Soltería por el Señor

En la vida normal, la soltería obedece a diversas causas. Entre las más evidentes encontramos trastornos fisiológicos o psiquiátricos, que no hacen al caso de que vamos a hablar; a veces existen componentes neuróticos, como el rechazo al sexo opuesto por experiencias traumáticas vividas en la infancia (violencia del padre sobre la madre).

Soltería por el Señor.

Dejando aparte los casos anteriores, el origen más frecuente de soltería es por realización de un proyecto vital. Científicos, cantantes, deportistas, escritores, descubridores, viajantes, técnicos especialistas… El trabajo o la vocación les absorbe de tal manera que supera el componente hormonal que existe en la atracción de la pareja.

Es de suponer que la adscripción de un hombre o mujer a tal o cual congregación responde al mismo incentivo que el humano. En este caso, Dios, Jesucristo, la Virgen… ejercen tal seducción y potestad sobre ellos que todo lo demás les da de lado. La vivencia de la fe sobrepasa y santifica cualquier instancia que tenga que ver con las pulsiones humanas. El consagrado se entrega a vivir y esparcir su fe.

Dicen que su consagración, que su sacrificio y su dedicación, especialmente su trato con el Señor, han redundado en benéfica influencia sobre el mundo, sobre la propia sociedad religiosa y sobre el Cuerpo Místico que es la Iglesia.  Hablar de tal virtualidad nos parece algo bizantino: allá cada uno con lo que quiera creer, porque tales efectos son impalpables y en absoluto comprobables.

Nos asalta el pensamiento algo que posiblemente también les pueda rondar a ellos mismos cuando hablan de las famosas dudas de fe, haciéndose la pregunta de “si todo eso en lo que creo y que absorbe mi personalidad no será un descomunal cuento”. Por andar sin más circunloquios, puede que a los ojos de Dios sea una vida ejemplar, pero humanamente el curso vital de la inmensa mayoría de los consagrados, sobre todo monjas, está desquiciado. No que estén desquiciados, simplemente están “desenganchados” de la realidad, de la vida, como una puerta fuera de quicio.

Ese dual entendimiento entre Dios y la persona consagrada no suprime lo humano. En la inmensa mayoría del rebaño del Señor vemos cómo esa su “vida” es un discurrir lánguido y mortecino de la mayor parte de los “consagrados”, indicativo de que tal vida no les llena. Podría aportar muchos datos personales de lo que “yo” he visto por relación laboral en colegio de monjas: su vida diaria, el minuto a minuto, el comer unas junto a otras, pero mejor junto a ésta; el no escuchar; las miradas arrobadas; el persistente criticarse, el no soportarse, el huir de “aquélla”, el “no me comprenden”, el “vete que no quiero que tú me cures” ...

De la tríada de obligaciones a que se someten –pobreza, obediencia y castidad—me fijo en el destrozo que produce la castidad represora. No hablo del presente, así que echo la vista atrás en el discurrir vital de “una tal” Margarita María de Alacoque (1647-1690), que se me “apareció” el día en que se celebró la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio pasado. Espantado estoy todavía. “Si res talia sunt” ... Ya no es sólo que los consagrados cada vez encuentren menos sentido en su “carisma”, es que tal carisma destroza algún que otro psiquismo.

Vidas entregadas en revolver un día tras otro cuatro ideas que, para los más conspicuos, al frisar los sesenta años, ya no significan nada. En determinados casos, ideas que generan pensamientos únicos obsesivos --mi amado Jesús, María madre mía--, que derivan en perversiones. En el caso de Margarita, neurosis obsesiva según el más puro concepto freudiano. Con ello se constata el hecho de que no se pueden reprimir impunemente las leyes naturales sin que el psiquismo sufra alguna fractura. La Psiquiatría lo confirma.

El caso de Margarita es tópico del misticismo centrado en el símbolo del amor, el “Corazón de Jesús”, que origina desviaciones de la sexualidad –en su sentido lato que comprende el necesario amor del otro-- por desaguaderos raros y desviados. No hablamos de perversión, que estoy seguro de que no la hay, pero sí vías de escape adulteradas o envenenadas.

De lo que ella dice de sí misma, extractamos datos y frases:

  • A los quince años ya tiene, en éxtasis, “contactos” con Jesús, al que llama su novio. ¿Qué sienten las jovencitas normales a esa edad, cuando despierta el amor?
  • Los actos de masoquismo son incesantes; sus éxtasis no pueden catalogarse sino como trastornos; los continuos y continuados “acoplamientos con Jesús” un psiquiatra los entendería como un caso característico de erotomanía histérica.
  • Cuando estaba frente a Jesús me consumía como una vela en el contacto enamorado que tenía con él. Entiéndase en el sentido que se quiera.
  • A pesar de que la menor suciedad me levantaba el corazón... un día limpié con mi lengua el suelo ensuciado por el vómito de un enfermo. ¿Qué ideología puede generar semejantes actos de autocastigo? ¿Con qué provecho espiritual? ¡Esto es depravación freudiana!
  • Una vez mostré cierta repugnancia en el momento de servir a un enfermo que tenía disentería: Jesús (¿?) me regañó tan severamente que, para repararlo, me llené la boca de sus excrementos y me los hubiese tragado si la Regla no prohibiera comer fuera de las comidas (¡¡-!!). Aquí está redivivo en el segundo estadio, el anal.
  • Y este sublime testimonio: Un día que Jesús se puso sobre mí con todo su peso, respondió de esta forma a mis protestas: ''Déjame que pueda usar de ti según mi placer ya que cada cosa debe hacerse a su tiempo. Ahora quiero que seas el objeto de mi amor, abandonada a mis voluntades, sin resistencia de tu parte, para que pueda gozar de ti”. (¿¿??)
  • La Virgen se me aparecía a menudo, haciéndome caricias inexplicables y prometiéndome su protección. ¿De qué clase de “protección” habla? ¿Quizá del evidente complejo de culpa generado por tales “experiencias”, ignotas para un ser que a los ocho años entró en el convento y no podía tener la menor idea de las manifestaciones del instinto sexual?

Ya hace tiempo que me dejó perplejo la experiencia mística de Teresa de Jesús, Teresa de Ávila. Vuelvo sobre la frase:

  • En un éxtasis se me apareció un ángel tangible en su constitución carnal y era muy hermoso; vi en la mano de este ángel un largo dardo; era de oro y llevaba en la extremidad una púa de fuego. El ángel me penetró con el dardo hasta las vísceras y cuando lo retiró me dejó ardiente de amor hacia Dios... [Libro de su vida, cap. 29]

Las experiencias matrimoniales, aunque no lleguen al éxtasis, son de igual cariz.

¿Se siguen dando casos similares en los conventos? Que yo sepa no. ¿O ya no hay santas? ¿O la santidad hoy día “no va por ahí”? ¿O “eso” era –y es lo más probable-- fruto de un psiquismo fracturado? Convénzanse: nada puede estar por encima de la vida humana. Nada.

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