¿Qué queda de lo sagrado cuando desaparece Dios? I

Hay preguntas que parecen pertenecer inevitablemente a la religión y que, sin embargo, sobreviven cuando la religión desaparece. Una de ellas es la de lo sagrado. Quienes hemos prescindido de credos podemos sentirnos tentados a pensar que, desaparecidos los dioses, todo queda reducido al territorio de lo profano. Pero nuestra propia conducta parece desmentirlo.

Si echamos por tierra la existencia de Dios como entidad personal, real, existente, con todas las características que se le presuponen, el entramado de creencias, ritos, realidades fácticas, elaboraciones humanas... relacionadas con Dios, necesariamente quedan sin sustento, sin base y sin fundamento. ¿Sucede así?

Durante largos periodos de la humanidad, lo sagrado fue algo inherente a la existencia de dioses. Era sagrado un monte, el árbol, un recinto cualquiera; lógicamente el templo, porque pertenecía a la divinidad; lo era el altar, la reliquia, el sacerdote, determinadas palabras, determinados días y determinados lugares. El mundo religioso establecía una frontera reconocible entre aquello que pertenecía a la vida ordinaria y aquello ante lo cual había que detenerse.

Pero ¿qué sucede cuando Dios desaparece del horizonte de una sociedad, cuando la vida religiosa ya no es vida común, cuando se da de lado la religión en la vida corriente, cuando los principios que animan a uno ya no guardan relación con deidades o preceptos religiosos?

La respuesta más inmediata sería pensar que desaparece también lo sagrado. En realidad, así parece. Al templo “normal” que no es joya arquitectónica, ya no se acude; las reliquias se ven como un objeto casi hilarante; el sacerdote, como mucho, un amigo. Y así el resto de lo citado. Una sociedad secularizada sería, desde ese punto de vista, una sociedad enteramente profana: un universo en el que ya nada posee una dignidad especial por proceder de una instancia superior.

Sin embargo, basta observar nuestro comportamiento para advertir que las cosas no son tan sencillas. Presuponiendo que la mayor parte de las personas somos educadas, seguimos guardando silencio ante una tumba; seguimos considerando intolerable la profanación de determinados lugares; entramos con respeto a las catedrales; conservamos objetos que pertenecieron a nuestros muertos y que jamás trataríamos como simples objetos; construimos monumentos, celebramos aniversarios, preservamos espacios de memoria; aunque no lo digamos, sabemos que la mejor forma de celebrar una I Comunión o una boda es en el templo; acudimos a él para acompañar a los “deudos” del difunto y reaccionamos con indignación cuando alguien se burla de ciertas víctimas.

No creemos necesariamente que haya en esas cosas una presencia sobrenatural. Y, sin embargo, no las tratamos como si fueran enteramente ordinarias. Así, Dios puede desaparecer sin que desaparezca lo sagrado.

Una frontera más antigua que la teología

Una de las intuiciones más fértiles de la antropología de la religión consiste precisamente en distinguir lo sagrado de la simple creencia en seres sobrenaturales. Émile Durkheim entendió que uno de los rasgos fundamentales de la religión era la división del mundo entre lo sagrado y lo profano [1]. No se trataba únicamente de creer en dioses. Se trataba de separar ciertas cosas del uso ordinario y rodearlas de prohibiciones, respeto, ceremonias y significados especiales.

Desde esta perspectiva, lo sagrado no designa necesariamente una sustancia misteriosa. Designa también una relación. Algo se convierte en sagrado cuando deja de ser intercambiable con cualquier otra cosa.

Una fotografía puede ser un pedazo de papel. Pero la última fotografía de una persona querida puede adquirir un valor que ningún precio expresa adecuadamente. Quien la rompe deliberadamente no destruye solamente papel.

Una bandera es tela. Un cadáver es materia orgánica. Una alianza matrimonial es un pequeño aro metálico. Una tumba es tierra y piedra. Y, sin embargo, nuestras sociedades saben perfectamente que ninguno de esos objetos es siempre reducible a su composición material. Es ahí, precisamente, donde comienza el territorio de lo sagrado.

(Seguiremos mañana)


[1] Un libro altamente interesante que recomiendo y que yo sorbí con fruición: Lo sagrado y lo profano, de Mircea Eliade.

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