Los obispos de Osma en el siglo XIX (II)
3.- Juan de Cavia González (1814-1831)
Tras cuatro años de orfandad de la diócesis, el triunfo de las armas anglo-hispano-lusas, el regreso de Fernando VII de su destierro francés y la vuelta a Roma del Papa Pío VII, permitieron el nombramiento de obispos, siendo designado para la sede de San Pedro, Juan de Cavia. Bernabé nos dice que esta orfandad de la diócesis, como la todavía más larga que se vivió en la regencia y primeros años de gobierno de Isabel II, “distintos historiadores (la) achacan a voluntades políticas” . No deja de parecernos curioso este modo tan eutrapélico de designar la imposibilidad de nombrar obispos, en este caso por la imposibilidad de comunicar con el Papa, prisionero de Napoleón, y en el otro por la ruptura de relaciones de la Santa Sede con España.
Había nacido en Astudillo, diócesis y hoy provincia de Palencia, el 16 de octubre de 1761 . Estudió en las Universidades de Alcalá y Valladolid. Doctor en Teología, obtuvo diversas canonjías de oficio en distintos cabildos, lo que le acreditaba como un brillante eclesiástico. Así, fue Lectoral en Orense, Penitenciario en Zamora y de nuevo Lectoral en la catedral primada .
También a Cavia la invasión francesa le afectó de modo particular aunque él no emprendiera el camino del exilio. Sin que por ello quepa adjudicarle la menor tacha de afrancesamiento. La primera muestra de su patriotismo la dio cuando la convocatoria a Bayona para elaborar aquella Constitución que los franceses quisieron cubrir con la aprobación de una asamblea de notables venidos de la España dominada. Cavia fue designado para acudir en representación del cabildo toledano pero nunca llegó a la ciudad francesa .
El gobierno de la archidiócesis primada fue especialmente conflictivo al estar refugiado su arzobispo, el cardenal Borbón, en Cádiz, donde era figura significadísima de la resistencia al francés. Si bien mucho más por su representación y sus cargos –cardenal, arzobispo primado, primo del Rey, presidente de la Regencia del Reino- que por sus luces, bien escasas. Llegaría a presidir la Regencia, con lo que era la primera autoridad de la España que resistía al francés. Destituido por José Bonaparte de sus arzobispados de Toledo y Sevilla, negándose algún obispo a asumir un obispado para el que carecía de encargo canónico, fue la mitra primada un verdadero problema para el rey intruso y para los gobernadores eclesiásticos de la misma. Liberada la ciudad en el verano de 1812, el cardenal Borbón, restituido en la posesión de la archidiócesis primada, designa como gobernador eclesiástico al obispo auxiliar, Puyal, y, como sustituto de éste, si necesario fuere, al lectoral, Juan de Cavia . Prueba evidente del prestigio diocesano de que gozaba nuestro canónigo.
Con tales antecedentes Fernando VII le propone para el obispado de Osma, siendo nombrado por Pío VII, en el primer consistorio celebrado tras su cautiverio, entre el 19 de agosto y el 26 de septiembre de 1814, según Guitarte o el 26 de septiembre de 1814, según Zamora , la Colección Eclesiástica Española y Catholic-Hierarchy. Según esta página web parece que el 19 de agosto fue la fecha del nombramiento regio. Fue consagrado en San Felipe Neri de Madrid, junto con el obispo de Segovia, Pérez de Celis, por el obispo de Teruel, arzobispo electo de Granada, Alvarez de Palma, asistido de los obispos de Calahorra y Tuy, Puyal y García Benito . Creemos que la presencia de Puyal se debería al gran conocimiento entre ambos de sus años toledanos.
Debemos mencionar el intento de intrusión que se había producido en la diócesis que se le acababa de encomendar durante los turbulentos días de la invasión francesa. José Bonaparte quiso para obispo de Osma a aquel sospechoso prelado que llegó a ver alguna de sus obras en el Indice de Libros prohibidos , modelo de regalismo, obispo afrancesado y una de las figuras del endeble jansenismo hispano. Y para esa diócesis fue nombrado por José el 13 de junio de 1813, “sin que, sin embargo, llegase a residir en su sede ni en ella ejerciese ningún acto de jurisdicción” . Su sede no lo era. Y si eludió la intrusión habrá que apuntarlo en el haber de tan dudoso prelado.
Instalado Cavia en su diócesis apenas hemos encontrado noticias de su actuación en el sexenio. El fugaz restablecimiento de la Universidad de Santa Catalina en 1814 por Fernando VII, que ya hemos mencionado , tal vez se produjera antes del nombramiento episcopal de Cavia. Consultado, junto con el resto de sus hermanos en el episcopado sobre la oportunidad de una amnistía, en 1817, aunque ve inconvenientes en la misma se inclina por ella . Suponemos que porque en su diócesis, ni afrancesados ni liberales constituían un peligro especial y no por posiciones irenísticas del prelado y menos a simpatías liberales o afrancesadas. En 1819, mediante procurador, envía a Roma la relación de su diócesis que prescribía la visita ad limina .
El Trienio liberal supuso una nueva conmoción para la Iglesia hispana y de nuevo estuvo Cavia en el ojo del huracán. Las medidas antieclesiales de los franceses procedían del enemigo y eran muy escasos los españoles que las compartían y secundaban. Y las de las Cortes de Cádiz, análogas en no pocos aspectos , eran inaplicables en la mayor parte de la España ocupada por los invasores. Cuando estos la tuvieron que ir abandonando, al declinar la suerte de sus armas, ya había llegado a las Cortes una mayoría tradicional y los días del régimen estaban contados.
No fue así con el Trienio. El Gobierno liberal extendía su jurisdicción a toda España y el mismo Rey había jurado la Constitución. Ahora los obispos se enfrentaban con la España legal aunque podían tener el convencimiento de que con ellos estaba la mayor parte de la España real.
Cavia fue, en tal coyuntura, un obispo belicoso. Como la gran mayoría de sus hermanos. Ante el encargo de asumir la jurisdicción sobre los regulares que exigía el Gobierno, el obispo de Osma fue, con casi todos los restantes prelados de España, de los que pidió, al único que podía dárselas, el Papa, las correspondientes facultades . También le encontramos entre los firmantes de la valiente representación al Rey del arzobispo de Zaragoza, Manuel Vicente Martínez Jiménez, de 4 de octubre de 1820, sobre las cuestiones que entonces preocupaban, y mucho, a la Iglesia: regulares, inmunidades...
Nada más proclamarse el nuevo régimen, y ante la inmediata supresión de la Inquisición, publica un edicto declarando en vigor, por su autoridad episcopal, todas las prohibiciones de aquel Tribunal (15.3.1820) . Y meses después prohíbe unos números de El Universal que habían publicado una carta de Yeregui en defensa del jansenismo (1.VII.1820) . Pocos días después (18.VII.1820), contestará al Jefe político de Soria, que había inculpado a curas de su obispado de rebeldes al nuevo régimen y de predicar doctrinas erróneas, rechazando radicalmente las imputaciones y denunciando al tiempo los atropellos cometidos con su clero .
Del 14 de diciembre de ese año de 1820 es su carta de adhesión al arzobispo de Valencia por su valentísima representación a las Cortes del mismo día del mes anterior y que le valdría el destierro a aquel prelado que era entonces, ante el colaboracionismo del cardenal Borbón, la referencia moral del episcopado hispano. Hacia él se dirigía la mirada de todos los obispos de España, identificados la mayor parte de ellos con sus ideas. El testimonio del oxomense no deja duda de su respaldo: “tengo el consuelo de ver estampados mis sentimientos con la sabiduría y celo que yo no sabría hacer” . Y no eran aquellas palabras inocuas. Arriesgaba persecuciones y destierros.
