La prédica del amor o el engaño del sustento.
Las muestras de pasteleo teológico pueden ser numerosas, pero sirva como tal el pretexto que sustenta cualquier religión, la predicación de una moral superior.
La del cristianismo tuvo y tiene el éxito social conocido por asumir o incidir en los sentimientos más primarios, elevados, constructivos y sublimados de la persona: su “moral del amor”.
Pero donde parece haber una predicación sublime y sublimada, subyace una argucia, una engañifa que ya tantos escritores se han encargado de desvelar: tal "moral superior" tiene la doble "cualidad", primero, de haber sido predicada en un entorno de exclusión, destrucción y odio y, segundo, sin referencia alguna a lo que es el primigenio sentido del amor, el conyugal.
Y magnifican hasta con ritos y ceremonias --v.g. Jueves Santos--, figuras y símbolos --Corazón de Jesús--, etc. lo que es un sucedáneo del amor. ¡Amor fraterno! ¡Cuánta quimera y, cómo no, cuánto odio escondido!
Por atenernos a los inicios de la moral cristiana, la ética de la religión judía, de donde surge la figura de Jesucristo, se basa en la fraternidad “ab intus” y la lucha a muerte con el adversario exterior. El Antiguo Testamento es así de principio a fin. Todo el bien para los de dentro; todo el mal para quien está fuera, por exclusión o por enfrentamiento.
Y así ha sido y sigue siendo el cristianismo.
El Jesús judío de “no he venido a abolir la Ley o los profetas... sino a consumarla”, ni casa bien ni se puede enmascarar con el mensaje de amor universal.
¿Por qué la dialéctica cambia con el cristianismo?
La comunidad inicial que seguía al predicador exitoso, Jesús, a su muerte se ve compelida a un proceso necesario de huír hacia delante, propiciado por el sentimiento primero de fracaso --fracaso de su líder asesinado, fracaso del sustrato judío con la destrucción de Jerusalén--.
Por una parte entrevén que las promesas mesiánicas se han cumplido en su mentor espiritual; por otra el reino anunciado ha resultado ser un fiasco; y por otra necesitan hacer ver que el “enemigo exterior” ya no lo es tanto.
¿Cómo conjugar tantos elementos contrarios? Por la asunción de una ética distinta incluso a la anunciada por su propio Mesías: ética de resignación, ética de las bienaventuranzas, ética del amor fraterno hacia todos ¡predicada, como dicen los Evangelios, por el propio Maestro!, cuando nada podía chocar tanto a la mentalidad de un judío ortodoxo como Jesús y cuando incluso superabundan testimonios de “santa ira” en los evangelios.
¿De dónde extrae, pues, la Iglesia el mandamiento del amor? ¡De su propia necesidad de subsistencia!.
Es difícil extraer de los Evangelios cuál fuera la verdadera doctrina hablada del judío Jesús, dado que dichos Evangelios se escribieron muchos años después de la desaparición del Maestro --el de Marcos hacia el año 70-- y al dictado de necesidades perentorias, búsqueda de integración, proselitismo entre los gentiles, expansión entre culturas bien diferentes a la judía... Pero aún así, hay material sobrado para pensar en paradojas.
La abundancia de expresiones “terribles” contenta a los judíos; las bienaventuranzas a “los otros”. Pero ambas son contradictorias para cualquier aficionado a la exégesis.
Los enemigos de Jesús aparecen por doquier en los evangelios: herodianos, saduceos, sacerdotes del Templo, escribas, idólatras, ricos y poderosos, apóstatas, paganos y en menor medida los romanos. Contra todos ellos hay invectivas claras, abundantes y descalificadoras: Mat 5.44; 6.19-24; 10.16; 11.20; 12.34-39; 16.26; 22.15; Mc. 10.21; 12.13-17; Lc.1.52; 6.20ss; 16.13; 18.18; 19.45; 20.20.
Post data: ¿No podrían ser dichos anatematizados, “personas” a salvar por el amor? En la sola consideración de estos testimonios uno se queda con la explicación racional de que fue su propia lengua viperina la que preparó los palos de la cruz y los clavos de su crucifixión.