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La "gloriosa" resaca futbolera

Me viene la idea de publicar aquí unos versos, recién salidos en libro de la imprenta, cuando acaban de descender a Segunda el Zaragoza, el Deportivo de la Coruña y el Mallorca. Noticia sin importancia para no pocos que se tienen por sabios y posiblemente lo son. Pero gravísima para sus masas de abonados y seguidores. Cuando yo era joven y un poco más intolerante que ahora, despreciaba cordialmente a los futboleros. Apenas entendía como podían compaginar con la racionalidad su condición de tales. Luego me hice más comprensivo y debí de crecer algo en el sentido del humor. Crecí también seguramente en el hábito de rimar con el fragor y el éxtasis de la masa. Hasta escribí una novela, sólo en parte futbolera, que se acercó mucho al éxito en un concurso importante y que me valió la Insignia de Oro de mi club. Perdón si a alguno le suena esto a inapropiado autobombo. Lo que quiero afirmar ahora es que el fútbol, esa abigarrada mezcolanza de negocio e intereses desorbitados, espectáculo, pasión, esplendor y miseria, proporciona una crecida experiencia de sufrimiento y felicidad, a partes desiguales. Y estos sentimientos se alzan potenciados como todo cuanto hierve y resuena en la multitud. No es lo principal de la existencia humana lo que en el estadio se ventila. “Desvanecido el griterío olímpico, / continuaba en el aire y en la calle / la vida verdadera”. Pero tampoco es éste el momento de entrar en teorías, algunas muy repetidas ya, sobre el bien y el mal, el claroscuro del deporte espectáculo. Por hoy no voy a ir ni más allá ni más acá de lo que dicen mis versos.

PONTE AL MENOS UN DÍA EN LA SOLAPA *

Ponte al menos un día en la solapa

el oro y los brillantes de esta insignia

como un mínimo sol sobre tu pecho.

El oro de verdad, el fuego lúdico

lo agranda

tu fácil arte de sentirte niño,

y te lo encienden en heroicas gestas

tus dioses de un estadio al mismo tiempo

triunfal y provinciano.

No importa que este juego

se juegue con los pies. La turba, y tú con ella,

clamaba al cielo, suspendida

entre un romper del alba o un ocaso

de hundimiento o de gloria.

Después de tantos años, oh las tardes de un tiempo

de vencida miseria o esplendor en la hierba

segada y abatida.

Sufriente espectador, fuiste testigo

de agónicas batallas y de goles

que entraron como el sol por el arco del cielo.

Desvanecido el griterío olímpico,

continuaba en el aire y en la calle

la vida verdadera. Eran los hombres

de carne y hueso, apuros, penas y otros muchos

penaltis añadidos. Dormía y se apagaba

el oro de tu insignia. Mientras tanto

morían a la puerta del estadio

los sordos estertores de la ultima agonía

a esperar que tramara el calendario

un nuevo choque de constelaciones,

siempre con miedo a que tu sol saliera

de planeta apagado.

Pero difícil dar con dolor más agudo

ni con llamas más altas en la cima del éxtasis

que en aquel horno, aquel recinto lúdico

y aquellas altas horas

rusientes de la masa donde ardíais

y quemabais el cielo con las manos

en fuego y juego de volveros niños.

(Abril de 2009)

(De Apasionado adiós, Madrid, Ediciones Vitruvio. 2013).

* El poeta, aficionado, se recuerda poseedor de la Insignia de Oro de un club de fútbol histórico -modesto- de Primera División.

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