Qué tiempos aquellos que todavía colean.
Peter Manseau (1974) es un joven profesor de escritura creativa y estudios religiosos en la Universidad de Georgetown. En 2010 se publicó en España su libro Huesos Sagrados. Ed. Alba. El libro se debería leer hoy día en clave de humor, porque leído con la seriedad con que en otros tiempos se tomaban los asuntos de las reliquias, podría hacer que patinaran las meninges.
Tras su lectura, amén de otras consideraciones, uno no puede por menos de preguntarse si a tanto llegaba la credulidad que se esparció como una peste sobre todo entre los siglos XI y XVI.
En el libro se ofrece a la consideración del lector una multitud de muestras, a cada cual más variopinta, que en otros tiempos eran objeto de veneración e incluso de culto. Y no sólo en el entorno católico. Valencia, entre otros especímenes, conserva dos o tres armarios con restos curiosos, por ejemplo el brazo incorrupto de San Vicente, mártir de principios del siglo IV y el Santo Cáliz de la última Cena; la lengua de San Antonio; el “santo” Prepucio de Jesús; en otros feudos dicen poseer un pelo de la barba de Mahoma o un diente de Buda...
Cualquiera de nosotros ha podido tener conocimiento directo de esta veneración que todavía continúa: a la venta están o son objeto de regalo reliquias minúsculas encerradas en una cápsula de tal o cual “venerable”. Y sabemos que para la consagración de un altar es preceptiva la inclusión de una reliquia de santo. O en tal o cual romería o excursión cultural se nos ha dicho que “ahí” está tal o cual miembro de un santo. O que en su festividad den a besar el relicario con tal o cual reliquia que, por otra parte, es fuente de indulgencias.
Lo del Santo Prepucio tiene su miga. Al menos doce fragmentos de piel se llegaron a catalogar. Con razón Calvino se preguntó cómo de grande tuvo que ser el miembro viril de Jesús para que se conservara esa cantidad. Monjas hubo que en sus deliquios soñaron llevar tal fragmento de piel como anillo (Catalina de Siena) o que lo engullían (Agnes Blannbekin). En algún centro de culto recibía veneración pública el 1º de enero. Hasta 1983 en que fue robado el relicario que lo contenía, sólo quedaba un fragmento “original” en la iglesia de Calcata, Italia.
Preguntábamos arriba hasta qué punto llegó la credulidad como para admitir la veneración de reliquias como leche materna de la Virgen, un suspiro de José o un estornudo del Espíritu Santo(¡). Lógicamente nadie sabía que en otros lugares del orbe católico se conservaba “también” una reliquia similar a la que en tal lugar se veneraba. De ahí que se afirmara la existencia de dos cabezas de Juan Bautista; u ochocientas espinas del tormento de Jesús; en Rusia una reliquia de un santo inexistente, San Jorge; trozos del pesebre de belén; fragmentos del vestido de la Virgen...
En el siglo XVI hispano hubo una verdadera efervescencia por rapiñar reliquias. Uno de estos fervorosos fue Felipe II, que recabó por toda Europa las más variadas reliquias para su Monasterio escurialense, pagando algunas a precio de oro. Nada menos que unas 7.000 se conservan en San Lorenzo.
Aunque entre los musulmanes los elementos materiales de culto están vetados, no por eso desdeñan la posesión de un pelo de la barba de Mahoma, conservado en el santuario de Hazratbal (Cachemira), en un entorno mayoritariamente hindú.
Kandy es una ciudad de Sri Lanka hoy patrimonio de la Humanidad, de unos 130.000 habitantes. El edificio más relevante es el Templo del Diente de Buda que más de mil budistas visitan cada día. Varios dientes de Diddhartha Gautama (Buda) pudieron rescatar tras su cremación (S. VI a.C.) Precisamente el hecho de poseer un diente del fundador fue lo que propició que el budismo entrara en una región mayoritariamente hindú.
Dice Manseau que "sin reliquias de Buda y sin discípulos que hicieran de embajadores, es posible que no hubiera llegado a propagarse la fe. Pero fue el diente lo que permitió que se impusiera."
El canónigo conservador de las reliquias de la catedral de Valencia afirma: "Las reliquias han tenido más importancia en la historia de la Iglesia y de la ciudad. Hoy nos preocupamos más por los sacramentos. Pero aunque no concedemos ningún valor mágico a las reliquias, éstas funcionan como un recuerdo de la realidad de los santos y nos acercan a su memoria y a su intercesión, y nos dan esperanza en la vida eterna"
Por su parte Manseau afirma: "Cuando uno venera o besa un objeto o el cuerpo de un santo, no rinde tributo al cuerpo en sí, sino a lo que el cuerpo representa".
Por otra parte, la veneración de restos de eximios personajes o del entorno familiar no es algo exclusivo de las religiones, de algunas. Ahí están las momias de Lenin o Mao y otros venerables homicidas del pasado, la uña de Elvis Presley, camisetas de Messi, los dientes de leche de los hijos, la firma de tal cantante...
Está bien que hoy se pongan las cosas en su lugar y se contextualicen las creencias del pasado. Sin embargo no deja de ser abochornante que tales credulidades fueran fomentadas por las más altas instancias sacras.