Después de Ceuta, nos vamos de compras
"¿En qué clase de mundo vivimos cuando, después de escuchar a quien huye para salvarse, lo primero que hacemos es salir de compras a veces inútiles?"
Hay noticias que deberían dejar un silencio detrás. Un silencio largo, incómodo, casi culpable. Ayer me ocurrió algo de eso, preparando un articulo sobre los acontecimientos de Ceuta y casi lo tenía acabado. Estaba escuchando la radio,. Durante un buen rato, la emisora había hablado de Ceuta: de la tragedia, de los testimonios, de quienes llegaron desde Marruecos empujados por una mezcla de desesperación, engaño, miedo y esperanza; de los menores, de las calles, de la tensión, de la frontera convertida en herida. Y, después, sin transición, sin siquiera esa pausa mínima que pudiera reconocer el peso de lo contado, llegó la frase:
“Y ahora vamos a dar un paseo por El Corte Inglés”.
No sé qué resulta más brutal: la tragedia de Ceuta o la facilidad con la que nuestra vida cotidiana consigue continuar después de haberla escuchado. Ahí estaba el verdadero abismo. No el del Estrecho. No el de la frontera. El abismo moral entre una noticia sobre seres humanos que sufren y el entusiasmo perfectamente afinado de una voz que abre el espacio publicitario.
Mientras tanto, Ceuta sigue siendo una ciudad al límite.
La crisis que comenzó con la entrada masiva de migrantes los días 30 y 31 de julio ha dejado una ciudad exhausta y un país obligado a mirarse en el espejo.
Los números, que nos ofrecen en estos días (sin ponerse de acurdo la fuentes), tienen una virtud y una crueldad: permiten contar aquello que, contado de otro modo, no soportaríamos. Pero ningún número sabe lo que pesa una noche en la calle. O narrar la crueldad de una violación. Ninguna estadística sabe lo que significa tener veinte años, viajar con una hermana de diecisiete y descubrir, después de cruzar el miedo, que la tierra prometida no era la promesa. Algunos de los jóvenes que llegaron están abandonando ahora Ceuta por su propio pie, agotados, heridos o desengañados, tras semanas de incertidumbre y sufrimiento. Y sobre toda esta historia acaba de caer una nueva sombra política.
Un informe policial entregado a la Audiencia Nacional apunta a que gendarmes marroquíes y agentes de paisano habrían guiado parte de la entrada masiva, dirigiendo los flujos hacia la frontera. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ha pedido explicaciones al director general de la Policía para saber si el cuerpo conocía previamente esa información y por qué no había llegado al Gobierno. La noticia abre una pregunta enorme: qué ocurrió realmente en aquellos días y hasta dónde alcanzó la responsabilidad de Marruecos.
El problema es que en política las preguntas suelen llegar cuando ya se han pronunciado demasiadas certezas.
Pedro Sánchez ha defendido hasta ahora una interpretación distinta, subrayando la cooperación de Marruecos y atribuyendo el origen de la crisis a mafias y rumores difundidos entre los migrantes. Ahora, la existencia de este informe obliga a revisar, comprobar y explicar. Y explicar no significa elegir rápidamente un culpable. Significa soportar la incomodidad de no saber todavía.
Mientras los despachos discuten quién sabía qué, hay otra escena mucho más humilde que debería preocuparnos. La de una persona que recoge sus pocas cosas y abandona Ceuta porque ya no puede más. La de un menor esperando que alguien decida su futuro. La de un sanitario que hace horas extraordinarias. La de un voluntario que reparte comida y recibe amenazas. La de una ciudad que hoy, precisamente hoy, celebra su Día con más de 260 municipios españoles convocados a manifestarse en apoyo de Ceuta.
Todo esto ocurre bajo una palabra que utilizamos demasiado: crisis.
Crisis migratoria. Crisis humanitaria. Crisis política. Crisis diplomática. Como si ponerle un nombre administrativo al incendio pudiera apagarlo.
Pero no hay crisis cuando se mira desde un despacho. Hay nombres. Hay rostros. Hay cuerpos. Hay niños. Hay personas que han recorrido kilómetros y atravesado fronteras sin saber siquiera qué les esperaba al otro lado. Y hay una ciudad atrapada entre el mar y la geopolítica, entre la solidaridad y el miedo, entre el derecho a la seguridad y la obligación de no deshumanizar.
Quizá por eso aquella frase de la radio me sigue dando vueltas.
“Y ahora vamos a dar un paseo por El Corte Inglés”.
Qué expresión tan inocente. Qué frase tan ajena después de escuchar el dolor. Como si el mundo pudiera cambiar de canal sin dejar manchas. Como si después de hablar de hambre pudiera venderse felicidad en cómodos plazos. Como si el sufrimiento terminara cuando entra la publicidad.
Y tal vez esa sea la tragedia que más nos afecta, la que no aparece en ningún balance oficial: hemos aprendido a convivir con el dolor siempre que el dolor ocurra lo suficientemente lejos de nuestro sofá. Hemos perfeccionado una sociedad capaz de escuchar una desgracia, indignarse durante cinco minutos y, acto seguido, aceptar con naturalidad que alguien nos invite a comprar una camisa, un perfume, un televisor.
Ceuta no necesita solamente dinero, policías, jueces, médicos o nuevas plazas. Necesita también una ciudadanía capaz de no pasar de página demasiado deprisa.
Porque hay momentos en los que la publicidad debería también dejar de invadir. Fray Emilio Rocha, arzobispo de Tánger ha dicho : "No queremos ver el drama de las personas migrantes, ni el mal planteamiento de la economía mundial", a lo que añadía: "Una muy gorda debe pasar en una persona, en una familia, para que sus miembros emigren de esta manera tan terrible jugándose la vida":
Momentos en que una tragedia no admite música de fondo.
Momentos en los que, antes de vendernos cualquier cosa, la radio – en este caso - debería dejarnos solos con una pregunta: ¿En qué clase de mundo vivimos cuando, después de escuchar a quien huye para salvarse, lo primero que hacemos es salir de compras a veces inútiles?
