Prohibido razonar ante ciertas historias.

Las historias que cuentan los Evangelios sobre Jesús y que, con San Pablo, trascienden a otro nivel doctrinal, tienen unos destinatarios muy concretos, aquellos que admiten la fe en un Dios que es Trinidad y que es Salvador.

Sin embargo, también un lector imparcial puede echar una ojeada sobre dichos textos y… ¿cómo se queda? Pues, sencillamente, hasta puede llegar a preguntarse si es él un necio, por nesciente que no capta la irracionalidad de lo que lee o si pensaron quienes tales cosas escribieron que nadie superaría la etapa de la niñez, porque son cuentos para niños.

Hay mucho Antiguo Testamento en el Nuevo. Gran parte de la vida de Jesús se escribe al dictado de supuestas profecías sobre el Mesías del Antiguo Testamento. La primera falacia profética es la profecía de que el Mesías nacería en Belén. Es falso el edicto de empadronamiento, es inverosímil un viaje de unos 150 km con un embarazo tan adelantado… y nada de lo que sucedió después puede ser creído. Que luego tal leyenda propicie festividades seculares, es otra historia, la de la credulidad que elabora festejos gratamente celebrados por la feligresía.

Pues siga preguntándose quienquiera que lea todo eso el porqué, el cómo y el dónde de todo el tinglado del nacimiento, porque todo lo que después se dice de él contradice este hecho previo. Es galileo, de Nazareth, se mueve predicando por el norte, no es hasta el fin de sus días cuando se acerca a Jerusalén, distante de Belén 9 km. ¿Qué pintaba Belén en tal relato?

No es ofender a la fe confrontar hechos que se cuentan con el devenir normal de la vida. Es lo que se dice del anuncio de Gabriel a María, de la concepción de Jesús como obra del Espíritu Santo, de las dudas de José, del ángel que le saca de ellas… Lógicamente, la mente imparcial lo introduce en el cajón de las leyendas o fábulas, cuentos, mitos y, con relación a la realidad de las cosas, patrañas.

Vendrán otros más atrevidos inventando relatos que cuadren con lo que suele suceder en embarazos no deseados; sobre un posible adulterio o relaciones prematrimoniales con preñez incluida; hablarán de los posibles y rocambolescos motivos de José para aceptar a María encinta… Lo que se diga será tan creíble como la aparición de un ángel a José. Por descontado, más creíble.

¿Qué pensar, entonces, de José? Si se creyó lo que María le dijo, o José era tonto de remate, un idiota integral, o pensó que María desvariaba. También se podría pensar, un supuesto, que José admitió un hijo espurio porque tampoco era un mal mayor, dado que María, es un decir, era guapa y sus padres pudientes.

Al admitir lo que dicen tales atrevidos deslenguados, parece que se burlan de la fe de millones de personas y no hay tal, porque lo otro, lo que relata el evangelista es una ofensa a la inteligencia si se ha de admitir como real, pero lo cierto es que tal fe sí que es un escarnio a la inteligencia. ¿Una mujer fecundada por un espíritu? ¿Ángeles mensajeros? ¿Un marido que acepta lo que le dice un sueño?

Pero siguen las incongruencias, como que un rey ordene la muerte de niños menores de dos años y otro ángel le avisa SÓLO a José de que huya. ¿Y el resto de madres y padres no eran también piadosos y creyentes en Dios? ¿Dónde están la piedad y misericordia de “ese” Dios que consiente que mueran los niños que fueran? ¿Y cómo todo un dios tiene miedo de Herodes? ¿No se lee en el Antiguo Testamento que muchas veces Dios fulminó a los enemigos de Israel? ¿Y no lo hace con Herodes tratándose de su propio Hijo?

Pues lo dicho. Creo que muy pocos creyentes se ponen a pensar, cuando les relatan tales fábulas, en lo que hay de realidad. Lo único que se puede pensar es que, de manera inconsciente, todo lo equiparan a los otros cuentos que oyeron en la infancia. Y ahí queda todo.

Insistimos en lo dicho: pensar en estos argumentos es propio de personas con inteligencia normal, que razonan; tener que tragar todo lo que dicen los Evangelios es ofender, es tratar a la gente como anormales o aniñados. Sí; es ofender. Si admitieran en sus homilías que todo son mitos, circunloquios o ficciones para explicar la presencia de Dios entre los hombres, aún se podría admitir.

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