¿Quién tiene la respuesta?

 Preguntas sin respuesta. ¡Qué difícil es admitir lo poco que somos! Cuanto más sabemos, más humildes nos sentimos. Y conforme vamos cumpliendo años, más entendemos la finitud de todo y lo exigua o insignificante que es nuestra existencia.

Hay quienes nunca y en toda su vida, se harán preguntas sobre lo que somos y sobre lo que es aquello que nos rodea. Muchos dan la sensación de que se mantienen en un periodo estancado de la evolución de su cerebro. Nada se preguntan, a nada responden. Ahora bien, desde que el hombre es hombre, desde que saltó la chispa del conocimiento en su cerebro, y de forma recurrente, ha habido personas que han preguntado al mundo, a sí mismos, a “los dioses”… cuestiones que nunca parecen tener respuesta.

  • el origen de la Tierra y del Universo;
  • el origen de la vida;
  • el origen y naturaleza del hombre: qué somos y adónde vamos; cuál es nuestro destino en la tierra; por qué y para qué existimos
  • el inconformismo intelectual del hombre
  • la siempre agobiante cuestión de "tiene que haber algo más", distinto o por encima de este sucederse de los días y las tareas banales de cada jornada...

No son cuestiones que estén presentes en todo momento ni son pan de cada día, pero no son baladíes, sobrevuelan nuestra existencia, nuestro sustrato especulativo, cuando la persona con un mínimo de bagaje intelectual piensa en algo distinto a esa compulsión por dar satisfacción a las necesidades elementales de la vida, ese “pan nuestro de cada día”.  

Tengo delante una “edición especial” de National Geographic con el título “El inicio del Universo. Big Bang y agujeros negros”. Enfrascarse en su lectura produce un escalofrío intelectual, por varios motivos. El primero, quizá, la sensación de lo poco que somos, por no decir nada, en este inmenso conglomerado que es el cosmos. Menos que un virus con relación a nosotros; o lo que es la vida del hombre con relación a los millones de años luz con que se miden las magnitudes del Cosmos, nuestro infinitesimal periodo de tiempo.

Miro por la ventana y todo está quieto. No se mueven ni las nubes… y sin embargo la Tierra gira sobre sí misma a 1.670 km/h; y alrededor del sol a 107.000 km/h. Y el sol, dentro de la galaxia, se mueve a 800.000 km/h. A su vez, la Vía Láctea, tan maravillosa en las noches de verano, camina hacia Andrómeda a 2.200.000 km/h. Y sigo leyendo: una galaxia situada a 32 millones de años luz de la Tierra se aleja de nosotros a 657 km/s, o sea a 2.365.200 km/h. Y se ha detectado un "rayo" situado a ocho mil millones de años luz de la Tierra (24 mayo 2026). Y la mente se queda en blanco ante la magnitud del Universo.

Somos criaturas que han desarrollado, por evolución, una capacidad que se vuelve sobre sí y es capaz de generar todo tipo de “pensamientos”. Pensamientos que se traducen en productos, que los introduce en la naturaleza. Esa misma actividad "inteligente" hace que los hombres nos creamos algo, seres distintos en esencia al resto de los vivientes, por el hecho de plantear cuestiones trascendentales, supuestamente trascendentes.

¿Sí? Serán transcendentales porque el propio hombre ha dicho que lo son, que trascienden el devenir físico de la naturaleza. ¡Cuánta soberbia! Y resulta que, al final, son cuestiones sin respuesta. Y construimos mundos a los que damos carta de naturaleza… ¡frente a la magnitud del Cosmos! Y decimos: “Cuando contemplo el cielo obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?” ¡Obra de tus manos! ¿A dónde va el pensamiento?

Nos asignamos a nosotros mismos vida por encima de la vida como es el postulado filosófico o teológico del alma, sede y origen de la conciencia; y prolongamos nuestra finitud con una vida más allá de ésta… todo para atenuar el temor insuperable de la muerte. Y más todavía, construimos mundos que decimos que existen porque en ellos se hace realidad el premio o el castigo que este mundo injusto no proporciona.

El vulgo creyente o crédulo se ha contentado durante siglos con las respuestas que le han dado los gurús, los adivinos, los hechiceros tribales, incluso los astrólogos. Hoy responden los más civilizados sacerdotes, auto erigidos en mensajeros del "Respondente Máximo" o al menos depositarios teológicos del "saber" milenario. ¡Cuánta soberbia!

¿Respuestas? Ya la Filosofía se ha devanado los sesos tratando de responderlas, en un sentido o en otro. Y la Medicina en su campo específico de actuación; y la Antropología, la Sociología, La Psicología... todas buscando afanosamente la mayor precisión científica siguiendo métodos adecuados. No hay respuesta. O la que se da, no llena la mente inquieta.

¡Que sí!, dicen todos aquellos gurús. Hemos encontrado la respuesta perfecta que da solución a todo, Dios. Un ser, Dios, que elude investigaciones, soluciona complejos problemas filosóficos, sosiega "mentes de primera instancia", remite a juicios inapelables (siempre favorables a nuestros intereses) ... Los más sesudos contestarán que sólo se trata de un “deus ex machina”, como en el teatro. Pero mientras sirva...

Nada hay más aceptable que la seguridad psicológica de querer ver cumplida la esperanza, no sólo la esperanza última de que la credulidad da cumplida cuenta, sino la esperanza de encontrar mañana la respuesta que cada uno precisa. 

De nuevo y como siempre, se yergue un soberano “PERO” a tal solución:  dado que la respuesta que varios milenios de creencia han aportado no ha conducido a nada, el hombre pasará otros tantos confiando únicamente en sí mismo. Tengo la esperanza o presunción de que alguna mutación cerebral dé para siempre de lado tales interrogantes, por innecesarios para la vida. ¿Y entonces sucumbirá la humanidad porque ha llegado a su término? Ay, Dios, que te quedas sin adoradores, sin público, qué será de ti.

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