El 27 de septiembre del mismo año había contestado a un oficio del Jefe político fechado el 24 del mes anterior con las nuevas disposiciones sobre cementerios que alteraban la secular jurisdicción eclesiástica en esa materia. Sorprende la respuesta, excelente, por una ironía que no es frecuente encontrar en los documentos episcopales. Así, el obispo dice al Jefe Superior Político de la Provincia de Soria: “por estos recuerdos siempre útiles y siempre apreciables, doy a V. S. las más atentas gracias.
Aprovechándome de ellos procuraré sacar a los pueblos de sus extravíos como V. S. nos encarga; pero no podré llamar corrompida la práctica de enterrar en las iglesias, porque los siglos que lleva de antigüedad y el respeto debido a nuestros buenos abuelos, la hacen acreedora a un tratamiento más decoroso.
Tampoco me atrevo a ofrecer a V. S. que los diré que la tal práctica “ni es piadosa, ni conduce de modo alguno a la salvación de los muertos, ni al mérito de los vivos”. Sobre estas pocas palabras hay mucho que decir y que entender para hablar claro como V. S. desea; y nadie ignora que es muy difícil la unión de la claridad y el laconismo” .Es difícil ser más lacónico, más irónico y más claro. Ciertamente el obispo de Osma no se amilanaba ante un poncio cualquiera. Aunque eran aquellos días arriesgados para discrepancias.
La cuestión de los regulares, ya mencionada, coloca al obispo entre los que respetaban las normas canónicas vigentes, al igual que la mayoría de sus hermanos. A la comunicación del Gobierno trasladándole el decreto acerca de los religiosos, la contestación del oxomense al ministro es impecable desde el punto de vista canónico y acredita el valor del prelado. Así respondía el 12 de febrero de 1821: “No me determino a extenderle en otros términos (el escrito que ha remitido a los conventos), por parecerme que no debo hacerlo, entretanto que no me pongo de acuerdo con el Sumo Pontífice, en cuyo nombre han gobernado desde su fundación hasta el presente estos conventos los Prelados Generales y Provinciales. A este fin me dirijo al Nuncio de Su Santidad en estos Reinos” . Con obispos así difícil lo tenía el regalismo liberal, que nada tenía que envidiar, y aun superaba, al regalismo absolutista. No era fácil gobernar a la Iglesia si sus obispos no se dejaban gobernar.
Poco antes, el 26 de enero de 1821, se había dirigido al Nuncio reclamando instrucciones . Una vez recibidas, y con la autorización pertinente, contestó al ministro diciéndole que se encargaba de los regulares de su diócesis (30.4.1821) . La respuesta es hábil y contemporizadora. Hubo algún obispo que respondió que se encargaría de monjes y frailes porque así se lo autorizaba el Papa. La mayoría respondió que se encargaría de ellos sin mencionar la autorización recibida que, por otra parte, el Gobierno no admitía. Cavia optó por una solución intermedia. Viene a decir que ya que el rey se lo exige y no le permite la “urbanidad” de consultarlo al Papa, transige entendiendo que “me conformaré con los sentimientos del Santo Padre”. Ocultaba que estaba conforme totalmente con esos sentimientos. Pero, aun así, quiso ser más papista que bastantes otros obispos que, ante la autorización recibida, obraron como si fuera decisión propia. No es crítica alguna a esos obispos que actuaban totalmente de acuerdo con la Santa Sede y para salvar una difícil situación de la Iglesia. Pero Cavia aun tenía algún escrúpulo y quiso salvarlo con esa mención a quien era el único que podía dirimir ese conflicto.
Del 27 de agosto de 1821 es una hábil y moderada respuesta a la Junta Nacional del Crédito Público que le había trasladado el decreto de las Cortes por el que se le adjudicaban “todos los bienes raíces, rústicos y urbanos, censos y rentas del Clero, y fábricas de las iglesias” y solicitaba del obispo el auxilio para el comisionado de la Junta . El obispo, con habilidad, como hemos dicho, manifiesta que su autoridad en ese punto “es harto limitada, porque las leyes con que la Iglesia tiene arreglado el uso de la autoridad episcopal en la enajenación de sus bienes, le reducen a términos muy estrechos” . Y dentro de lo que pueda, que ya se había apresurado a decir que era bien poco, asegura toda la protección que pudiera dispensar. Y, ahora, una ironía y una advertencia. La primera. “porque estoy bien persuadido de que los intereses del Crédito están identificados con los de la Nación” . La segunda: Nación “a la cual no puedo yo rehusar otro sacrificio que el de la conciencia” . Esa era intocable. En lo que no la comprometiera estaba dispuesto a todo. Pero ya había manifestado que, según los cánones, era bien poco lo que podía hacer. Aprovecha, además, la ocasión para poner de manifiesto la precaria situación económica de la Iglesia oxomense .
Aun encontraremos un oficio del obispo, del 2 de diciembre de 1822, protestando de la decisión del Jefe político de que entraran mujeres en la tertulia Patriótica que se celebraba en el seminario. Cavia, ciertamente, no se mordía la lengua: “Mal me pareció que sin preceder orden mía se hiciese esta novedad en un establecimiento encomendado a mi dirección por las leyes divinas, eclesiásticas y civiles” . El Seminario era suyo y él era quien mandaba allí. Y protesta de la conducta del Jefe Político, tan poco respetuosa con su persona y con sus derechos: “Este proceder de V. S. ya no puede mirarse como una mera insinuación de sus deseos; en un acto dirigido a despojarme de la Superintendencia que me compete en el gobierno de aquel establecimiento” . Y le da traslado de su notificación al rector del Seminario, que no sabemos si era el ya mencionado Eusebio Campuzano, canónigo y comunero, aunque sospechamos que sí. El obispo le dice al rector: “Aunque la instalación de la Sociedad Patriótica en ese Seminario, sin noticia mía, tenía por lo menos mucho de desatención y falta de urbanidad, lo he disimulado porque V. lo hizo por complacer al señor Jefe Político de la provincia, y este señor sólo se insinuó por palabras que debo suponer se contendrían dentro de los límites de sus atribuciones. Pero cuando leo en su oficio de V. de 27 del próximo pasado, que el mismo señor Jefe Político le ha dirigido un oficio con fecha del 21 del mismo en que declara “que podrán entrar libremente en el Colegio las señoras mujeres y concurrir a las sesiones de la Tertulia, que deberán celebrarse en el Colegio los jueves de cada semana”, ya no puede continuar mi disimulo sin abandonar cobardemente mi puesto. Este puesto en que sin mérito alguno mío se ha dignado colocarme la divina Providencia, y en el que estoy encargado de la educación religiosa y científica de los jóvenes, a quienes la misma divina Providencia parece tener destinados para el servicio de los Altares.
Por tanto, no sólo no levanto la prohibición que sabiamente han establecido mis dignos antecesores con todos los demás obispos de la cristiandad mandando que no se permita la entrada de mujeres en sus respectivos Seminarios, sino que la ratifico y confirmo con toda la autoridad que he recibido de Dios, y que hasta ahora me han permitido ejercer libremente las leyes de la Monarquía sin cosa en contrario a lo menos que haya llegado a mi noticia” .
