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Ayudar a otros en su viaje de enfermedad y duelo es un acto de humanización.
Quedan lejos las exhortaciones a la resignación. Sobre todo, aquellas que tenían sabor dolorista, de pasividad, de calificación del sufrir como virtud, como si tuviera un poder redentor de alguna naturaleza. Hoy preferimos hablar de posibilidad resiliente. Amamos la palabra “integrar” referida a la sombra -en palabras de Jung- al sufrimiento, a la muerte -como recordaba Kübler Ross-.
Pero más difícil es acompañar a las personas que viven formas de sufrimiento inevitable a encajarlo y sacarle sus potenciales o atravesarlo sin que haga más mella de la necesaria. Nos queda siempre el desafío de evitar mucho del sufrimiento que procede del significado que le damos a lo que nos pasa, nos pasó o nos puede pasar.
Ayudar a adueñarse del propio mundo en la estación de la enfermedad, de la muerte, del duelo, es un camino de humanización. Empezando por uno mismo, dejándose acompañar; pero también entrenándose en aquello que expresa la empatía terapéutica suficiente como para generar procesos saludables de vivencia de la cara oscura de la vida.
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