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Unos textos como epígono de la Navidad

Entre los fervores de este tiempo del año que todavía colea con descuentos de tanta barahúnda, trufado de luminarias, esperanza redentora para muchos en la lotería, villancicos infantiloides que inundaban los supermercados, festejos musicales, aceras imposibles, visita obligada a exposiciones belenísticas, comidas familiares agobiantes y no sé cuántas cosas más que ha traído este tiempo que nos apabulla, entre todo esto, digo, se puede encontrar un momento oportuno para la reflexión sobre lo que la creencia católica mantiene como exultante misterio: nace el Salvador, el Hijo de Dios.

¿Sí? La cuestión medular es que ni la misma Iglesia sabe quién nace, si Jesús, si Jesucristo o si Cristo, tres personajes que difieren sustancialmente. Asimismo, algo difícil de entender si se pone en duda ese nacimiento tal como noslo cuentan. Lo que decimos hace relación a algo que, por repetido, ya cansa: la supuesta historicidad de Jesús.

La Iglesia sostiene que no es una simple creencia, que eso de “el Verbo se hizo hombre” no tendría sentido alguno si no fuera una realización dentro del “tempus hystoricum”. Los relatos evangélicos tienen suficiente consistencia para así creerlo, situando nacimientos y muertes en fechas y lugares bien determinados. A eso se añaden testimonios externos ajenos al cristianismo que así lo corroboran. Eso es lo que dicen.

Primera papirotazo: incluso biblistas de su propio redil no pueden conceder crédito histórico a los Evangelios. El motivo es evidente, su finalidad no era la de hacer historia. Por supuesto, tampoco conceden tal crédito los historiadores independientes de la creencia cristiana. Y respecto a “testimonios externos”… A cualquiera le puede hacer pensar, y dudar, que un personaje tan excepcional, que arrastraba a las masas, que profería discursos tan elocuentes y ¡que realizaba sanaciones milagrosas! no haya sido objeto de biografías o, por lo menos, más referencias a su persona en todo el Imperio romano. ¡Que sí existen!, dicen los creyentes.

Quizá no esté al alcance de los lectores la consulta de los TRES pasajes tan importantes confirmatorios de la historicidad de Jesús que manejan los creyentes: el muy manido de Flavio Josefo, el de Tácito y la carta de Plinio el Joven al emperador Trajano. Juzgue la historicidad del personaje quien lea las referencias las referencias “históricas” que aquí referimos.

FLAVIO JOSEFO:

"Apareció en este tiempo Jesús, un hombre sabio. [Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer]. [Muchos, tanto judíos como griegos, le siguieron]. Algunos de nuestros hombres más eminentes le acusaron ante Pilato. Éste lo condenó a la cruz [Sin embargo, quienes antes lo habían amado, no dejaron de quererlo. Porque al tercer día se les manifestó vivo de nuevo, habiendo profetizado los divinos profetas éstas y otras maravillas acerca de él]. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido”. Las frases entre [ ] soninterpolaciones posteriores.

CAYO CORNELIO TÁCITO.-

Tácito escribe su libro “Anales” hacia el año 112 d.c. Lo que se aprecia en este texto es que, simplemente, recoge un hecho, cual es que había seguidores de un señor al que llamaron Cristo, sin dar cuenta, por otra parte, de su verdadero nombre, Jesús.   

“Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él [incendio de Roma] y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición; pero tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes".

PLINIO (carta a Trajano)

Se refiere a cuestiones de cómo proceder con los cristianos. Importa sólo como testimonio de un hecho sociológico, que existían los cristianos. Aunque extenso, nos parece oportuno ofrecerlo completo, porque hay otros datos que nos pueden resultar curiosos.

“Es mi regla, señor, referirle a usted todos los asuntos de los que no estoy seguro. Porque, ¿quién es más capaz de guiar mi incertidumbre o informar mi ignorancia? Como nunca he estado presente en ningún juicio de los cristianos, desconozco el método y los límites que deben observarse al examinarlos o castigarlos.

También he tenido grandes dudas sobre si se debe hacer alguna diferencia en razón de la edad, o alguna distinción permitida entre el más joven y el adulto; si retractarse permite un perdón, o si un hombre ha sido cristiano una vez, no le ayuda a retractarse; si la mera profesión de cristianismo, aunque sin delitos, o solo los delitos asociados con él, son punibles.

