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Todo el viaje del Papa a Francia, #primeroRD

León XIV, a los enfermos en Lourdes: “Aquí no se rechaza ninguna fragilidad”

El Papa recuerda la “exigencia de conversión” que “compromete a la propia Iglesia en su peregrinación terrenal”, para “sanar las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno” antes de encontrarse con las víctimas de abusos

Multitudinaria misa en la explanada de Lourdes

“Caminen con confianza hacia el futuro. No teman las tormentas del mundo: la Santa Madre de Dios vela sobre su caminar, protege a la Iglesia con su manto de ternura y, como Estrella radiante de la mañana, guía sus pasos para darlos a luz, en la alegría, a la vida misma de su Hijo Jesús”. Así concluyó León XIV una multitudinaria misa, celebrada esta mañana en la explanada del santuario de Lourdes, ante doscientos mil fieles.

El día arrancó con una pequeña sorpresa: el Papa prefirió encontrarse en privado, en contra de lo que estaba previsto, con los obispos franceses. ¿Lectura de cartilla o deseo de conversar en libertad, ante una realidad, como la francesa, marcada por los ‘brotes verdes’ de los nuevos cristianos, pero también azotada por la realidad del cisma lefebvriano o los abusos a menores?

Sea como fuere, lo cierto es que, tras su reunión con el plenario de la Conferencia Episcopal francesa en el en el Hemiciclo de Santa Bernadette del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, el Papa se encontró con una auténtica multitud de peregrinos, venidos de todos los lugares del país, y de todo el mundo. “Aquí contemplo el rostro universal de la Iglesia”, arrancó León XIV su homilía en la explanada, en una mañana soleada.

El Papa, perdido entre la multitud en Lourdes

“Algunos de ustedes han atravesado continentes, superado fatigas y traído sus alegrías y sus cargas hasta esta Gruta sagrada. ¡Qué alegría estar juntos, con un solo corazón, como una sola familia!”, aplaudió el pontífice, quien pidió a los peregrinos, especialmente a los franceses, que “lleven el consuelo de Lourdes a sus vecinos, a sus seres queridos y a todo el pueblo francés”.

Centrándose en la liturgia de este domingo, León XIV abundó en la “llamada a la conversión” y su urgencia: “Es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse; ahora es el tiempo favorable, el día de la salvación” asumió, citando a los Corintios.

Baño de masas de León XIV en Lourdes

Pero, ¿qué significa convertirse? “Convertirse significa abandonar los senderos del extravío para seguir el Camino de la Vida, abriendo así nuestro corazón a la única Alegría que nunca se acaba”, explicó el Papa, recordando la promesa de la Virgen a Bernadette en esa misma gruta de Lourdes: “no te prometo que serás feliz en este mundo, sino en el otro”. Aunque haya que trabajar (y también, intentar ser felices) en éste.

“Esta promesa, pronunciada aquí mismo, resuena con especial fuerza en esta tierra de Francia y sacude nuestras mentalidades contemporáneas”, abundó Prevost, quien subrayó cómo “en este momento de la historia, en el seno de una sociedad que busca el progreso y el bienestar material, pero que a veces se ve tentada a olvidar el horizonte de la eternidad, María viene a recordarnos la grandeza y la trascendencia de nuestra vocación a la vida, a la vida eterna”.

“Frente a las corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un santuario de la esperanza cristiana"

“Frente a las corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un santuario de la esperanza cristiana”, insistió el Papa, quien añadió que “aquí no se rechaza ninguna fragilidad”.

Mirando a los miles de enfermos presentes, el Papa subrayó que “sus muletas, sus sillas de ruedas, sus lágrimas ocultas no son obstáculos: son el lugar, por excelencia, donde ustedes son respetados plenamente, acogidos y transformados por el amor infinito de Dios”. “Lourdes es el lugar bendito de una profesión de fe en la belleza y la sacralidad de la vida, porque allí es acogida como un don precioso de Dios, llamado a florecer para la eternidad en el amor del Padre”, añadió.

Desde la fragilidad, y desde esa promesa, el Papa añadió que “está a nuestro alcance, pero a nosotros corresponde acogerla libremente, aferrarnos a ella y no ponerle obstáculos”. El mayor obstáculo, señaló, “es el pecado, el retraerse en sí mismo, ese rechazo a Dios que nos encierra en nuestras propias tinieblas”.

Misa del Papa en Lourdes

“Está en juego nuestra responsabilidad personal, y es grande. Dios nos ha querido libres, pues la libertad es una condición del amor; no se puede amar por obligación”, admitió el Papa, quien pidió emplear esa libertad para “decir ‘sí’ a Cristo”.

Un mundo que va mal

La Virgen, recordó el Papa, pidió a Bernadette “penitencia”, y Prevost preguntó a los presentes si “¿acaso somos lentos para comprender? ¿Nos consideramos sin pecado con demasiada facilidad? ¿Acaso no la practicamos suficientemente?”. “La Virgen nos pide que hagamos penitencia, no sólo por nosotros mismos, que la necesitamos, sino también “por los pecadores”, por un mundo que va mal”, recalcó.

“¿Cómo no van a conmover nuestros corazones los conflictos cada vez más extendidos, que destruyen tantas vidas inocentes? Sin embargo, el mal que sufre nuestra época proviene del corazón del hombre; Dios no es responsable de ello (…). Por lo tanto, son los corazones de los hombres los que hay que cambiar, empezando por el nuestro”, reclamó el pontífice, quien animó a ver en esa penitencia “una obra inspirada por el amor en solidaridad con la humanidad: amor a Dios, con el que queremos reparar la herida de su Corazón causada por nuestros pecados; amor a todos nuestros hermanos los hombres que no escuchan esta llamada a la conversión y a quienes sus faltas los conducen hacia la muerte”.

Una “exigencia de conversión” que “compromete a la propia Iglesia en su peregrinación terrenal”, para “sanar las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno”. “Debemos someternos humildemente a la mirada purificadora del Señor. Es indispensable reconocer nuestras propias faltas para nuestro progreso espiritual”, admitió León XIV.

“Queridos enfermos que conocen el sufrimiento, tan numerosos en Lourdes, ustedes tienen la posibilidad de vivir sus penas y sus dolores en este espíritu de ofrenda para entrar en ese proceso redentor que tanto necesita el mundo”, explicó el Papa, dirigiéndose a los más débiles, que “están verdaderamente en el corazón de la Iglesia y su papel es insustituible”.

Finalmente, el Papa pidió a los peregrinos no salir de Lourdes igual: “se marcharán como misioneros de la esperanza”. “Ese es el milagro de este lugar: suscitar la alegría de la esperanza en medio de la prueba y el dolor. La Virgen María sana nuestras miradas y transfigura nuestros corazones, dándoles paz”.

Así, concluyó pidiéndoles convertirse “en sus países, sus diócesis y sus familias, en testigos activos de esta fuerza y esta ternura divinas, que nos permiten continuar el camino y alcanzar la meta”.

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