Ahuciar el duelo (o cómo devolver confianza a quien la ha perdido de golpe)

Un viaje es casi siempre una promesa de llegada: alguien sube para volver a casa, para un abrazo, para una reunión de trabajo o para un reencuentro. Cuando esa promesa se rompe de golpe, el dolor no solo es por quien falta, sino por todo lo que quedó a mitad de camino. A quienes hoy viven esa ausencia, estas líneas quieren decirles, antes que nada, que no están solos

Altar improvisado en Santa Justa, la estación del AVE en Sevilla
Altar improvisado en Santa Justa, la estación del AVE en Sevilla | EFE

Ahuciar (contrario de desahuciar) es dar esperanza, infundir confianza a alguien. Un viaje es casi siempre una promesa de llegada: alguien sube para volver a casa, para un abrazo, para una reunión de trabajo o para un reencuentro. Cuando esa promesa se rompe de golpe, el dolor no solo es por quien falta, sino por todo lo que quedó a mitad de camino. A quienes hoy viven esa ausencia, estas líneas quieren decirles, antes que nada, que no están solos. Y es el momento de los ritos que humanizan; solo esos.

La muerte repentina en los trenes del AVE e Iryo deja a las familias sin despedida y sin tiempo para prepararse. Es normal sentir incredulidad, rabia, culpa, agotamiento o un vacío que no encuentra palabras. Nada de eso es exagerado ni está mal: es la forma que tiene el amor de seguir buscando a quien ya no está. Es normal no tener ni lágrimas, porque no hay proceso, preparación, cuerpo, rito…

En estos días abundan las imágenes, las cifras y las discusiones sobre causas y responsabilidades. Tienen su lugar, pero no curan. Quien está en duelo no necesita más detalles macabros ni ideológicos del accidente; necesita que alguien le pregunte cómo está, que pronuncie el nombre de su ser querido y que escuche sin prisa. Proteger esa intimidad es también una forma de respeto.

Acompañarnos unos a otros

Este es un duelo complicado por el modo como se produce el fallecimiento. Tiene también de “duelo colectivo” porque “en el tren podríamos ir cualquiera”; yo mismo viajo en AVE esta semana cuatro veces. El duelo se hace más llevadero cuando se comparte. No hacen falta grandes discursos: basta con estar.

Pasajeros de los trenes accidentados en Urda esperan a ser trasladados
Pasajeros de los trenes accidentados en Urda esperan a ser trasladados | EFE

He aquí algunas formas sencillas de acompañar:

  • Presentarse sin esperar a que nos llamen, y volver semanas después, cuando las visitas ya se han ido.
  • Ofrecer ayuda concreta: una comida, un trámite, cuidar de los niños, conducir hasta algún sitio.
  • Escuchar más que aconsejar, y evitar frases que cierran la conversación, como «ya pasará» o «hay que ser fuerte».
  • Recordar juntos a la persona: sus historias, su risa, lo que nos enseñó.
  • No consumir imágenes de morbo o de “pornografía de la muerte”.
  • Tener presentes las fechas difíciles: cumpleaños, aniversarios, la primera Navidad.

También quienes sobrevivieron, los equipos de emergencia, el personal sanitario y los voluntarios cargan con lo vivido. Ellos también merecen ser cuidados.

El desafío de ahuciar

Ahuciar el duelo es hoy nuestro desafío: devolver confianza a quien la ha perdido de golpe. La esperanza no consiste en negar la herida ni en apresurar el consuelo. Es, sobre todo, un valor que se construye entre personas: nace cuando alguien se sienta a nuestro lado y nos ayuda a creer que mañana podrá dolernos de otra manera.

No se trata de olvidar, sino de aprender a llevar a quien amamos de otro modo: en la memoria, en los gestos que heredamos, en lo que decidimos hacer en su nombre. Cada mano tendida es una pequeña prueba de que la vida, aun herida, sigue ofreciendo vínculos que sostienen.

A veces lo más difícil no es acompañar, sino dejarse acompañar. Pedir ayuda no es debilidad ni una carga para los demás: es permitir que otros nos quieran en el momento en que más lo necesitamos. Aceptar una visita, contar lo que sentimos o reconocer que no podemos solos ya es un paso.

Personal sanitario espera a los primeros heridos del accidente
Personal sanitario espera a los primeros heridos del accidente | EFE

Si el dolor se vuelve insoportable, si cuesta dormir, comer o levantarse durante mucho tiempo, conviene buscar apoyo profesional. Los servicios de atención psicológica, los Centros de Escucha, los grupos de duelo, el médico de familia y las comunidades de fe y los pastores pueden ofrecer un espacio seguro.

El viaje del duelo no se hace en soledad

Nadie puede recorrer este camino por otro, pero nadie debería recorrerlo solo. Que en estos días sepamos ser estación de descanso los unos para los otros: un lugar donde detenerse, llorar, recordar y, poco a poco, volver a mirar hacia adelante. Es el momento de los ritos que humanizan. Solo los que humanizan, no los que politizan o generan violencia, aprovechan para campaña o foto. Urgen la compasión y los cambios para que no se repitan accidentes semejantes, aunque seamos radicalmente vulnerables.

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