Sin duda merece Cavia figurar entre los obispos más valientes en una época en la que la valentía no era extraña entre los prelados de España. Si no llegó a cumbres como las del cardenal Quevedo o el arzobispo Arias Teijeiro, bien merece figurar entre los mitrados más distinguidos de aquellos días. Con riesgo cierto pues eran ya numerosos los hermanos que habían partido al destierro. Creemos que en ese sentido hay que entender sus palabras sobre la autoridad “que hasta ahora me han permitido ejercer libremente las leyes de la Monarquía”. Aunque, en cualquier momento, podía llegar “cosa en contrario” a su noticia.
Pero los días del trienio ya estaban contados y pronto veremos a Cavia en situación bien distinta. Mas, no adelantemos acontecimientos.
Las Cortes, el 30 de abril de 1821 piden que se exija responsabilidad a varios obispos, y el de Osma era uno de los señalados, por no haber dado cuenta de que algunos de sus párrocos se habían pasado a las guerrillas realistas que, sobre todo en el norte de España, comenzaban a hacer acto de aparición .
Por todo lo expuesto, no es extraño que aquel revolucionario compulsivo que fue Romero Alpuente le tomara por declarado enemigo. Este turolense que iba para clérigo y terminó en magistrado de un sectarismo pavoroso y en un de los diputados de más significación en el partido exaltado , denunciaba que “los obispos de Calahorra, Osma y Pamplona eran los promovedores de las conspiraciones de aquellos puntos sin temer el descubierto en que los ponían los muchos beneficiados y clérigos que por sugestiones suyas las capitaneaban” . Y, dando muestra de su acendrado liberalismo pedía cadalsos para ellos . Una página después sustituía al de Pamplona por el de Teruel pero seguían Osma y Calahorra en su punto de mira . En su intervención en las Cortes, de 1 de junio de 1821, desaparecieron Teruel y Pamplona y se incorporó Burgos, pero Cavia y el pobre Puyal seguían siendo las bestias negras de sus diatribas : “¿Por qué a ese arzobispo (Burgos) no se le separa inmediatamente? ¿Por qué no al obispo de Osma? ¿Por qué no al de Calahorra?” Y continúa haciendo gala de comprensión y diálogo: “Y nosotros, mirando a unos obispos que con las mismas armas que les damos para defender la religión y el Estado, hacen a una y a otro la guerra más encarnizada, ¿es posible que nos estemos tan quietos, y no los suspendamos, reemplazándolos con unos gobernadores, que siendo de la aprobación del Gobierno, reconozcan los curas que haya, retiren inmediatamente a los que se parezcan a sus prelados, y traten de hacer unas misiones político-religiosas?” . Porque Romero Alpuente no era nadie pero, si eso no era un cisma, se le parecía demasiado. Años después, cuando el ministro José Alonso, ciertamente con más representación pero con menos radicalidad, propuso otra situación cismática, no llegó a los extremos del diputado de Teruel.
Aun volvería a intervenir en la sesión de las Cortes del 14 de diciembre de 1821, y de nuevo manifestará su animadversión al oxomense: “los acuerdos del Congreso que le facilitaban el extrañamiento de los que lo merecían, especialmente el de los obispos de Osma y Calahorra, descubiertos en la insurrección de Merino, fuesen dados en vano” . Nada podemos decir respecto a la vinculación de Cavia con aquel pintoresco personaje y extraordinario guerrillero que fue el cura Merino, héroe de la guerra de la Independencia, sublevado ahora contra el Trienio y, años después, general carlista. Que el obispo de Osma, como la inmensa mayoría de sus hermanos, miraría con simpatía la insurrección realista, nos parece seguro. Que pasara a más y animara al famoso cura de Villoviado, después canónigo de Valencia en premio de Fernando VII a sus servicios, e incluso le facilitara fondos para la insurrección se escapa a nuestros conocimientos. Pero el sectarismo de Romero Alpuente no nos parece tampoco argumento decisivo.
La invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, fueren en número los que fueren, dan a Cavia un protagonismo extraordinario al hacerle Angulema miembro de la Regencia de Madrid , que presidió el duque del Infantado y no el Príncipe de la Sangre francés como dice Bartolomé aunque el sobrino de Luis XVIII fuera el factotum de todo, y que componían el Duque de Montemar, el obispo de Osma, Antonio Gómez Calderón y el barón de Eroles. Según la Colección Eclesiática “desempeñó este cargo a satisfacción de S. M. y del reino” . Gaspar Feliú afirma que Cavia formaba parte de ella como obispo oxomense e Inquisidor general pero nunca desempeñó este último cargo . Cuenca nos dice que sobre él y sobre Víctor Damián Sáez, que enseguida sería recompensado con el obispado de Tortosa, recayó “toda la intensa política eclesiástica desplegada en el verano de 1823”. Y añade: “Sus roces con algunas autoridades galas o causas que nos son desconocidas indujeron a Fernando VII a no trasladarle de su oscura diócesis” . Los roces con las autoridades francesas podemos suponer que se debieron al firme absolutismo del obispo que chocaba con las pretensiones más liberales de Angulema, firmemente opuesto a la restauración de la Inquisición, en lo que se salió con la suya, y partidario de que Fernando VII adoptase una política más liberal. Después, los moderados se hicieron con el ánimo del monarca y Cavia se quedó en Osma.
En 1824 se redactó una relación de eclesiásticos recluidos en los conventos y otros que están procesados por liberales que sin duda será de interés pero que no hemos podido consultar.
De lo que eran sus ideas nos puede dar cuenta el que fuera uno de los primeros suscriptores de las Cartas del Filósofo Rancio , incluso antes de su aparición, pues su nombre figura en el tomo primero de las mismas y también de la Colección Eclesiástica Española , otra publicación absolutamente antiliberal. Asimismo puede dar testimonio de la idea que se tenía de él, en cuanto a la firmeza de sus opiniones, el hecho de que el historiador Bayo, tan proclive a la caricatura e incluso a la falsedad, le presentara como el jefe de aquella fantasmagórica sociedad ultrarrealista llamada El Angel Exterminador. Vicente de la Fuente no duda en desechar tan inverosímil aserto .
Siempre en esa línea, en 1825 hace una gran alabanza de los voluntarios realistas , los grandes sostenedores de los derechos absolutos de Fernando VII: “no puedo menos de decir francamente que según mis observaciones a los Voluntarios Realistas se debe en gran parte la conservación del orden y la seguridad pública de que se disfruta en estos países. Que se manifiestan igualmente celosos de los derechos de Nuestro Soberano y que contribuyen no poco a que se conserve el mismo espíritu en otros muchos que sin el ejemplo de los Voluntarios Realistas serían a estas horas indiferentes. La institución de los Voluntarios Realistas merece toda la atención del Soberano y el cuidado de su conservación y aumento ocupan juntamente una parte principal de sus desvelos”. La recomendación no podía ser más amplia.
En 1826, nos dice Campo que “reactivó la persecución de carbonarios en El Burgo, siendo procesado el abad de San Bartolomé, Eusebio Campuzano, alto cargo capitular” . Suponemos que sería la continuación de las purificaciones que siguieron al Trienio liberal en las que seguramente un obispo tan identificado con el Antiguo Régimen no asumiría un papel pasivo.
En 1824 había sido encargado de dictaminar, con los obispos de Tarazona, Segovia y Zamora, sobre los libros de texto para la reforma de los estudios .
