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La crisis del coronavirus nos ha sorprendido a todos, como una tormenta que descarga de repente, cambiando súbitamente a nivel mundial nuestra vida personal, familiar, laboral y pública.
También este es el título de un libro en el que escribo un capítulo y es publicado en el verano europeo. Lo coordinan el cardenal Walter Kasper y George Augustin y en él escriben también Bruno Forte, Tomás Halík y Mark-David Janus. Un libro que cuenta como regalo el prólogo del papa Francisco.
Han pasado los tiempos en que nos preguntábamos por qué y abundaban respuestas moralizantes: la culpa es nuestra y Dios hace justicia castigando. Hoy interpretamos más las cosas como fruto de la naturaleza y sus leyes, salvo cuando nos empeñamos en fantasear con origen humano y destructivo.
Y entonces, si Dios ya no está para castigar, ¿para qué sirve Dios si no hace justicia? Si antes estaba en el tribunal, daba miedo y también generaba adherencia a dinámicas de bien, al menos para evitar el castigo.
¿Está Dios presente ahora o “lo hemos matado” con la naturalización del sufrimiento y de la enfermedad? Dios está. Está más que nunca. Sufre con nosotros. Es lo más íntimo de nuestra intimidad. Nos acompaña y se hace el encontradizo, especialmente en el sufrir.
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