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Luis Marín San Martín, nuevo limosnero papal

Oración tras la resaca electoral

En la resaca de las elecciones, al margen de todo comentario partidista, se me ha ocurrido ofrecer un texto oracional. Es el clamor por la paz, la justicia y la honradez de los gobernantes -de todos los partidos y de todas las latitudes del mundo- en favor de su pueblo. Está en la entraña del Salmo 72 que recreé a mi manera en “Salmos de ayer y hoy”. No pretendí romper barreras en la calidad poética. Pero sí unirme al clamor universal por un mundo más justo y mejor organizado, no ya desde los poderes, sino desde el servicio a los humanos iguales. Era éste el rey ideal que esperaban los israelitas y que está en el anhelo más hondo e instintivo de los mejores creyentes.(Nota: los versos entre comillas están tomados de la versión oficial usada en la liturgia).

DIOS MÍO, CONFÍA TU JUICIO AL REY

(Salmo 72)

"Dios mío, confía tu juicio al rey,

tu justicia al hijo de reyes".

Venga por fin al mundo tu justicia

como un día de sol pleno y sin noche.

Envía tu luz y tu verdad ya sin ocaso.

Fija en el corazón de los que mandan

tu rectitud como un astro de fuego.

Alea en sus coronas tu oro puro

de poder y de amor. Sea el servicio

la primera diadema, oro y cetro de ley

"para que rijan a tu pueblo con justicia,

a tus humildes con rectitud".

"Que los montes traigan paz,

y los collados justicia;

que ellos defiendan a los humildes del pueblo,

socorran a los hijos del pobre"

y acaben con la raza y la memoria

de fieros opresores.

Duren y se sucedan

los gobernantes justos como el sol,

como la luna brillen por todas las edades.

Venga tu reino y el de tu Mesías

al corazón de todos los mortales,

cunda de mar a mar, de continente a continente,

del Norte al Sur, y vivan las naciones

niveladas de pan y de justicia.

Nazcan por fin los hombres y mujeres

colmados del amor que de ti nace

para librar al pobre que clamaba.

Sea por fin la sangre de los pobres,

si roja por tu luz y por tu fuego,

preciosa a nuestros ojos y a los ojos

de cada ser humano.

¡Benditos sean quienes en tu nombre

labran la paz de amor y de justicia!

¡Benditos sean ellos y sus hijos!

¡Benditos para siempre quienes pongan

a florecer los campos, a producir las fábricas!

¡Sean benditos quienes multipliquen

provisiones de pan y quienes colmen

despensas y almacenes!

¡Benditos

quienes compartan generosamente

el aceite y la sal, el caballo y la casa,

el plato y la herramienta, la máquina y el libro!

¡Benditos los proclamen

todas las razas de la tierra!

¡Bendito seas tú, Dios de Israel,

Dios de todos los pueblos, Dios del mundo,

"el único que hace maravillas"!

¡Bendito por siempre tu nombre glorioso!

¡Que tu gloria llene la tierra!

¡Amén, amén!"

(De “Salmos de ayer y hoy”, Estella, 1997)

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