Cómo termina una religión.

Humanismo sin credos
27 sep 2010 - 02:11

No es lo mismo una religión “de prestigio” (el prestigio que puede dar el número de prosélitos, la cantidad de edificios que tengan por el mundo, tec.) que un movimiento religioso o que una secta (escisión o rama desgajada de una religión), pero a los efectos y cualitativamente todas son iguales. Nacen del engaño, engordan con el engaño y mueren por engaño.

Grandes religiones fueron la egipcia, el mitraismo, la religión azteca, la grecorromana... ¿Dónde están ahora? No quedan más que restos materiales, referencias literarias, mitos asimilables a historietas que, lógicamente y por boca de las religiones oficiales, son falsas.

Viendo el nacer y el morir de algunos movimientos o “religiones de fundador” (por hacer una diferencia respecto a religiones primitivas, naturales o históricas), podemos adivinar cuál puede ser el de las grandes: que el engaño quede desvelado. Otra forma traumática y radical de morir deriva de su vinculación al poder político que las apoya y al que apoyan: Egipto, Sumer, Roma, México, Perú...

Si hay una religión “irredenta” es ésa que todavía está esperando su Mesías, el judaísmo. Por lo mismo, proclive a ser engañada con apariciones de falsos Mesías.

Traemos el recuerdo de Sabbatai Sevi, Mesías que polarizó en el siglo XVII movimientos religiosos desde el Mediterráneo al Mar del Norte. Su mensaje: devolver a los judíos a Tierra Santa e iniciar la era de paz universal. Una interpretación cabalística certificaba su autenticidad. Ciudades como Esmirna, Salónica, Constantinopla y Alepo proclamaron su advenimiento.

Lo confirmaron profecías de todo tipo; el rabino Nathan de Gaza fue el suplente de Juan Bautista; muchos de sus enemigos, que lo tildaron de epiléptico y hereje, fueron lapidados (¿qué hacía el célebre San Cirilo de Alejandría con sus oponentes?); sosegó tempestades en un viaje a Constantinopla; estando en la prisión turca la estancia se iluminó con llamas sagradas.

Su aparición produjo una traumática escisión en el monolitismo judío.

Los otomanos supieron distinguir de forma muy política lo que había en él de líder religioso y el componente de sedición que había en sus prédicas. Lo encerraron en prisión pero hasta los ulemas musulmanes recomendaron que no fuera ajusticiado: eso crearía un mártir con el irredentismo que eso lleva consigo.

Su final podría ser tema de comedia. Denunciado por un seguidor suyo por inmoralidad y herejía, le propusieron someterse al juicio de Dios: servir de diana a los arqueros reales. Si se negaba tenía dos opciones, reconocer que Allah era el verdadero Dios y Mahoma su Profeta o ser empalado. Si aceptaba servir de diana, Dios desviaría las flechas si era verdadero Mesías o moriría si no lo era. Lógicamente prefirió seguir viviendo. Sus fieles hicieron de la necesidad virtud: se convirtieron en practicantes devotos de un nuevo rito, “la ocultación”, parecer ser musulmán pero interiormente ser judío.

Fue apartado o deportado a un olvidado lugar del Imperio y allí murió. Lo que sucedió con su “movimiento” es la crónica del desvarío y de la escisión en pedazos. Todavía quedan restos de un movimiento en su tiempo tan monumental y extenso en una minúscula secta sincrética de Turquía que combina lealtad al judaísmo con prácticas exteriores musulmanas.

Mucho me recuerda esta historia a “sectas” católicas periclitadas como la de los Jerónimos, los Antonianos, los Caballeros Teutones... La misma senda comienzan a recorrer hoy día cientos de Congregaciones, camino de la extinción. ¿No lo certifican así ciertas cigüeñas volanderas? El árbol se va secando por las ramas en otro tiempo suficientemente frondosas (en dinero e inmuebles).

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