Relatos maravillosos ahora y siempre

El evangelista Marcos, también los otros, sigue un sistema glorificador del personaje Jesús que en nada difiere de los hagiógrafos griegos cuando tratan de sacar del olvido a personajes célebres de su entorno o filósofos precedentes. Materia y forma literarias son idénticas en ambos.

Un ejemplo lo tenemos en Diógenes Laercio cuando aborda la tarea de escribir sobre filósofos célebres, aportando opiniones y sentencias de los mismos y, en cierto sentido, inventando afirmaciones imposibles de confirmar. O negar.

Si se juzga el estilo literario, el motivo que les inspira, los personajes que describen y cómo los describen, Marcos y Diógenes no difieren en nada, aunque digan que el primero escribía bajo la inspiración del Espíritu Santo. La pretensión de ambos es que se ame y se admire a los personajes de los que escriben.

Cuando ambos se refieren a personajes ilustres, no pueden perder el tiempo en hechos normales o corrientes: todo en ellos debe ser extraordinario. Y también fabuloso. Marcos no se recata en narrar milagros de los que cualquier persona sensata se reiría por imposibles.

Tanto para Diógenes como para Marcos sus personajes no pueden nacer, vivir, hablar, pensar o morir como el resto de los mortales.

¿Detalles comunes entre los relatos de ambos, tomando datos de los otros sinópticos? Aunque Marcos no refiere el nacimiento de Jesús, ni por tanto se refiere a la virginidad de María, lo cierto es que este “detalle” sí se encuentra en Diógenes cuando habla de Platón, con una madre en la flor de la edad y cuyo alumbramiento no supuso trauma físico alguno; a María se le aparece el arcángel Gabriel y en el nacimiento de Platón desciende el dios Apolo; Jesús es hijo de Dios como Pitágoras es la encarnación de Apolo y sus discípulos proceden de la tierra de los hiperbóreos, lugar de los dioses; Jesús da vista a los ciegos y vuelve a la vida a los muertos e incluso resucita, lo mismo Empédocles que resucita a un muerto y él mismo regresa a la vida tras su muerte; Jesús profetiza sucesos futuros lo mismo que Anaxágoras profetiza la caída de meteoritos.

Y si de milagros concretos pasamos a actitudes o cualidades, lo mismo que Jesús es el portavoz del sumo Dios así aparece Sócrates en la obra de Diógenes, que habla como portavoz de un daimon que habita en él. Jesús convence por su retórica y su capacidad persuasoria lo mismo que todos los filósofos antiguos, sean cínicos o epicúreos. La relación con el discípulo amado, Juan, es la misma que tiene Epicuro con Metrodoro. Pitágoras, al igual que Jesús, habla por medio de alegorías, símbolos cautivadores y términos enigmáticos.  

El mensaje de Jesús es oral, no escribe nada, lo mismo que Sócrates o el más lejano Buda. La agonía que Jesús sufre en Getsemaní es la que Sócrates experimenta en la noche de Potidea. El uso de los sueños para la transmisión de un mensaje, como los de José para aceptar a María o huir a Egipto, también se da cuando Diógenes Laercio habla de Sócrates.

Por supuesto que ninguno de esos personajes eximios se comportan como humanos o sufren el imperativo de las necesidades del resto de los mortales: no tienen hambre, sed, sueño, necesidad de evacuar, imperativos sexuales ni siquiera se ríen. Pitágoras, por ejemplo, está dotado de carne espiritual; dotado de anticuerpos no sufre los efectos del veneno; es incorruptible y no sufre los rigores del frío o el calor. Cierto es que Jesús sólo tardó tres días en resucitar, mientras que Pitágoras volvió a la vida doscientos siete años después. Pero cualitativamente es lo mismo.

Nada de lo que escribieron de Jesús les resultaba extraño a los oyentes de ese tiempo cuando recibían el mensaje cristiano. ¡Y hubo tantos que lo creyeron! La credulidad en tiempos de Jesús era la misma que la de hoy día, cuando los fieles que acuden a la misa dominical creen a pie juntillas que las palabras del sacerdote transforman lo material en carne o sangre de un dios.

A estos mismos creyentes les parecen simplezas, necedades y cuentos los que Diógenes vierte sobre los filósofos griegos y no son capaces de caer en la cuenta de que los hechos narrados sobre Jesús son del mismo cariz. Y se irritan sobremanera cuando alguien lo pone de manifiesto, con el agravante de que hoy, cuando salen a la luz tales despropósitos, las tragaderas crédulas son mayores que en tiempos pasados, por más que el mensaje se haya espiritualizado un tanto.

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