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Reflexión de José Carlos Bermejo sobre el poder transformador de la palabra cuando nace del corazón.
El poder de la palabra es sencillamente impresionante. Nos ayudó la mitología griega para darnos cuenta, de la mano de Pehithó, que se ha traducido vaga e impropiamente por “persuasión”. Pehithó es retórica, poética, política. Pertenece a reyes, amantes, a los que cuentan relatos y quieren mantener la atención de su público.
Los antiguos griegos observan que hablar bien es, a la vez, saber y poder, hasta el punto que el “bienhablante” es equiparable a un hombre con poderes mágicos. De ahí que Pehithó –la persuasión– fue acompañante de Eros, en su sentido de eficacia psicológica y social de la palabra. Se considera a la palabra como antítesis de la fuerza.
Ciertamente, la palabra es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Puede penetrar hasta el alma y juzgar el corazón (Heb 4,2). Con la palabra se puede enseñar, reprender, corregir… para hacer buenas obras (2 Tim 4,16-17). Pero también se puede traicionar, humillar o dividir.
Para que la palabra dé fruto, no basta con pronunciarla bien: hay que escucharla, acogerla, respetarla. Cuando se acoge desde el corazón, arde nuestro corazón.
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