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León XIV expondrá en Argentina su preocupación por la situación social y la grieta: ¿Se hará eco, la dirigencia, de sus palabras?

El hecho de que Robert Prevost tenga la misma visión que Jorge Bergoglio sobre las problemáticas políticas y sociales, además de eclesial, permite especular acerca de qué puede llegar a decir durante su visita. ¿La dirigencia se hará eco de sus palabras?

León XIV

(Valores Religiosos).- Al final, Francisco no vino a su patria. Es claro que el papa León XIV no suplirá su ausencia, vivida por muchos argentinos como una triste carencia. No obstante, sin los gestos audaces que caracterizaban a Jorge Bergoglio, seguramente Robert Prevost traerá el mismo mensaje no sólo en cuanto a la promoción de una Iglesia abierta a todos, cercana y austera, sino también su gran preocupación social y su anhelo de unidad dentro del saludable pluralismo democrático, en tiempos de ajuste económico y de fuerte polarización.

El arzobispo de Córdoba, cardenal Ángel Rossi, lo sintetizó esta semana tras el anuncio de la Santa Sede de la visita papal: “León XIV viene a la Argentina a lo que no pudo Francisco; casi como diciéndonos que hay una continuidad en el papado que se plasma no solo en el viaje que hará, sino también en su corazón, en su línea de acción y en su mensaje, sin perder su particularidad, dado que no es un clon de Francisco, porque en los grandes temas a nivel mundial, es claro que le sigue el tranco a Francisco”.

Más aún: para muchos observadores del quehacer vaticano, Robert Prevost era el candidato de Francisco a sucederlo o -para ponerlo en los términos del monseñor Jorge García Cuerva- a convertirse en el nuevo sucesor de Pedro. Si bien no faltó algún choque entre ambos cuando uno era el superior de los agustinos y el otro arzobispo de Buenos Aires por razones que no trascendieron y que llevó a Prevost tras la elección de Bergoglio a bromear que nunca iba a ser obispo, la humorada fue solo eso.

Prevost y Francisco

De hecho, luego de haberse desempeñado como misionero en Perú, donde terminó adoptando la nacionalidad, Francisco lo nombró obispo de una humilde diócesis peruana, Chiclayo. A los dos años, fiel a su estilo osado, lo catapultó a uno de los cargos más importantes del Vaticano: prefecto de la congregación para los obispos, que se ocupa precisamente de la selección de los candidatos a obispo. Además, lo puso al frente de la Pontificia Comisión para América Latina.

Finalmente, al crearlo cardenal, Francisco terminó de ubicarlo en igualdad de condiciones con los demás miembros del colegio cardenalicio y, por ser menor de 80 años -fue electo papa con 69-, quedó en condiciones de entrar al cónclave, votar y ser votado. Ahora se sabe que Francisco lo recibía todos los sábados a la mañana en la residencia de Santa Marta para hablar de su tarea, de la Iglesia y el mundo. Y que lo consideraba un santo que la Iglesia tanto necesita.

El haber nacido en los Estados Unidos parecía que le jugaba en contra por el prejuicio eclesiástico de que nunca un cardenal del imperio americano llegaría a papa. Pero le jugó a favor porque evitó que su nombre apareciera en la prensa entre los principales candidatos, cosa que suele ser perjudicial, al revés de lo que ocurre en el mundo de la política donde los aspirantes buscan una gran visibilidad. Por eso se dice: “El que entra papa sale cardenal”.

Los cardenales bergoglianos eran mayoría. Pero se requerían dos tercios de los votos de un total de 133 electores. La parte de la curia vaticana que resistía los cambios de Francisco -quien decía que ésta era “la última corte europea”- impulsaba la candidatura del Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, un diplomático profesional. Los cardenales más conservadores, conscientes de que ninguno de los suyos alcanzaría los votos requeridos, le dieron su apoyo.

En los conciliábulos, un cardenal defendió la candidatura de Parolin diciendo que Francisco había dejado una Iglesia muy dividida y que hacía falta un diplomático para volverla a unir. Pero fue un cardenal argentino, jesuita, que había sido alumno de Jorge Bergoglio, preisamente el mencionado Ángel Rossi, quien en una intervención clave le dio el último envión a la candidatura de Prevost al exclamar: “Jesús no fue un diplomático”.

Desde su elección, León XIV quería de alguna manera enmendar que Francisco no visitara su país -y a Uruguay, el otro de la región (además de Venezuela)- y que -explican en el Vaticano- en buena medida la grieta en su patria impidió ante la posibilidad de que todo lo que dijese o callara o lo que hiciera o dejara de hacer fuese motivo de polémica e impidiera su deseo de contribuir a la unidad de sus compatriotas.

León XIV | Vatican News

Claro que otros en la Argentina creen que su venida hubiese puesto en pausa la grieta y habría sido un aporte a la unidad. La muerte de Francisco -que decía que quería venir aunque antes debía visitar otros países y no priorizar el suyo, donde había estado 76 años- impidió comprobar cuál de las dos posiciones era la acertada. Lo cierto es que pasaron los gobiernos de Cristina, Macri y Alberto Fernández y no vino.

Ahora, quien recibirá a un pontífice será Javier Milei, el presidente con mayor sensibilidad religiosa desde la vuelta a la democracia -por ahora se declara católico con una fuerte inclinación hacia la espiritualidad judía-, pero también con posiciones que cuando menos desde la teoría chocan con postulados de la Doctrina Social de la Iglesia y actitudes muy confrontativas que el clero católico rechaza.

Milei, que se muestra muy entusiasmado con la visita papal, deberá tener en cuenta que León XIV reivindicará uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia que es la justicia social, concepto del cual el libertario abomina porque considera que es “robarles a los ricos para darle a los pobres” y acaso que las cargas de todo ajuste -más allá de su necesidad- deben repartirse equitativamente.

Por cierto que el deterioro social no comenzó con Milei y la oposición no debe hacerse la distraída. Pero el pasado no se puede cambiar, si bien sí aprender de él. Además, no ayuda el encerrarse en dogmatismos económicos. Porque, como dijo esta semana el sacerdote Rodrigo Zarazaga, director del think tank social de los jesuitas, “el conurbano bonaerense no cabe en Vaca Muerta”.

También es verdad que la grieta no empezó con Milei. Fueron los Kirchner durante el conflicto con el campo los que la instauraron. Y un tal Jorge Bergoglio, el primer crítico. Pero el libertario se ocupó de potenciarla. Por eso, también habrá que esperar de León XIV -tal como lo hizo en España, otro país con mucha grieta- una fuerte crítica a la polarización.

El paso de León XIV será ante todo una posibilidad para revitalizar a la Iglesia católica en el país que, como en todo Occidente, viene sufriendo una sensible pérdida de fieles en el marco de un fuerte cambio cultural que afecta a todas las religiones, más allá del avance de las iglesias evangélicas, en un mundo que necesita de valores trascendentes.

Congreso argentino

La pregunta es si Milei, el oficialismo, la oposición y toda la dirigencia no solo escucharán el mensaje de León XIV, sino si además, en alguna medida, lo harán carne, siendo conscientes de que, pese a que no volvió a su patria, los anhelos de Francisco resonarán por boca del nuevo sucesor de Pedro.

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