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Las grabaciones de Bernardo Álvarez

El silencio del Sábado Santo

"El Sábado Santo hace referencia a la cuestión de si se puede vivir en este silencio sin caer en la desesperación, si se puede existir en la duda de Dios. ¿Dios está muerto o vivo?"

Descendió a los Infiernos y resucitó de entre los muertos

Las afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús «resucitó de entre los muertos» presuponen que «permaneció entre los muertos», es decir, que Jesús murió realmente. Este es el primer sentido del artículo de fe «descendió a los infiernos», incorporado al Credo en el siglo IV. Indica simplemente que Jesús, previamente a su resurrección, «permaneció entre los muertos» (cf. Hb 13,20). Jesús, por tanto, conoció la muerte como todos los hombres, reuniéndose con ellos en el lugar de los muertos, en el silencio de la muerte. Es el silencio del Sábado Santo.

El Antiguo Testamento utiliza la palabra «sheol» para hablar de la tierra de los muertos, considerada como un lugar sin retorno, de soledad, de ausencia de Dios. La muerte es la auténtica soledad. La soledad en la que ya no puede penetrar ninguna compañía, ningún amor: es el infierno. La frase «descendió a los infiernos» indica, por tanto, que Cristo atravesó la puerta de nuestra última soledad: la muerte. En su pasión, Cristo entró en el abismo de nuestro abandono. Como afirma el filósofo Joan Carles Mèlich, la fe más radical es la que surge en la ausencia de Dios, y el Sábado Santo es el día que expresa esta ausencia, este silencio. Un silencio ya preludiado en la misma pasión: recordemos el silencio de Jesús ante Pilato o ante Herodes. Un silencio convertido en crucial en algunas de las grandes recreaciones literarias de la figura de Jesús. Quizá la más estremecedora es la que leemos en Los hermanos Karamázov, de Dostoievski.

Jesús ante Pilatos

El Sábado Santo hace referencia a la cuestión de si se puede vivir en este silencio sin caer en la desesperación, si se puede existir en la duda de Dios. ¿Dios está muerto o vivo? Y, si está vivo, ¿dónde podemos encontrarlo? ¿Y si al final no hubiera nada? ¿Y si no hubiera más que silencio y muerte?

Es bueno que vivamos esta experiencia ética del Sábado Santo, porque no hay existencia sin dudas, no hay experiencia de fe sin incertidumbres

Es bueno que vivamos esta experiencia ética del Sábado Santo, porque no hay existencia sin dudas, no hay experiencia de fe sin incertidumbres, sin misterios que en este mundo nunca acabaremos de resolver. El Sábado Santo es esperar contra toda esperanza, es el anhelo de lo aparentemente imposible, porque, a pesar de todo, la espera es el lugar que da sentido a la propia existencia.

De ahí que el artículo de fe «descendió a los infiernos» afirme también (CEC 632) que Jesús «descendió como Salvador, proclamando la Buena Nueva a los espíritus que se encontraban allí retenidos» (cf. 1 Pe 3,18-19). En este punto, es bueno recordar lo que escribe Joseph Ratzinger (Introducción al cristianismo): «Allí donde ya no podemos escuchar ninguna voz, está él. El infierno queda así superado; mejor dicho, ya no existe la muerte que antes era el infierno. El infierno y la muerte ya no son lo mismo que antes, porque la vida se encuentra en medio de la muerte, porque el amor habita en medio de ella. El infierno, o como dice la Biblia, la segunda muerte (cf. Ap 20,14), es ahora el voluntario encerrarse en sí mismo. La muerte ya no conduce a la soledad, las puertas del sheol se encuentran abiertas». Se pone de manifiesto una vez más cómo la muerte de Cristo implica la muerte de la muerte y la victoria pascual de la vida. Su muerte salvífica rompe el silencio eterno, penetra y transforma todos los sufrimientos y sacrificios de la historia. Esta es nuestra única esperanza.

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