León XIV, con los presos de Bata: "Estoy aquí para decirles que ninguno está excluido del amor de Dios"
Emotivo encuentro el vivido esta tarde por los reclusos y León XIV, quien les recordó que "Dios nunca se cansa de perdonar", instó a la autoridades a facilitar su reinserción y les aseguró que "no están solos"
Tras la eucaristía que esta mañana presidió en Mongomo, León XIV volvió a subir al avión para trasladarse por la tarde a Bata, cuya prisión visitaría, haciendo una breve parada para detenerse a orar y adorar ante el Santísimo Sacramento en la Catedral de Santiago Apóstol y Nuestra Señora del Pilar.
Ya en la prisión, donde fue recibido por el ministro de Justicia, el director del centro, el capellán y varios representantes del personal penitenciario, fue acompañado al patio interior de la cárcel, donde se encontraban los reclusos, que le hicieron entrega de una cruz de madera elaborada por ellos, y a los que les dirigió un saludo.
"Hoy estoy aquí para decirles algo muy sencillo: ninguno está excluido del amor de Dios. Cada uno de nosotros, con su historia, sus errores y sus sufrimientos, sigue siendo valioso a los ojos del Señor. Podemos decirlo con certeza", comenzó diciendo el papa Prevost.
"También ustedes forman parte de este país. La administración de la justicia tiene el fin de proteger a la sociedad, pero para ser eficaz debe invertir siempre en la dignidad y en las potencialidades de cada persona. Una auténtica justicia no busca tanto castigar, sino sobre todo ayudar a reconstruir la vida, tanto de las víctimas como de los culpables, así como de las comunidades heridas por el mal. No hay justicia sin reconciliación", recordó el Pontífice.
"Convertirse en una persona nueva"
En ese contexto, el Papa abogó porque ya desde la cárcel –que reconoció que es vista "como un lugar de soledad y desolación"–, se hagan "las gestiones necesarias para que exista la posibilidad de estudiar y de trabajar con dignidad", porque, añadió, "siempre es posible volver a levantarse, aprender y convertirse en una persona nueva".
"No están solos. Sus familias los aman y los esperan, y muchos, más allá de estos muros, rezan por ustedes. Y aun cuando alguno temiera el ser abandonado por todos, Dios nunca los abandonará y la Iglesia estará a su lado", enfatizó el Papa en medio de un recinto que alberga tanta soledad en medio de la obligada compañía.
Y en ese punto, quiso tener también palabras de agradecimiento para todo el personal penitenciario, subrayando que "su servicio es fundamental cuando conjuga seguridad, respeto y humanidad, garantizando el orden necesario para acompañar a los detenidos en un itinerario de reinserción y de reconstrucción de la propia vida".
"Dios jamás se cansa de perdonar", les reiteró el Papa. "Él abre siempre una puerta nueva a quien reconoce los propios errores y desea cambiar. No permitan que el pasado les robe la esperanza en el futuro. Cada día puede ser un nuevo comienzo", enfatizó Robert F. Prevost, también él conmovido por la experiencia junto a los presos de Bata, que escucharon –y celebraron– las palabras del Papa bajo un aguacero.
El saludo del Papa
Queridos hermanos:
He escuchado con atención sus palabras. Gracias por la claridad y por habernos mostrado que, aun en las dificultades, la dignidad humana y la esperanza nunca se pierden.
Hoy estoy aquí para decirles algo muy sencillo: ninguno está excluido del amor de Dios. Cada uno de nosotros, con su historia, sus errores y sus sufrimientos, sigue siendo valioso a los ojos del Señor. Podemos decirlo con certeza, porque Jesús nos ha revelado esto en cada encuentro, en cada gesto y en cada palabra. Incluso cuando fue arrestado, condenado y llevado a la muerte sin culpa alguna, nos amó hasta el extremo, demostrando que cree en la posibilidad de que el amor transforme incluso el corazón más endurecido.
En este viaje estoy descubriendo que Guinea Ecuatorial es una tierra rica de culturas, lenguas y tradiciones. Sus familias, sus comunidades y su fe son una gran fuerza para esta nación. También ustedes forman parte de este país. La administración de la justicia tiene el fin de proteger a la sociedad, pero para ser eficaz debe invertir siempre en la dignidad y en las potencialidades de cada persona. Una auténtica justicia no busca tanto castigar, sino sobre todo ayudar a reconstruir la vida, tanto de las víctimas como de los culpables, así como de las comunidades heridas por el mal. No hay justicia sin reconciliación. Se trata de un gran trabajo, del cual una parte puede realizarse dentro de la cárcel y otra parte, aún mayor, debe involucrar a toda la comunidad nacional, para prevenir y reparar las heridas provocadas por la injusticia.
Quisiera hablarles, sobre todo, de esperanza y de cambio. Aunque la cárcel se vea como un lugar de soledad y desolación, este tiempo —como se ha dicho— puede convertirse en un tiempo de reflexión, de reconciliación y de crecimiento personal. Es deseable, por ejemplo, que se hagan las gestiones necesarias para que en la cárcel exista la posibilidad de estudiar y de trabajar con dignidad. La vida no sólo se define por los errores cometidos, que generalmente son el resultado de circunstancias difíciles y complejas; porque siempre es posible volver a levantarse, aprender y convertirse en una persona nueva.
No están solos. Sus familias los aman y los esperan, y muchos, más allá de estos muros, rezan por ustedes. Y aun cuando alguno temiera el ser abandonado por todos, Dios nunca los abandonará y la Iglesia estará a su lado. Piensen también en su país, en los jóvenes de Guinea Ecuatorial que necesitan ejemplos de perseverancia, de responsabilidad y de fe. Todo esfuerzo de reconciliación, todo gesto de bondad puede convertirse en una pequeña llama de esperanza para los demás.
Deseo agradecer también a los que trabajan en este centro penitenciario: al Director, a los agentes y al capellán. Su servicio es fundamental cuando conjuga seguridad, respeto y humanidad, garantizando el orden necesario para acompañar a los detenidos en un itinerario de reinserción y de reconstrucción de la propia vida.
Queridos hermanos, Dios jamás se cansa de perdonar. Él abre siempre una puerta nueva a quien reconoce los propios errores y desea cambiar. No permitan que el pasado les robe la esperanza en el futuro. Cada día puede ser un nuevo comienzo.
Confiemos este camino a la Virgen María, Madre de la Misericordia. Que ella los acompañe en la vida, consuele sus corazones y proteja a sus familias. Hoy quiero asegurarles mi cercanía y mi oración por ustedes y por todo el pueblo de Guinea Ecuatorial. Y recuerden siempre que una persona que se levanta después de haber caído es más fuerte que antes. Que el Señor les conceda paz, esperanza y la fuerza para volver a empezar. ¡Gracias!