En 1826, por medio de una pastoral, comunica a sus fieles que el Papa León XII ofreció a Fernando VII extender a todos los reinos católicos el Jubileo del Año Santo . De 16 de enero de 1827 es otra pastoral de Cavia con motivo de la constitución apostólica del mismo Pontífice, Quo Graviora, dirigida contra las sociedades secretas. El obispo respalda totalmente al Pontífice, recuerda las condenas de los Papas anteriores, reclama la intervención real y expone a sus fieles los peligros de ese tipo de sociedades .
Ya en las postrimerías de su pontificado, en 1831, añade un pabellón al edificio del Seminario que había construido su antecesor, Eleta .
Como obispo de Osma asistió en Tudela, el 31 de agosto de 1817 a la consagración de su obispo, Santos Larrumbe, y en Santo Domingo de Silos, el 19 de julio de 1818, a la del obispo titular de Canatha y administrador apostólico de Caracas, que después sería gran obispo de Cádiz, Moreno .
Falleció el 23 de diciembre de 1831 , aunque María Isabel del Campo, que le llama Cavía, dice que murió en 1832 . Tal vez esta fecha provenga del tardío funeral que en la ciudad de Soria se celebró por el obispo, el 11 de febrero de este último año, cuya oración fúnebre se imprimió en esa misma ciudad . Da cuenta de ella Félix Herrero en su libro sobre la oratoria sagrada española: Sermón fúnebre que en las solemnes exequias que celebró el Iltre Cabildo de la I. y R. Iglesia colegial de San Pedro de la ciudad de Soria por el Ilmo. Sr. D. Juan de Cavia y González, Obispo de Osma y uno de los Señores Regentes que fue del Reino..., dijo el M. R. P. R. Jacinto Bayón, el día 11 de febrero de 1832 .
4.- José Sabau Blanco (1833)
Escasísimas son las noticias que hemos podido lograr sobre este eclesiástico a quien creemos nombrado por Gregorio XVI pero que falleció antes de ser consagrado obispo, por lo que hoy, técnicamente, le deberíamos llamar obispo electo de Osma. Si bien en aquellos días se utilizaba esta denominación para aquellos a quienes el rey había propuesto al Papa y éste aun no había confirmado. En este caso podríamos decir bien que fue obispo doblemente electo, en el caso de que como sospechamos lo hubiese confirmado el Pontífice pero que no llegó a obispo al faltarle para ello el requisito esencial de la consagración.
No sabemos ni cuando nació por lo que nada podemos decir al respecto aunque sí sobre el lugar en el que vino al mundo: Tamarite de Litera , hoy provincia de Huesca y obispado de Barbastro-Monzón y en los días de su nacimiento, y hasta muy recientemente, obispado de Lérida. Era canónigo de San Isidro, en Madrid, y, como tal, escribió una Instrucción familiar política y moral sobre el origen, naturaleza, propiedades, derechos y obligaciones de la sociedad civil, que comúnmente se llama Estado, y de los que corresponden a los ciudadanos , que hemos visto citada en varios lugares , pero que no hemos podido consultar. Era por aquellos días San Isidro centro jansenizante, entendiendo esta palabra del modo que lo hace Menéndez Pelayo en sus Heterodoxos y del que el maestro santanderino dice que “era cátedra poco menos que abierta y pública de las nuevas doctrinas” .
La fecha de publicación de la obra de Sabau es la menos indicativa de todas las posibles del entorno temporal. ¿Estuvo en Madrid durante la dominación francesa o llegó a la capital tras su liberación? Si permaneció en la ciudad, ¿se afrancesó o capeó como pudo la situación? El escrito, que por el título, que es lo único que podemos juzgar, parece tener resabios constitucionales, ¿tenía finalidades de congraciarse con las Cortes de Cádiz, bien porque compartiera sus posiciones o para hacerse perdonar actuaciones pasadas? Lamentamos no poder decir más al respecto. Tampoco nos sirve para caracterizarle el hecho de que fuera propuesto para el episcopado por Fernando VII pues si es absolutamente cierto que el monarca eligió para el obispado a personas de indubitable adhesión a los principios tradicionales, en los que apenas se coló algún obispo sospechoso, lo cierto es que cuando nombró a Sabau se habían producido ya los sucesos de La Granja, el infante Don Carlos estaba excluido de la sucesión y los voluntarios realistas eran mucho más una preocupación que un apoyo. Y obispos como Bonel, Martínez de San Martín, Romo o Torres Amat no tenían nada que ver con un Arias Teijeiro, un Vélez o un García Abella. ¿Era Sabau de los liberales? Es posible pero tampoco podemos afirmarlo.
Cárcel nos dice que era también historiador y se refiere a la propuesta gubernamental para ser nombrado obispo de Osma . La Enciclopedia Espasa asegura que era también arcediano de Zaragoza, cargo que debía ocupar cundo fue propuesto para el episcopado .
Zamora lo incluye en su episcopologio oxomense, añadiendo que murió en 1833 sin tomar posesión . Bartolomé ni le menciona en el suyo . Y Ruiz Fidalgo le incluye en su relación de obispos españoles como prelado de Osma-Soria, como si se llamara entonces así la diócesis, dando el año 1833 y añadiendo que “no tomó posesión” .
Sabemos también que era académico de la Historia y que publicó una nueva edición de la Historia de España del P. Mariana en veinte tomos (1817-1822) y La moral de Jesucristo y de los Apóstoles (1834), ambas obras editadas en Madrid .
5.- Gregorio Sánchez Rubio OSH (1847-1852)
Tras una prolongada y agitada sede vacante de quince años, en la que incluso fueron desterrados varios canónigos , y en la que Eusebio Campuzano volvió a tener notable protagonismo como gobernador intruso de la diócesis , por fin llega a El Burgo un obispo con todas las bendiciones canónicas.
Gregorio Sánchez Rubio nació en Alía, archidiócesis de Toledo y hoy provincia de Cáceres el 9 de septiembre de 1781 , en una familia de modestos labradores . Estudió en su pueblo natal y en el vecino monasterio de Guadalupe. Entró en la Orden jerónima en 1797, en el monasterio escurialense, donde profesó al siguiente año, ordenándose “hacia 1804” . Su cargo principal fue el de bibliotecario del monasterio de El Escorial pero también desempeñó los de maestro de novicios , catedrático de Filosofía y lector de Teología . Ya la francesada le hizo conocer la desaparición de la vida religiosa, desempeñando entonces la cura de almas en aquel Real Sitio, “siendo siempre el amparo y consuelo de todos” . La desamortización interrumpió para siempre su vida regular. Con otro fraile que le ayudaba fueron decisivos sus desvelos para que no desapareciera aquella valiosísima biblioteca en la almoneda desamortizadora. “La labor de ambos bibliotecarios mereció los más cumplidos elogios de la Real Academia de la Historia, que fue encargada de proteger aquella riquísima biblioteca al faltar la comunidad jerónima. Fray Gregorio era académico correspondiente desde 1831” .
Cuando al fin fue posible nombrar obispos para las diócesis españolas, vacantes en su mayoría por la muerte de sus titulares, -los que estaban en el destierro pudieron regresar al llegar los moderados al poder-, se pensó en Fray Gregorio para el obispado de Osma, siendo nombrado en el consistorio del 17 de diciembre de 1847 . Fue consagrado en las Salesas de Madrid el 27 de febrero de 1848 por el nuncio Brunelli, asistido del Patriarca de las Indias, Posada y Rubín de Celis, y del obispo de Córdoba, Tarancón .
