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CARITAS SALVA A LA IGLESIA

De muchos, graves y descalificadores dicterios son merecedores los políticos que, por oficio y profesión se dedicaron y dedican de por vida a servirse del pueblo, en superior proporción que a servirlo, en conformidad, y en contra, de la misión y promesas reiteradamente formuladas sobre todo en los periodos de tiempo dedicados al sembradío electoral. La coyunda establecida entre “política” y “corrupción” es de tal intensidad, que uno y otro término se confunden en cualquier información o noticia generada por ellos, o en los aledaños en los que actúan, sin distinción de niveles, grados y procedimientos.

Esto no obstante, es justo reconocer que la política como tal, su concepción y su praxis inicial en no pocos casos, es y se constituye en optimista referencia de convivencia para la colectividad. Con expresa mención para la propia Iglesia, como reflejo, espejo, pantalla y ejemplo de comportamiento al servicio del bien común integral, con humildad y decencia, son lícitas y constructivas estas reflexiones de contenido religioso de verdad.

. La política y los políticos, que no precisamente la Iglesia y los eclesiásticos, son de por sí los formadores de la democracia como sistema y ordenamiento de vida. Por razones, o sinrazones, misteriosas, “mágicas” y jamás convencidamente inteligibles, democracia e Iglesia se comportaron y relacionaron siempre con enemistad, desafío y desavenencia, hasta en ocasiones interponer entre ellas artículos de fe y dogmatismos inapelables. Ausentes los ordenamientos democráticos, correctamente administrados y aplicados, por muy Iglesia que pretenda ser la Iglesia, a esta no podrán homologarla los versículos del evangelio.

. En todos los programas políticos, ideológicos y su proyección en obras concretas de formación y trabajo, la mujer, por mujer, recibe un trato propio de persona, sin discriminación alguna en relación con el hombre. Desdichadamente no es posible su comparación con el que ella –la mujer- recibe en la Iglesia, lo que explica el exilio masivo de la misma y la sensación pagana que percibe por parte de la teología, de la pastoral y de la moral cristianas. En todo planteamiento político de la mujer, que formulen todos los partidos que pugnen por captar votos en competiciones electorales, a la mujer se le reserva un lugar y misión que le niega la Iglesia, a veces con aportaciones de argumentos veterotestamentarios impropios de una institución relacionada con conceptos ciertamente religiosos, y aún cívicos.

. En la concepción de la autoridad y la jerarquía que se cultiva en las áreas políticas y en las eclesiásticas, la balanza popular se inclina a favor de las primeras, más cercana a sus problemas, sin menos titulaciones “eminentísimas”, más inteligible, menos endiosada, humana y humilde y más comprometida y perdonadora. Hay programas políticos en los que sus protagonistas son y ejercen como personas, mientras que en otros –eclesiásticos- la idea e imagen de los aspirantes a dioses resulta ser tan frecuente como altiva, activa, ejecutora, o interventora, sin faltar el añadido de “en el nombre de Dios” .

. La proyección social de los programas políticos, al menos en su concepción y teoría, da la impresión de fundamentarse en textos del evangelio, tanto o más que los mismos artículos que el Código del Derecho Canónico y de los Rituales Litúrgicos. Templo, culto, procesiones, agua bendita, incienso, báculo y mitra, son elementos inherentes en los ordenamientos eclesiásticos, mientras que cuanto se relaciona con lo social – educación, sanidad- la política supera en atención y en medios a los que ella le dedica y aporta. La función que en este orden de cosas efectúa “Cáritas” es ciertamente notoria, ejemplar y edificadora de Iglesia. Gracias a “Cáritas” y a la labor de sus colaboradores, la imagen de la Iglesia permanece y se salva en gran parte como institución religiosa.

. A la hora `penitencial de enjuiciar y condenar corrupciones y corruptos, al menos se ha de llegar a la conclusión de que también en las curias, romana y diocesanas, y entre sus jerarcas y “fieles”, se aposentan, alientan o consienten comportamientos y conductas pésimas y reprobables.

. La impresión generalizada que tiene el pueblo de que “la Iglesia es rica” debiera someterse a examen de conciencia, con sensatez, claridad y datos para su información y noticia. Ya contamos con suficientes “misterios” teológicos y éticos, como para no ahorrarnos los del orden administrativo, “sin pasarse” por ejemplo, en demostraciones especiales de solemnes bendiciones de entidades bancarias, y sin que a la vez, miembros representativamente jerárquicos no se hayan visto jamás dificultando con su presencia, y con sus Cartas Pastorales, los desahucios que han padecido, y padecen, diocesanos y parroquianos por esos pueblos de Dios. La política, por política, - las políticas-, al margen de ideologías y convicciones “religiosas”, tiene que aprender lecciones de convivencia cívica, extraídas de libros tales como los santos evangelios. También la Iglesia, en su tarea-misión y vivencia evangelizadoras, habrá de aprender y tener soberanamente en cuenta muchos puntos programáticos de los partidos políticos.

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