¡Aquel renacer humanista!



Nunca valoraremos suficientemente lo que supuso el Humanismo renacentista para el mundo occidental.

Aunque de forma no tan explosiva y cautelosa, pero sí más extendida y usufructuada, el mundo nuevo que surge ahora, adquiere rasgos similares, con fuertes concomitancias con aquella época.

Fue una estocada al mundo de las creencias, de cuya herida ha estado curándose la "organización cristiana" durante cinco siglos, herida no curada y que, de forma larvada y lenta, le está conduciendo a la gangrena vital, es decir, a su disolución.

La imparable secuela de "inventos" del Renacimiento, de tanta trascendencia como los generados en el Siglo XX, fue paralela a un modo nuevo de pensar y de organizar la sociedad.

El Renacimiento supuso mercados nuevos y técnicas de producción nuevas; una concepción naturalista del mundo; una curiosidad intelectual hasta entonces inédita; la humanización de las relaciones sociales; avance cultural prodigioso; concepción científica del mundo y del universo; sentido laico de acontecimientos antes apropiados por la creencia; filosofías desligadas del credo...

En fin y en resumen, preocupación por el hombre y por lo humano: el hombre sujeto de acontecimientos, persona, libre.

De "hijo de Dios" se transforma en "individuo"; el sentimiento nunca superado de la muerte, se traduce en goce de la vida; la perdurabilidad tras la muerte se trueca en fama; a la providencia divina, que todo lo regía, se superponen fortuna y azar; la "imitación de Cristo" da paso a la ética personal : la creencia en el origen divino de los reyes, y por lo tanto la supremacía --desde luego más por intereses de poder que por otra cosa-- del papa, cedió el paso a una concepción del poder cifrada en intereses políticos... luego en repúblicas y democracias.

No otra cosa ha sucedido en nuestro siglo, pero de forma más definitiva, puesto que la creencia ha sido arrinconada.

No hay diferencia cualitativa entre nuestro siglo y el Renacimiento: ahora es más "de cantidad", puesto que estas ideas, generadas en otros tiempos en mentes privilegiadas, son ya acervo común, han calado en las masas y no tienen vuelta atrás.

Las creencias, en su concepción secular, tienen los días contados.

Tienen los días contados, aunque no en el intervalo de la vida del hombre, que es corta en comparación con la vida de sociedades "eternas". Ya las creencias han desaparecido prácticamente del entramado conceptual de aquellos que rigen la sociedad (científicos, filósofos, pensadores...).

Apenas si un 2,7% de los científicos defienden la idea de una "dios-persona". La asistencia a cultos de personas letradas es mínima y nada significativa. Su credo no influye en absoluto en el trabajo que realizan y menos en el entorno en que se mueven.

Queda que la masa popular se impregne de similares concepciones de la vida que las que postulan quienes "crean opinión".

No quiere decir todo esto que deba olvidarse o prescindirse del legado que la credulidad ha generado: es necesario --y conveniente para la cultura individual-- conocerlo, conservarlo, recuperarlo...

Pero ¿vivirlo? Ése es otro cantar, que va quedando mudo.
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