En abril de ese año de 1848 aun permanecía en la capital de España pues el día 9 participa como asistente en la consagración de los obispos de Almería y Cuenca, Meoro y Ruiz de Cachupín. El 19 del mes anterior había participado, con el mismo carácter en la consagración de los de Teruel y Avila, Lao y López Santisteban, a quien Guitarte llama Gómez Santisteban . Era tal la cantidad de vacantes que las consagraciones se sucedían en Madrid a un ritmo verdaderamente insólito y que nos excusa de más precisiones sobre la trágica situación en la que el liberalismo había dejado a la Iglesia de España. En 1848 hubo consagraciones el 2 de enero, el 20 de febrero, de dos obispos, el 27 de febrero, el 5 de marzo, de tres, aunque esta tuvo lugar en Palencia, el 19 de marzo de otros tres en Pamplona y de dos en Madrid; el 9 de abril fueron dos los consagrados en Madrid; y uno los días 16 y 23 de abril, 14 y 21 de mayo y 2 y 9 de julio. El 16 de julio fueron consagrados un obispo en Zaragoza y tres en Valladolid. Y en lo que restaba de año aun se consagraron obispos el 24 de agosto en Granada, el 8 de octubre en Tarragona, el 15 de octubre en Barcelona y el 15 y el 22 de este mes en Madrid. Veintinueve diócesis que tuvieron que ser cubiertas en un año indican suficientemente el estado de nuestra Iglesia.
Sánchez Rubio, que ya tenía sesenta y seis años cuando accedió al episcopado, llegaba, además, a Osma con “quebrantada salud” , lo que afectaría al gobierno de la diócesis, lo mismo que su breve paso por ella. Aun así, pudo ampliar el Seminario en 1851, levantando un pabellón igual al que había construido su antecesor Cavia veinte años antes .
Y aun sacó fuerzas para visitar todos los pueblos de la diócesis, en los que predicaba y confirmaba pese a sus años y achaques, asistía con puntualidad a coro en la catedral y manifestó especial preocupación por elevar el nivel del clero y en preparar a los seminaristas . Parece que “la indocilidad del cabildo de Osma” causó también algún disgusto al obispo y le hace estar abatido y deseando el traslado .
A causa de su deficiente salud consta que, al menos en dos ocasiones, se trasladó a Madrid en consulta médica, en 1849 y 1851 . También marchó a Madrid nada más conocer que había sido nombrado por Su Santidad para Avila, el 27 de septiembre de 1852 a aguardar en la capital las Bulas del nombramiento. Casi como para pensar que estaba deseando dejar El Burgo .
Con los restantes obispos españoles, firmó la carta colectiva (1.1.1849) a Pío IX, refugiado en Gaeta tras su huida de Roma donde se había instalado la revolución, para consolarle en tan tristes momentos del Papado . Campo da cuenta de otra carta del obispo al Papa, en el mismo año, en contestación al Pontífice, en la que le manifestaba no sólo su total acuerdo a que se definiera el dogma de la Inmaculada Concepción sino también del de la Asunción de la Virgen al cielo . Bartolomé considera que esa petición al Papa es de 1852 y que fue el primer obispo, “en todo el orbe cristiano” que quiso ver a la Virgen proclamada assumpta
Bien porque añorase El Escorial, “donde ha pasado casi toda su vida” , y hasta su clima, bien porque pensase que el de El Burgo contribuía a deteriorar aun más su más que precaria salud, tras la renuncia de López Santisteban debió solicitar el traslado a Avila lo que le es confirmado el 11 o el 27 de septiembre de 1852 o el 11 de octubre de ese mismo año . Pero no era cuestión de clima. Su vida se agotaba y así falleció en Avila el 17 de febrero de 1854 .
En las dos diócesis que rigió dejó recuerdo de prelado celoso, bondadoso y docto. Ha sido el primer obispo de Osma de este siglo, que ya va promediado, que deja la mitra oxomense para pasar a otra. Habrá que esperar casi otros cincuenta años para que un traslado vuelva a ocurrir.
6.- Vicente Horcos San Martín OSB (1852-1861)
A un exclaustrado jerónimo le sucedía un benedictino. Nacido en Hornos de Moncalvillo (Logroño), verdadero nombre de su localidad natal, aunque no pocos historiadores la denominan simplemente Hornos , el 5 de abril de 1807. El matrimonio de Gregorio Horcos, natural de Alberite con Josefa San Martín, hija de Hornos, tuvo doce hijos, dos de los cuales, mayores que nuestro obispo, ya habían vestido la cogulla benedictina antes de que Vicente lo hiciera en el monasterio de San Pedro de Arlanza en 1824. Las vicisitudes del Trienio liberal habían retrasado la entrada en el claustro del joven riojano.
Estudió Filosofía en el también benedictino cenobio de San Esteban de Ribas de Sil (Orense), pasando a cursar la Teología en el de San Vicente de Oviedo. Estudiante distinguido, tras un riguroso examen fue seleccionado con otros dos compañeros para seguir estudios de Derecho canónico, Sagrada Escritura y oratoria, que cursó en el monasterio de San Pedro de Eslonza de León. Ordenado en 1831, siendo una de las jóvenes promesas de la Orden fue enviado a Madrid, donde enseguida fue nombrado, pese a sus escasos años, prior mayor y predicador el monasterio de San Martín de la corte. Caso verdaderamente insólito entre los monjes y que acredita su excelente preparación y cualidades .
Los tremendos sucesos de la matanza de frailes en Madrid, en la tarde y noche del 16 de julio de 1834 para cuyo conocimiento continúa siendo imprescindible el impresionante relato de Menéndez Pelayo , encontraron a la casi totalidad de la comunidad benedictina, con el Abad incluido, atendiendo a los enfermos del cólera por los domicilios y hospitales de Madrid. Cuando al caer la noche iban regresando, milagrosamente incólumes, a su casa –habían sido asesinados, o lo estaban siendo, dieciséis jesuitas, un número impreciso de dominicos, ocho mercedarios calzados más un donado y hasta cincuenta franciscanos-, recibían de Fray Vicente, que ese día era el único o casi el único que había quedado en el monasterio y que había ido recibiendo los mensajes de personas amigas y aun de desconocidas que les informaban para que se pusieran a salvo, las noticias de la carnicería que se estaba cometiendo en Madrid. El Abad autorizó a los monjes a que abandonaran la casa y buscaran refugio en las de personas amigas. Pero como Fray Vicente manifestara que él se quedaba al cuidado de aquello, todos, sin excepción, decidieron acompañarle, fuere cual fuere el destino que les esperaba. Por fin las autoridades, en especial el capitán general de Madrid, que habían contemplado impasibles la matanza, se decidieron a imponer el orden y el sangriento motín se disolvió con la misma rapidez que con la que se había formado .
Pero los negros nubarrones no desaparecieron del horizonte de los religiosos, de los benedictinos en particular y de todos en general, y así el 30 de octubre de ese año se presentó en el monasterio el Jefe político de Madrid, Salustiano Olózaga y echó de él a todos los monjes, quedando la iglesia al encargo del abad y de cuatro monjes, entre ellos Horcos, hasta el 14 de mayo de 1836, en que todos fueron expulsados y encomendada la iglesia a otro sacerdote.
A partir de entonces, y hasta 1844, “permaneció en Madrid completamente aislado y oscurecido, dedicado a confesar y predicar, uno y otro por lo común en iglesias de religiosas” . Hasta que el 27 de noviembre de 1844, ya con los moderados en el poder –Narváez presidía el Gobierno desde el 3 de mayo de 1844 - se le nombra cura párroco de San Marcos de Madrid. Ahí transcurrirán casi ocho años de su vida que vamos a dejar reflejados con el lenguaje hagiográfico de la época pero que creemos refiere bastante bien la realidad en este caso: “su moralidad austera y su celo en el desempeño de los deberes parroquiales, atrajéronle en breve no tan sólo el cariño de sus feligreses, sino también una reputación bien merecida entre el clero y personas virtuosas de la corte” . A ello contribuirían también sin duda sus dotes de orador sagrado que en aquellos tiempos eran muy apreciadas . Cuenca afirma que cursó estudios en la Universidad de Madrid sin que sepamos si fue en sus días de benedictino o ya como exclaustrado, ni que clase de estudios fueron.
