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Anhelo el incremento de profesores que ayuden a pensar, que enseñen a los clásicos de la filosofía griega, la sabiduría judeo-cristiana.
Dicen algunos que la ética es para cada uno, que cada uno tiene su ética, que depende de las creencias y los prejuicios y sesgos. Esto es lo que me decía recientemente algún profesional del acompañamiento a personas en situación de vulnerabilidad. Pero digo yo que cómo se maneja, en clave adulta, este mundo de los valores y las preferencias significativas de cada quién.
Anhelo una mayor atención a la filosofía, en concreto al pensamiento que intenta discernir entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Anhelo el incremento de profesores que ayuden a pensar, que enseñen a los clásicos de la filosofía griega, la sabiduría judeo-cristiana.
El desarrollo tecnológico está pidiendo más filósofos en su creación y aplicación. Si aquel gerente de hospital que, interpelado por su jefe, dijo que lo que necesitaba era un filósofo, yo lo suscribo. En el mundo de la salud, donde la tecnología campa cada vez más a sus anchas, no hay que negar que se hace indispensable la pregunta sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto.
¡Que venga la ética! Nos hace mucha falta.
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