Entre verdades y risas de la Navidad
Las tradiciones religiosas estrictamente navideñas, en trance de desaparecer, parece que están mutando a otra realidad, sin atisbo de cuál será la consolidación final de tal metamorfosis. Quizá todavía en el ámbito rural algo queda, pero el imparable influjo de las grandes urbes, el atontamiento que produce la televisión y la machacona batahola de los grandes almacenes conducen a la gran vulgaridad de la que es difícil escapar.
Ya ni los peces beben en el río, ni la Virgen lava pañales ni llegaremos a saber de quién eres preguntando al Niño, todo vestido de blanco. Quizá lo único cierto es que después de la Nochebuena, que viene y se va, nosotros nos iremos y no volveremos más. Sobre todo para nosotros, los de edad provecta, es un ramalazo de melancolía que revolotea e inunda el ambiente navideño.
La Iglesia, por su parte, sigue celebrando estas fiestas como si nada hubiera cambiado. En teoría, cuatro misas, que luego fueron tres y finalmente sólo dos: la de vigilia, misa del 24 por la tarde, Hodie scietis; la del gallo, a partir de las doce de la noche, in nocte; al despuntar el día, al amanecer, in aurora, y la del 25 de diciembre, in die, a media mañana ¡Qué tiempos aquellos, qué procesiones a la iglesia por sendas de nieve, qué cánticos! Stille Nacht.
Esta mutación ha sido producto de múltiples causas, como celebraciones familiares, festejos programados por la sociedad civil, hedonismo, alejamiento de los ritos normales del año que también afectan a los navideños… pero también el mayor conocimiento de lo que subyace en las celebraciones de la Iglesia. Señalemos como fundamentales la suplantación de ritos ancestrales previos o hechos cosmológicos. Esto nos mueve, también a nosotros, a aportar consideraciones anejas.
Por ejemplo, que Jesús no nació el 25 de diciembre y que las fiestas navideñas ya existían antes de que el Cristianismo llegara para arramblar con todo. Y preguntará alguno: ¿por qué la Iglesia propuso el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús? Vayamos por partes.
Es muy improbable que los que conocieron a Cristo supieran el día de su nacimiento, o realmente no importaba, porque en ningún lugar se dice. Si no se sabía en los primeros siglos, ¿cómo se llegó a saber 350 años más tarde? Fue el papa Líbero en el año 354 el que así lo decidió. Algunos osan decir que Cristo no nació nunca, porque no existió, o que ya estaba vivo antes de nacer, porque Dios ni nace ni muere.
Antes de fijar tal fecha, se barajaron tres, 25 de diciembre, 6 de enero (hoy es la fecha que celebra la Iglesia Ortodoxa) y 18 de abril. Quedó elegida la fecha del 25 de diciembre por varias razones, entre ellas que en tal día “también” nacían otros dioses, como Mitra, el rival de Cristo: fue un tour de force por ver quién podía más, con el resultado de todos conocido. Similar estratagema intentaron en nuestros días con “San José Obrero” para el 1 de Mayo, la fiesta del trabajo. Éste no tuvo tanto éxito.
Otro de los motivos fue que los paganos celebraban con diversas fiestas la muerte y el renacimiento del Sol, las “saturnales” o fiestas del “sol invictus”. Esas fiestas siempre fueron propias, principalmente, del “pagus”, el campo, porque del renacimiento del sol dependía todo (hoy ya no es así, porque tal sector productivo es minoritario).
La Iglesia de hoy clama contra el nuevo “paganismo” de las celebraciones navideñas actuales. Los que sentimos cierto hartazgo de estas fiestas que son consumo desmadrado y alegría a la fuerza, casi le damos la razón, pero no es justa ni congruente. ¿Por qué se lamenta de que la sociedad vuelva a celebrar tales fechas como lo hacían en la antigüedad? Al menos se celebra un hecho real, el solsticio de invierno, no el cuento del nacimiento del Hijo de Diossolapando el hecho real.
Con el paso de los siglos, las celebraciones litúrgicas se vieron trufadas de celebraciones burlescas, teatrales, populares, bailes, cantos atrevidos, etc. Concilios regionales, obispos, Inquisición… hacen referencia continua a esas celebraciones heterodoxas “dentro de la liturgia”, plagadas de elementos teatrales, con farsas intercaladas en los oficios. ¿No es tiempo de alegría? Pues el pueblo ponía los medios para ello.
Aunque hay muchas referencias en disposiciones de papas, obispos y concilios regionales, traemos una a colación, la del Sínodo Diocesano de Toledo habido en el año 1473, reprobando prácticas que, por lo que se colige, eran corrientes en la época:
- “…en las catedrales y demás iglesias de nuestra provincias existe la costumbre por parte de algunos, sobre todo en las fiestas de Navidad, San Juan, San Esteban y los Inocentes, en otros días festivos y con ocasión de misas nuevas, de introducir en la iglesia, mientras se celebran los sagrados oficios, espectáculos teatrales, máscaras, monstruos, elementos grotescos y muchas otras cosas deshonestas y de todos los tipos; por si fuera poco, se hace bulla y se recitan poesías lascivas y sermones jocosos, de modo que el oficio divino queda interrumpido y el pueblo se aleja de la devoción”.