Mientras tanto, el método que he observado con los que me han sido denunciados como cristianos es este: les interrogué si eran cristianos. Si lo confesaron, repetí la pregunta una segunda y una tercera vez, agregando la amenaza de la pena capital. Si aún perseveraban, ordené que los llevaran a la ejecución.

Sea cual sea la naturaleza de sus creencias, al menos no podía sentir ninguna duda de que la terquedad y la obstinación inflexible merecían un castigo. Había otros también poseídos por la misma locura, pero siendo ciudadanos de Roma les ordené que fueran enviados allí. Estas acusaciones se extendieron (como suele ser el caso) por el mero hecho del asunto que se investiga y salieron a la luz varias formas de la disparate.

Se colocó un cartel, sin firma, acusando a un gran número de personas por su nombre. Aquellos que negaron ser, o habían sido, cristianos, que repitieron después de mí una invocación a los dioses y ofrecieron adoración, con vino e incienso, a tu estatua, que había ordenado traer para este propósito, junto con las imágenes de los dioses, y que finalmente maldijo a Cristo —todas las cosas que se dice que ningún cristiano verdadero puede ser obligado a hacer— pensé que deberían ser despedidos.

Otros que fueron nombrados por ese informante al principio se confesaron cristianos, pero poco después lo negaron, diciendo que lo habían sido, pero que habían cesado, unos tres años atrás, otros muchos años atrás, y unos pocos hasta veinte años atrás. Todos adoraron tu estatua y las imágenes de los dioses, y maldijeron a Cristo.

Afirmaron, sin embargo, que toda su culpa o error era que tenían la costumbre de reunirse en un cierto día fijo antes de que amaneciera, y de cantar en versos alternos un himno a Cristo como a un dios, y de atarse a sí mismos. Por un juramento solemne, no a las malas acciones, pero nunca cometer ningún fraude, robo o adulterio, para nunca falsificar su palabra, ni para negar una prenda cuando fueron llamados a entregarla.

Después de esto, tenían la costumbre de separarse y luego reunirse para participar de la comida, pero comida ordinaria e inocente. Incluso esta práctica, sin embargo, la habían abandonado después de la publicación de mi edicto, por el cual, según sus órdenes, había prohibido las asociaciones políticas.

Por tanto, pensé que era más necesario extraer la verdad real, con la ayuda de la tortura, de dos esclavas, a las que llamaban diaconisas: pero no pude descubrir nada más que una superstición depravada y excesiva. Por tanto, he aplazado el procedimiento y me apresuré a consultarle. Porque me pareció que valía la pena referirme a usted, especialmente considerando los números en peligro.

Muchas personas de todas las edades y rangos y de ambos sexos están siendo y serán llamadas a juicio. Porque esta superstición contagiosa no se limita solo a las ciudades, sino que también se ha extendido por las aldeas y distritos rurales. Sin embargo, parece posible comprobarlo y corregirlo.

Es cierto, al menos, que los templos, que estaban casi desiertos, comienzan ahora a ser visitados nuevamente; y los ritos sagrados, después de un largo interludio, vuelven a ser revividos. Existe una demanda generalizada de animales de sacrificio, para la que hasta ahora sólo se encontraban compradores en raras ocasiones. A partir de esto, es fácil imaginar que una multitud de personas pueden ser recuperadas de este error, si se deja una puerta abierta para que cambien de opinión".

Y ahora, nuestras consideraciones:

Tales textos, según la mayoría de historiadores, no prueban absolutamente nada ni siquiera sobre la historicidad del personaje de carne y hueso Jesús, que no Jesucristo. Probablemente existió, como existieron muchísimos profetas que adoctrinaban y reafirmaban en la fe judaica a  gentes sencillas (nihil novum sub sole). Ahora bien, de ello a deducir que el tal Jesús era Cristo, Mesías, Dios y todo lo que “el de Tarso” deduce, va un abismo, el que separa a las personas que leen, se informan, piensan, razonan y deciden,  de quienes creen, sienten y se rigen por las emociones.

Cualquiera que tenga un mínimo de cultura lectora, percibe la sustancial diferencia que hay entre hechos históricos narrados por alguien como Tito Livio y los pretendidamente históricos "Hechos de los Apóstoles" de Lucas entreverado de hechos portentosos.

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