Pues este sacerdote valorado por todo el mundo, fue propuesto por Isabel II para el obispado de Osma el 2 de julio de 1852 y preconizado por Pío IX el 27 de septiembre de ese mismo año . La consagración, sin duda por decisión personal del nuevo obispo, tuvo lugar en su parroquia de San Marcos, tan próxima a él por doble motivo. El primero ya lo hemos indicado, el segundo no es que fuera la iglesia de los benedictinos, como dice Guitarte, pues la Orden había sido disuelta en España, pero si era cierto que la iglesia había estado anexa al monasterio benedictino de San Martín, que había sido su residencia hasta que le expulsaron de ella. Horcos se seguía sintiendo benedictino y para la solemnidad de su consagración solicitó al ministro de Gracia y Justicia autorización para poder vestir los capisayos que antes usaban los obispos hijos de San Benito, gracia que le fue concedida. En aquel día en que iba a recibir el supremo orden sacerdotal quiso comparecer como un monje benito . Ya lo de “aceptar el obispado con harta repugnancia suya” puede ser cierto pero puede también responder a una cláusula de estilo muy habitual entonces en la que, para resaltar la humildad de todos los nuevos obispos, había que decir que todos repugnaban el cargo.
El oficiante principal fue el nuncio Brunelli, asistido por el Patriarca de las Indias Occidentales, Barcones, y por el arzobispo in partibus de Seleucia, abad de San Ildefonso, Lezo . Le apadrinó el duque de Pastrana, feligrés del ordenando, “que ha querido no sólo obsequiar espléndidamente a su párroco, sino dejar memoria en su parroquia de esta gran ceremonia, la primera que se ha verificado en la misma” . Ese mismo día fechó la pastoral de salutación a la diócesis . De lo que supuso Brunelli en la restauración de la Iglesia hispana dejará sobrada constancia el saber que Horcos hizo el número veintitrés de los obispos consagrados por el nuncio.
Llegaba a Osma en unos días eclesialmente tranquilos, como los habían sido los de su antecesor, pero la década moderada tocaba a su fin y en el bienio esparterista iba a conocer de nuevo la persecución y hasta el destierro. Aunque tampoco eran días de vino y rosas los del moderantismos. De cuando en cuando surgían problemas y los tuvo el gran obispo de Barcelona, Costa y Borrás, que estaba a punto de convertirse, si no lo era ya, en el referente del episcopado español de la época. Horcos publica una pastoral el 9 de diciembre de 1853, Ezenarro en clara errata dice que en 1863, solidarizándose con el hermano de la ciudad condal atacado por cierta prensa y condenando los periódicos que él había condenado . En ese momento no podían imaginarse ambos prelados que la hermandad en el episcopado pronto se iba a convertir en hermandad en el destierro.
De ese año de 1853, y mérito sin duda del obispo Horcos, es la aparición del Boletín Oficial de la diócesis, instrumento imprescindible para hacer llegar a su pueblo y, sobre todo a su clero, las instrucciones pastorales del prelado, sus circulares y edictos, noticias diocesanas y eclesiales, documentos del Papa y de otros obispos... El primer número apareció el 5 de noviembre de 1853, suspendiéndose la publicación desde 1855, sin duda por las dificultades que experimentó la Iglesia en el bienio esparterista, con el destierro, incluso, del pastor, hasta 1860, reanudándose la publicación en diciembre de este último año . Gracias a él se consolidó la imprenta en El Burgo .
La expulsión de los moderados del poder presagiaba mayores dificultades a la Iglesia si no una abierta persecución. Ya en 1854 encontramos a Horcos protestando contra la circular del ministro Alonso, el mismo que en la anterior etapa de Espartero había propiciado un cisma de la Iglesia española con Roma, por la que se impedía a los obispos prohibir o condenar libros sin la autorización regia . En ello estuvo el de Osma con la inmensa mayoría de sus hermanos. Pero aun estaba por llegar la intervención más resonante de Horcos que le valdría el destierro y daría a su nombre un eco nacional.
El Gobierno esparterista decidió rematar la empresa de Mendizábal y para ello somete a las Cortes un nuevo proyecto desamortizador que le enfrenta a Roma y a toda la Iglesia de España. El 6 de marzo de 1855, el encargado de negocios de la Santa Sede, Franchi, informa al Secretario de Estado: “Tengo la satisfacción de comunicarle que los prelados de la provincia eclesiástica de Valencia, como también los obispos de Osma y de Vich, ya han presentado a las Cortes sus enérgicas exposiciones contra el referido proyecto” . Con lo que podemos afirmar que Horcos obraba a plena satisfacción de la Santa Sede y que fue uno de los primeros obispos que reaccionaron ante el nuevo latrocinio que se proyectaba.
Los historiadores discrepan sobre la causa que le hizo partir hacia las Islas Canarias. Aunque Campo asegura que no pasó de Cadiz . Y lo mismo afirma Bartolomé que creemos sigue a la autora citada. Dicen unos que por su abierta condena de la Ley desamortizadora del ministro Madoz y otros que por haber invocado la Bula In Coena Domini absolutamente inaceptable para el regalismo que imperaba. Sabemos que ambas cosas indignaron a aquellos ministros que no contentos con disponer de lo civil lo pretendían también en lo eclesiástico.
Cárcel refiere como en 1855 “elevó un escrito (contra la ley Madoz) que detuvo la discusión parlamentaria porque las Cortes tuvieron que estudiar las razones expuestas por el prelado, quien exigió la intervención de la Santa Sede antes de legislar sobre esta materia, ya que no podía tolerarse una desamortización eclesiástica impuesta unilateralmente por el Estado sin contar con la Iglesia. El prelado oxomense amenazó con severas penas canónicas a los autores de la ley y a los compradores de dichos bienes. Por este motivo fue desterrado a Canarias, lo mismo que sus colegas de Urgel y Barcelona” . Aunque Caixal y Costa y Borrás, si bien fueron desterrados, no fueron a Canarias como asegura Cárcel. El de Urgel fue a Mallorca y el de Barcelona a Levante.
Vicente de la Fuente es, en cambio, de los que prefieren invocar la famosa Bula como la causa del destierro: “habiendo citado el obispo de Osma en una representación al Gobierno la bula de la Cena, se le formó causa y fue desterrado a Canarias” . Y a él le sigue el jesuita Rodríguez: “fue desterrado a Canarias por haber citado en una pastoral la Bula In Coena Domini” .
El dominico Gómez opta por el historiador levantino: “En realidad su destierro se debió a la oposición al proyecto desamortizador defendido por el ministro Madoz; Horcos exigió la intervención de la Santa Sede antes de que se dictasen leyes al respecto” .
Callahan conjuga ambos motivos en una breve y acertada exposición: “El obispo de Osma escribió directamente a las Cortes defendiendo “el derecho que asiste a la Iglesia...para poseer bienes” y citando “los anatemas lanzados por el derecho canónico contra los que intentes perturbarla en su posesión o apoderarse de sus bienes violentamente” .
