El Papa invita a descubrir la belleza divina "tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano"
León XIV llama a "revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista" y a contemplar el Misterio "en los ojos de un padre y una madre que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices de estar con sus hijos; en los rostros de los abuelos y las abuelas que, a pesar de las dificultades de la edad, se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos; o incluso en el compromiso de jóvenes que se esfuerzan por crecer limpios y honestos"
Segunda festividad de la Asunción para León XIV, y segunda vez que la celebra en la parroquia Santo Tomás de Villanueva de Castel Gandolfo. El pontífice, que en el ferragosto romano está aprovechando para ultimar los cambios en la curia, y los próximos viajes a Francia y Latinoamérica (Uruguay, Argentina y Perú), se detuvo en esta festividad para reflexionar sobre la belleza que, a lo largo de la historia, ha reflejado la vida, y la dormición, de María.
"Muchas obras de arte la representan, al final de su vida terrena, como una joven hermosa que se eleva físicamente desde la tierra hacia el cielo", recordó el Papa, evocando a la "mujer vestida de sol" y el hecho de que "en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad".
Una imagen, la de la eternidad, que "contrasta con la experiencia de lo que produce en nosotros el paso de los años". "Con la edad, de hecho, nuestro cuerpo no se hace más ágil, sino más pesado; la piel no se vuelve más fresca, sino que muestra los signos de la vejez; el cabello no toma color ni brillo, sino que se vuelve gris y luego blanco", trazó Prevost.
"Entonces, ¿qué tenemos en común con la joven maravillosa que encontramos pintada en nuestros retablos?" se preguntó. "Para comprenderlo debemos mantener unidos los dos signos que hemos mencionado: el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado".
Y es que "la glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin", subrayó León XIV, quien invitó a loa fieles a "revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone, y que corren el riesgo de aprisionarnos en condicionamientos pesados, haciéndonos desperdiciar energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre".
Así, "se pueden encontrar personas con el rostro marcado por los años y los sufrimientos, pero capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz a su alrededor; como se pueden observar otras, quizás exteriormente atractivas, pero duras y frías en su interior. Y es fácil entender dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación", propuso.
"Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo", insistió el pontífice, llamando a "escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo".
El amor que transfigura, transforma y ennoblece
Porque, culminó en su homilía, "el amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida". Recordando el canto de Magnificat, el Papa recordó cómo "la Madre del cielo nos habla de modo sencillo de grandes misterios: Dios que en ella se hace hombre para salvar a los hombres, el Eterno que en ella se manifiesta en el tiempo para abrirnos también a nosotros el camino de la eternidad, mostrándonos al mismo tiempo, en su condición de “humilde sierva”, la “pequeña dimensión” en la que también nosotros podemos encontrar al Señor".
"La sublimidad del Misterio que celebramos, entonces, no debemos buscarla lejos. Podemos encontrarla allí donde hay verdadera caridad: en los ojos de un padre y una madre que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices de estar con sus hijos; en los rostros de los abuelos y las abuelas que, a pesar de las dificultades de la edad, se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos; o incluso en el compromiso de jóvenes que se esfuerzan por crecer limpios y honestos, listos también para ir contra la corriente respecto a “lo que todos hacen”; finalmente, en la obra de tantos hombres y mujeres que diariamente, con fe y dedicación, contribuyen a llevar un poco de Cielo sobre la tierra y la tierra hacia el Cielo" añadió. Porque, en María, "en su humanidad santa, por gracia de Dios, está también la nuestra, estamos llamados a vivir su misma plenitud de vida y a compartir su misma gloria".
"Hagamos nuestra su invitación. Sigamos la luz del Resucitado, cambiando de rumbo si es necesario. Hagámoslo, particularmente hoy, mirando a María, que Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y que nos ha dado como Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del Cielo", concluyó.