y la carnicería y los terribles castigos aplicados. Añádanse otros castigos que podían sufrir por la más leve nimiedad que, entre otros motivos, el hambre empujaba a cometer.
Si alguien robaba algún objeto de la iglesia, se le aplicaba la célebre sentencia “morte moriatur”; por incinerar al difunto, “morte moriatur”; por consumir carne en Cuaresma, “morte moriatur”; por negar el bautismo al recién nacido, “morte moriatur”… (legislación de Carlomagno). En el antiguo derecho penal polaco al que comía carne durante el ayuno de Semana Santa se le arrancaban los dientes.
Pero tales prácticas en aplicación de la “iusta lex” ya pertenecen a otro apartado, a otro pecado capital.