La sangre borra todas las ideologías.

Humanismo sin credos
20 nov 2018 - 19:46

Hemos "celebrado" --día 11 del mes XI a la hora XI-- los cien años del final de la primera gran hecatombe que supuso la llamada Gran Guerra. Veinte millones de muertos. Lo que no se puede celebrar pero sí recordar, es la otra gran hecatombe, la pandemia iniciada a mediados de 1918 que se continuó en el año siguiente, "la gripe española". Hablan algunos de 40 millones; otros de 100 millones de personas.

Ya se sabe por qué se denominó así, "española": ¡Por Dios, no se podía publicar que se había iniciado en EE.UU.! Lo mismo que el único genocidio americano fue el de la conquista "española", no el de las tribus indias de EE.UU.(1)

Como subproducto de la gran venganza que supuso el Tratado de Versalles, la II Guerra Mundial con cincuenta millones de muertos más el desbarajuste mundial que supuso. Si la I Guerra fue provocada por ciertos nacionalismos (cáncer de las democracias), la II tuvo un fuerte componente ideológico.

Las ideologías de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que pretendían ser la panacea salvadora de los pueblos y que, como doctrina, no han sido sino epifenómenos mentales derivados de una mala digestión de las precedentes o de siglos de silencio o postración, se han convertido en los mayores mercados de la masacre.

Nazismo, cuando el mesías social conduce a la hecatombe; comunismo, cuando el sueño de la razón social se convierte en aberración colectivista; cristianismo, cuando la huida del sufrimiento y la maldad terrenales llevan hasta los flecos de la "teología de la liberación"...

¿Qué queda de todo aquello? Millones, muchos millones de vidas truncada, vidas que fueron de una en una, no un número, sino un "cada uno", cada vida fue una niñez, ilusiones, alegrías, proyectos..., todos muertos "por una idea"; y tras todo eso, más miseria; ausencia de repuestos culturales; vacío.

Es preciso que la sangre de tantos inocentes se convierta en vida para los que nacen: sólo hay una filosofía válida, sólo hay una religión verdadera: la persona, su bien, su perfeccionamiento, su felicidad; no el bien social como "algo" ajeno o separado de las personas.

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(1) Por eso la población indígena de América del Sur es hoy, más o menos del 60/80% y la población aborigen de EE.UU. el 1,8%.

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