Conocemos, sin embargo, las comunicaciones del encargado de negocios de la Santa Sede, Franchi, al ministro de Estado del Gobierno español y del ministro plenipotenciario de España al cardenal Antonelli, Secretario de Estado de Pío IX, que aclaran totalmente la cuestión, al tiempo que colocan a Horcos en lugar muy destacado sobre sus hermanos, en la protesta por los ataques a la Iglesia con su exposición a las Cortes de 18 de febrero de 1855. Creemos que sólo le superó en esa actitud aquel extraordinario obispo que fue José Domingo Costa y Borrás. Y no estábamos precisamente en días de obispos amilanados ante el poder.
Así decía Franchi el 18 de abril de 1855 al ministro de Estado: “El infrascrito Encargado de Negocios de la Santa Sede oyó con sorpresa la determinación que el Gobierno de S. M. quería tomar con el R. Obispo de Osma, separándole de su diócesis, y enviándole a Cádiz a recibir órdenes, a consecuencia de una exposición dirigida a las Cortes sobre el proyecto de desamortización de los bienes de la Iglesia, presentado a las mismas por el Sr. Ministro de Hacienda. Esta noticia le puso en la precisión de gestionar, a fin de que no se realizase aquella medida tan perjudicial a la diócesis como ofensiva al prelado y a su alta dignidad. A pesar de esto tuvo ejecución, y en su vista no le queda al infrascrito otro arbitrio que el de reclamar contra ella, sin perjuicio de ponerlo todo en conocimiento de la Santa Sede, y de pedir entretanto de la justicia del Gobierno de S. M. la revocación de semejante providencia, restituyendo al prelado a su silla con la reparación que la dignidad del mismo y el bien de la Iglesia reclama” .
La Santa Sede, como era de prever, respalda totalmente al oxomense y reclama el reintegro del mismo a su diócesis con las reparaciones correspondientes. La nota del plenipotenciario español, de 16 de julio de 1855, es si cabe más ilustrativa:
“Es de suponer que S. Ema. tenga conocimiento de la exposición dirigida por aquel prelado a las Cortes con motivo de la ley de desamortización que discutían; mas por si no fuese así, el infrascrito tiene la honra de acompañar un ejemplar impreso, cual en los periódicos que se apellidan religiosos se ha publicado. Y con sólo presentar su texto íntegro a los ojos del ilustrado Ministro de Su Santidad, está seguro que la rectitud de éste no podrá menos de reconocer la justicia con que ha obrado el Gobierno, no permitiendo que un súbdito suyo, por elevado y respetable que sea, le menosprecie y ultraje.
El R. Obispo de Osma pudo representar en términos decorosos y comedidos sobre lo que no era conforme a sus convicciones. Otros Obispos lo han hecho; y el Gobierno de S. M. Católica no los ha incomodado ni les ha impuesto embarazo alguno. Lo que aquel no debió hacer ni éste podía permitir era traspasar las formas regulares de toda representación que se dirige a un poder soberano, invocar como existentes en España disposiciones no admitidas por sus Reyes (Aquí está la referencia a la Bula), y sustituir al carácter de una súplica modesta el de una conminación tan escandalosa como poco meditada.
El Gobierno español, deplorando este hecho, no queriendo ser severo ni aun con plena justicia contra un Prelado de la Iglesia, prestó al Obispo de Osma cuantas facilidades eran apetecibles para que explicase sus palabras, y le eximiese de la triste necesidad en que le ponía. Todo fue inútil. La segunda exposición que con fecha 4 de abril elevó al mismo Gobierno, y de la cual el infrascrito acompaña una copia, fue en lo posible una agravación, porque fue una confirmación más reflexiva del primer paso.
En tales circunstancias, claros eran los deberes del Gobierno, y los ha cumplido. No lo ha hecho por espíritu de persecución, sino por espíritu de dignidad y decoro. Lo ha llevado a cabo con sentimiento, y desea sinceramente verse en disposición de revocar sus providencias. Tan luego como el Obispo de Osma reconozca su falta, falta cometida, no en exponer las ideas que tuviese, sino en hacerlo con las formas y los accidentes con que lo ha verificado, el Gobierno de S. M. Católica le permitirá volver a su diócesis, como no ha impedido que continúen residiendo en las suyas otros prelados que representaron también contra la ley de desamortización, mas que lo hicieron en términos convenientes y respetuosos, cuales un súbdito los puede emplear, cuales un Gobierno los puede oír” .
No deja de ser curioso como aquel régimen, que tanta hostilidad manifestó contra la Iglesia, que ya tenía a tres obispos en el destierro y a los demás amordazados, pues hasta les prohibió hacer manifestaciones colectivas, ni siquiera fueran “en términos decorosos y comedidos”, con las relaciones con la Santa Sede a punto de romperse, lo que ocurriría unos días después, con la libertad de cultos en el horizonte y una nueva desamortización para privarla de los bienes que se habían salvado de la primera y con otras numerosas disposiciones irritantemente lesivas de la conciencia católica , repetía a Su Majestad el título de Católica y hasta quería mostrarse conciliador con el obispo desterrado. La lectura del documento nos da la impresión de que alcanza notables cotas de hipocresía.
Seguimos a Campo en su relato de la famosa exposición: “Empezó dejando claro que no era su estilo ni afición la polémica: “Es muy duro que se obligue (al obispo) a estar constantemente con la pluma en la mano para resistir a exigencias inconsideradas, dándose quizás lugar a que aparezca en pugna abierta con el poder civil, o que se atribuya a despecho y sistemática oposición lo que sólo es hijo de un deber de conciencia”. A continuación razonó la imprescindible libertad de la Iglesia para poseer bienes, la independencia que estos le procuraban y la falta de cumplimiento del Gobierno cuando, a cambio de lo desamortizado, ofrecía pagarés. Finalmente, pedía que se sometiera el cumplimiento de dicho proyecto a la determinación del Papa” .
Continúa Campo: “”Lejos estaba su lenguaje y el tono en el que se dirigía al Congreso del que posteriormente utilizará el obispo Lagüera. El Congreso, poco acostumbrado todavía a estas asperezas, resolvió atender la petición del Sr. Aguirre de “obrar con energía contra los obispos peticionarios y someterlos a la represión gubernativa y judicial”. Pero Horcos había conseguido ya que se detuviera la discusión parlamentaria: su denuncia contra la legitimidad de una ley sobre la Iglesia, impuesta unilateralmente, sin la aquiescencia del Papa, y las severas penas canónicas con que amenazó a los futuros compradores dejaron, en principio, sin argumento a las Cortes. La Regeneración, periódico recién salido a la luz el 1 de enero de 1855, le defendió larga y firmemente. Horcos reprodujo estos artículos en el Boletín Eclesiástico que era, ahora, su mejor arma. En él publicó, también, los escritos de apoyo a su persona por parte de otros obispos” .
“Horcos fue procesado, apresado y desterrado a Canarias, aunque permaneció en Cádiz (...) Pero las medidas contra el “tal Vicente de Osma”, como le llamó Escosura en las Cortes, fueron las que movilizaron a la Santa Sede y a la opinión pública. Sin embargo, la prensa contraria le atacó duramente calificándole de “fraile sin carrera”, “faccioso”, “verdugo”, etc. El continuó desde allí su batalla incluyendo en el Boletín numerosos artículos favorables de La Regeneración, La Esperanza, La Estrella y Occidente” .
A los ataques respondió el prelado desterrado, desde Cádiz, con la Exposición que el Ilmo. Sr. D. Fr. Vicente Horcos, Obispo de Osma, eleva a S. M. la Reina N. Señora (q.D.g.) con motivo de las vejaciones de que está siendo víctima .
