Última hora:
El futuro de las HAM

Hantavirus: Cruceros, pateras y la jerarquía del dolor

Uno no puede evitar preguntarse qué habría ocurrido si los afectados hubieran viajado en una patera (...). ¿Habría ocupado el hantavirus el mismo espacio en las portadas? ¿Habría habido conexiones en directo, expertos analizando cada detalle, rostros repetidos hasta convertir el dolor en una conversación nacional?

El barco, fondeado en Tenerife
El barco, fondeado en Tenerife | Canarias Ahora

Hay enfermedades que parecen llegar envueltas en terciopelo y otras que desembarcan cubiertas de sal y silencio. El hantavirus, palabra áspera y antigua como una advertencia escrita sobre la corteza de los árboles, ocupó titulares cuando apareció en un crucero turístico, entre camarotes luminosos, copas inclinadas frente al mar y fotografías de vacaciones suspendidas en las redes sociales. Durante días, los medios narraron la lógica y preocupante inquietud de los pasajeros, la incertidumbre de las familias, el miedo de quienes habían pagado por atravesar el océano buscando descanso y encontraron, en cambio, la fragilidad de la carne.

Las imágenes importan. Siempre han importado. Un crucero posee algo cinematográfico: terrazas abiertas al horizonte, piscinas reflejando cielos tropicales, apellidos pronunciables en varios idiomas . La tragedia, cuando atraviesa esos escenarios, adquiere inmediatamente una resonancia reconocible. El espectador imagina su propio cuerpo allí, su propio miedo, su propia maleta detenida en un puerto extranjero. Y nace una humana empatía ante el dolor.

Pero uno no puede evitar preguntarse qué habría ocurrido si los afectados hubieran viajado en una patera. No un barco de recreo, sino una embarcación exhausta, golpeada por la intemperie y por la desesperación humana. No turistas fotografiando atardeceres, sino hombres y mujeres huyendo de la guerra, del hambre o de la lenta asfixia de los países olvidados. ¿Habría ocupado el hantavirus el mismo espacio en las portadas? ¿Habría habido conexiones en directo, expertos analizando cada detalle, rostros repetidos hasta convertir el dolor en una conversación nacional?

Quizá sí durante unas horas. Pero probablemente el relato habría cambiado muy pronto de naturaleza. La enfermedad habría dejado de ser una amenaza humana para convertirse en una cifra migratoria, en un problema fronterizo, en un debate administrativo. El foco no se habría posado sobre la vulnerabilidad de las personas enfermas, sino sobre el riesgo que representaban. El lenguaje también habría mutado: de pasajeros a inmigrantes; de víctimas a contingente; de nombres propios a estadística.

No hace falta caer en la demagogia para reconocer esta diferencia. Basta observar la forma en que el mundo distribuye su atención. Hay dolores iluminados por focos intensos y otros que apenas reciben la luz fría de una linterna. La compasión contemporánea parece obedecer a una extraña geografía emocional donde el sufrimiento gana relevancia cuanto más se parece a nosotros o a la idea que tenemos de nosotros mismos.

La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que “la dignidad de la persona humana no depende de su condición social, de su origen ni de las circunstancias en que vive”. Y quizá ahí resida la pregunta más incómoda de nuestro tiempo: si realmente creemos en esa dignidad universal o si, en el fondo, seguimos estableciendo categorías invisibles entre unas vidas y otras.

Y, sin embargo, el virus no distingue clases, idiomas ni documentos de identidad. La fiebre entra del mismo modo en una suite de lujo que bajo una manta mojada por el Mediterráneo. El cuerpo humano conserva una igualdad radical frente a la enfermedad: todos temblamos, todos respiramos con dificultad, todos buscamos una mano cercana cuando el miedo llega de noche.

Pateras y mafias
Pateras y mafias

Tal vez por eso resulta incómodo admitir que nuestra mirada colectiva sí establece jerarquías. No porque seamos monstruos indiferentes, sino porque vivimos atrapados en un sistema narrativo que decide qué vidas merecen relato y cuáles apenas una nota breve al pie de la actualidad. La abundancia de imágenes también ha creado una fatiga moral: contemplamos tantas tragedias que terminamos desarrollando preferencias inconscientes sobre cuáles nos conmueven todavía.

En las pateras viajan personas cuyos rostros rara vez permanecen en pantalla el tiempo suficiente para convertirse en individuos reconocibles. Llegan ya etiquetados por el ruido político que los aprovecha , cubiertos por una capa de discusión ideológica que impide ver la dimensión íntima de sus historias. El espectador no conoce sus cumpleaños, ni los nombres de sus hijos, ni la fotografía que guardan cosida en la ropa. Y aquello que no adquiere relato humano acaba desvaneciéndose con rapidez en la conciencia pública.

Ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente humana mientras reserve su compasión según el precio del billete con el que alguien cruzó el agua

Quizá el verdadero problema no sea únicamente mediático, sino poético. Hemos perdido parte de la capacidad de imaginar la vida interior de los otros. El turista enfermo nos recuerda la interrupción de una vida confortable; el migrante enfermo nos enfrenta, en cambio, a una precariedad tan profunda que preferimos convertirla en concepto antes que mirarla directamente a los ojos.

Sin embargo, el mar permanece igual para todos. Bajo la noche, un crucero y una patera son apenas dos pequeñas luces intentando no desaparecer en la inmensidad. Y la enfermedad, antigua y silenciosa, continúa recordándonos algo elemental: ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente humana mientras reserve su compasión según el precio del billete con el que alguien cruzó el agua.

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats