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Jornada de la Vida Consagrada

La luz del mundo. ¿Tu verdad? No. La verdad, y ven conmigo a buscarla... (A Machado)

01.  Sal y luz: sabor y color de la vida.

       El pasaje evangélico de hoy es continuación de las bienaventuranzas (Mt 5), que escuchábamos el pasado domingo.

Dos símbolos: la sal y la luz presiden la Palabra de hoy. Vosotros sois la sal y la luz del mundo. Somos testigos (luz y sal) de las bienaventuranzas, del evangelio del Señor.

02.  vosotros sois la luz del mundo:

       No está de más que nos preguntemos en la vida ¿Qué luz, qué criterios iluminan y guían nuestra vida? ¿Vivimos abiertos a la luz, a la verdad? ¿O tal vez vivimos en nuestra parcela (o bunker) de verdad, cerrados a la Verdad?

Os voy a contar un cuento, un mito muy viejo de hace 2.500 años, pero que es una gran verdad y tiene una gran actualidad.

       Imaginemos una sala de cine en la que un buen grupo de personas encadenadas asisten a la proyección de una película. Imaginemos también que estas personas “han nacido”, viven y no conocen otra cosa que tal sala de cine y solamente pueden ver y conocer lo que proyectan en la pantalla y, además no pueden girar la cabeza para ver otras cosas, otra realidad. Solamente ven las imágenes proyectadas desde sus espaldas con algún sistema potente de luz. Es natural que tales gentes crean que la realidad y la verdad son las que ven en la pantalla.

       El cuento continúa diciendo que uno de los espectadores es liberado y puede salir de la sala de cine y ve que “afuera” la realidad es muy otra: hay montes, estrellas, playas, hay muchas personas que viven, hablan, trabajan, disfrutan, sufren…

       Entonces el que ha podido salir de la sala, vuelve al grupo y les explica que “la vida y la realidad” no es lo que ven en la pantalla, sino que la realidad es mucho más amplia.

Los asistentes al cine se ríen de él porque piensan que los ojos del liberado se han estropeado y han quedado cegados por el paso de la oscuridad de la sala a la claridad de la luz del sol.

Cuando este prisionero intenta mostrar la luz y la realidad a susantiguos compañeros estos serán capaces de matarlo y efectivamente lo harán cuando tengan la oportunidad

       Este cuento, este mito es de Platón (427-387 a.C.) y se llama el “mito o alegoría de la caverna”.

       Y esto se repite, más o menos, siempre y también hoy entre nosotros. Nacemos y vivimos en una caverna, en una burbuja, en una sala ideológica, en una cerrazón religiosa y todo lo vemos solamente desde la luz que nos proyecta nuestra ideología.

       Pensamos que la verdad y el bien mejor son los de mi “sala”, mi grupo, mi partido, mi religión, de mi “caverna”… Pero la realidad y la verdad son infinitamente más amplias de lo que nosotros podemos ver y conocer.[1]

Puede servir para adentrarnos en este símbolo de la luz y de la verdad aquel experimento que, seguramente recordaréis, que nos solía hacer el maestro en la escuela: encendía una vela y la tapaba con un vaso. A los pocos segundos la luz de la vela se apagaba. Y el maestro nos decía: la vela ha quemado el oxígeno y ahí dentro no hay aire, no hay oxígeno, por tanto no hay fuego ni luz.

       Algo de esto refleja el evangelio de hoy. No se enciende una vela para taparla. Y lo malo no es que ya no hay luz, sino que no hay ni oxígeno, ni aire para respirar, nos ahogamos.

       ¿No nos habrá ocurrido algo de esto en la Iglesia? Hemos vivido, vivimos tan encerrados que no podemos ni ver, ni respirar.

Cuando el papa Francisco hablaba de una Iglesia abierta, quería decir algo de esto: salgamos de nuestra caverna, salgamos a la realidad, a las periferias, miremos a la luz…

       Juan XXIII reunió a los cardenales para comunicarles el concilio que se estaba preparando, mandó abrir las ventanas de la sala en la que estaban reunidos. Algún cardenal le preguntó ¿para qué abre las ventanas? Juan XXIII contestó: para que salga el aire viciado y entre aire, oxígeno limpio…

       

       La luz es Dios. La luz es JesuCristo, (Yo soy la luz) al que nadie de nosotros, nadie humano es capaz de abarcar.

       Se trata de vivir abiertos a la verdad, que nuestra vida esté iluminada por quien es la luz y, al mismo tiempo que nosotros seamos testigos de esa luz.

¿Tú verdad? no, la verdad;

y ven conmigo a buscarla.

La tuya guárdatela. (Antonio Machado)

       El cristiano es como la luna, que no es la luz, pero sí refleja la luz del sol. Seamos testigos de la luz.

03.  La sal.

Seguramente que la sal en otros tiempos tenía más importancia que hoy. La sal siempre ha servido para dar un poco de sabor a la comida, se ha empleado y se emplea para conservar algunos alimentos. Incluso la sal era un modo de pago. La palabra salario viene de “sal”.

El evangelio de JesuCristo además de luz que ilumina, es también sal que conserva y da sabor a la vida.

La vida no tiene el mismo sabor desde el evangelio del Señor que desde otras “especias” y formas de vivir.

Ahora bien, de un tiempo a esta parte podemos observar la profunda descristianización de la vida, de la sociedad.

Muchas veces me sobreviene la pregunta que nos hace el evangelio de hoy: si la sal se vuelve sosa ¿con qué la salarán?

       ¿No se habrá vuelto sosa la sal? ¿No habremos descafeinado el  evangelio?

       ¿A qué será debida la profunda descristianización que se ha producido y rige en gran medida nuestro momento?

       ¿No estaremos muy lejos en la Iglesia de transmitir una palabra valiosa que de sabor y sentido a la vida, a los problemas de nuestro tiempo?

04.  Tres breves conclusiones:

  1. Abramos nuestras puertas y ventanas, nuestra mente para que salga el aire viciado y para que entre oxígeno y luzde modo que, como el ciego de nacimiento: veamos.
  2. La vida nos llama a ser luz. Es una noble y hermosa tarea iluminar, aconsejar, acompañar en la vida: Los padres de familia, los maestros y los médicos vocacionados, los presbíteros que no sean meros funcionarios religiosos iluminan y abran caminos; los buenos amigos nos pueden ofrecer un poco de luz.
  3. Nos lamentamos muchas veces de lo mal que estamos y lo mal que van las cosas .A pesar de todo, pensemos que más vale encender una vela que maldecir la oscuridad.

Vosotros sois la luz y la sal de la tierra


[1] Ya Santo Tomás decía que la fe, la realidad no termina en el enunciado, en las palabras sino en la realidad (Fides non terminatur ad enuntiabile, sed ad rem).

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