En marzo de 1856 regresó el obispo a su diócesis , donde suponemos fue recibido con enorme fervor popular y desde allí siguió luchando contra la desamortización de Madoz consiguiendo que el volumen de ventas en Soria fuera escaso .
Los días del regalismo tocaban ya a su fin. Y acabaron con él la decidida actuación de la inmensa mayoría del episcopado hispano que ya no estaba dispuesto a sufrirlo más. Cada escaramuza, de las varias que hubo, se saldaba, a la corta o a la larga, con una victoria de nuestros obispos. Aunque en esos encuentros se dejaran no pocas preocupaciones y disgustos.
Años después aun recordaba la Iglesia española tan radical medida. En 1860, el conocido sacerdote y publicista catalán, Eduardo María Vilarrasa, dedicaba una de sus obras al obispo de Osma con este expresivo texto: “un prelado engrandecido por la constancia, tesón y fe con que en días de prueba defendió en España, al través de las persecuciones, y hasta del destierro, los sagrados intereses de la Iglesia católica, apostólica, romana. Me parece justo dedicar a un confesor invicto el trabajo destinado a defender la causa, o a lo menos endulzar las amarguras de un gran mártir” . Y añade: “Se lo dedico en memoria del apostólico non licet tibi, que salido de sus venerables labios llenó de confusión a los enemigos y de coraje a los amigos de la santa Madre” . El obispo, ya en vísperas de su muerte, “se dignó aceptar esta dedicatoria en una atenta, afectuosa y entusiasta comunicación al autor, fechada a 23 del propio septiembre (1860)” . Y a los diez años del destierro, fallecido ya Horcos, el obispo de Pamplona, Uriz y Labairu, replicaba al ex ministro Aguirre, que tanto papel había jugado en el bienio: “aquellos que en época no remota desterraron a D. Fr. Vicente Horcos, obispo de Osma, a abreviar sus días en las Islas Canarias” (25.11.1865) . Aun en estos días, una historiadora afirma que fue “prelado especialmente significado (por no decir el más significado) de la resistencia episcopal contra el liberalismo” . No podemos dar por buena tan generosa caracterización. El liberalismo ocupa muchos años de la historia de España y hubo muchos obispos que se le opusieron con mucha más significación que Horcos. Más comprensible sería la afirmación restringida al bienio esparterista pero ni aun así nos parece aceptable pues la mención de honor correspondería en ese caso al barcelonés Costa y Borrás. Aunque, tras él, Horcos ocupara un puesto muy distinguido.
Tampoco nos parece acertado caracterizarle como obispo carlista, aunque así lo hagan Bartolomé y Campo . Sin que aduzcan prueba alguna de ello. El oxomense había padecido especialmente la persecución liberal. En 1834 llegó a correr peligro su vida, como la de todos los frailes y monjes de Madrid. Inmediatamente después se vio exclaustrado, disuelta su amada Congregación y robados sus bienes. Y una nueva situación liberal le destierra a Canarias. ¡Cómo para sentirse fervoroso liberal! Pero en ese sentido serían carlistas la gran mayoría de los obispos españoles que añorarían la situación que concluyó con la muerte de Fernando VII. Los días episcopales de Horcos no eran precisamente de esperanzas carlistas y él debía estar agradecido, además, a Isabel II que le había nombrado obispo.
Al destierro de sus hermanos, respondió unánime el episcopado. Rompió el fuego la valiente exposición a la Reina del arzobispo de Santiago y su sufragáneos del 17 de abril de 1855 en defensa de los perseguidos obispos de Barcelona y Osma . Siguió, el 16 de mayo, el arzobispo de Zaragoza, con los obispos de su provincia eclesiástica . Dos días después, el 18, eran los de Burgos, con su arzobispo al frente, quienes reclamaban contra la inicua medida .
Si bien en los escritos a los que ahora vamos a referirnos, la intervención del de Osma es mucho menor pues apenas se limitaría a dar su conformidad y su firma, debemos citar también en su haber este respaldo a su metropolitano que a la sazón era Fernando de la Puente y Primo de Rivera, sin duda el gran responsable de los mismos. La protesta (1859) por el proyecto de Ley de imprenta del Gobierno de O’Donnell que lesionaba los derechos de los obispos, excelente, y las exposiciones al Papa y a la Reina por los sucesos de Italia (30.1.1860) , también magníficas.
En 1858 las Hijas de la Caridad se hacen cargo del Hospital de Soria y en 1859 del que estaba en la capital de la diócesis , según nos dice Bernabé Bartolomé, con mejora segura de los enfermos respecto de la situación anterior. Aunque el mismo autor, en otra obra, afirma que llegaron a ambas ciudades en 1853 . Trasladó a las clarisas de Soria al convento de Santo Domingo de esa ciudad, donde podrían vivir mejor su regla . En 1859 dio nuevos estatutos al Seminario de El Burgo . También en ese mismo año dejó de ser sufragáneo de Toledo para pasar a serlo de Burgos, arzobispado sin duda mucho más próximo que el primado , si bien Bartolomé asegura que ello ocurrió en 1861 .
Sus relaciones con el cabildo fueron mucho mejores que las de su antecesor, consiguiendo la confianza del mismo “desde sus primeros contactos” y en todo momento “no dejó de reivindicar los derechos económicos del clero” . Incluso varios años después de la muerte del obispo seguían apareciendo en las actas capitulares menciones elogiosas a su persona .
Falleció repentinamente en Osma el 13 de enero de 1861 . “Todo el pueblo se agolpó a las puertas del Palacio Episcopal. El 15 de enero fue enterrado en la capilla mayor de la catedral con asistencia de todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas de la diócesis” . El nuncio comunicó al Vaticano “esta dolorosísima pérdida” y apunta alguna extraña sospecha: “es muy sorprendente que repentinamente haya dejado de vivir un prelado que habiendo nacido en abril de 1807, no había sobrepasado los 53 años de edad. Es muy cierto que desde hace algún tiempo su salud no era buena pero sus molestias parecían limitadas a la vista, en la cual sufría una grave y pertinaz irritación nunca vencida ni con baños ni con otros remedios. Monseñor Horcos fue un obispo lleno de actividad y de celo apostólico y adicto cuanto el que más a la Santa Sede. Aquí es plenamente conocido su nombre y su mérito pues se distinguió mucho entre sus colegas por el valor y la firmeza en el último Bienio del Gobierno revolucionario y sufrió el destierro en las Islas Canarias. Tan pronto como comenzaron las angustias del Santo Padre que desgraciadamente van continuando, ninguno en el episcopado español le venció en el entusiasmo con que sostenía la causa de la Santa Sede, ya publicando pastorales, ya excitando los sentimientos piadosos de la Reina, ya predicando a sus diocesanos, ya procurando socorros pecuniarios. La diócesis de Osma es de las más pobres de España y se compone de pequeñas poblaciones, sin embargo, proporcionalmente ha contribuido con una buena cantidad recogida de las modestas ofrendas de los pobres” . Difícil será encontrar entre las comunicaciones de la Nunciatura por la muerte de un obispo una más próxima y más agradecida.
Suscribimos de la historiadora con la que hemos manifestado alguna discrepancia que “fue un obispo cercano, entrañable y admirado” . Un gran obispo de Osma que hizo que aquel obispado, normalmente poco mencionado en los fastos de la historia eclesiástica contemporánea, alcanzase con él un notable eco nacional.