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El Papa pide "una Iglesia que, como una madre, cuida de sus hijos, sin condenarlos"

Visita pastoral a la parroquia romana de Santa María de la Presentación

El Papa en la parroquia de la presentación

Esta tarde, tercer domingo de Cuaresma, el Santo Padre León XIV realiza una visita pastoral a la parroquia de Santa María de la Presentación, situada en el número 1104 de la calle Torrevecchia, en un barrio de la periferia de Roma.A su llegada, alrededor de las 16:00 horas, el Papa es recibido, entre otros, por el cardenal vicario Baldo Reina y el párroco don Paolo Stacchiotti. Los niños del catecismo, los jóvenes y las familias lo esperan en la plaza de la iglesia, donde se ha instalado una pantalla gigante para la ocasión. En el interior del complejo parroquial, el Pontífice se reunió con personas discapacitadas, enfermas y con diferentes tipos de fragilidad.

A las 17:00 horas, el Santo Padre presidió la celebración de la Santa Misa en la iglesia parroquial. En el ahomilía, Prevost glosa el pasaje de la samaritana y reconoce que, para ella, "todo se transforma en el encuentro con el Señor: la mujer sedienta se convierte en fuente, la excluida se convierte en confidente". Es decir, "la necesidad de agua, que la había empujado a ir al pozo, da paso ahora al deseo de comunicar la novedad abrumadora que la ha transformado".

Y recordando al Papa Francisco y a su "Dios de las sorpresas", León XIV pide a los feligreses de la parroquia romana que construyan "una Iglesia que, como una madre, cuida de sus hijos, sin condenarlos, sino acogiéndolos, escuchándolos y apoyándolos ante los peligros".

Al final de la celebración eucarística, el Pontífice se reunió con el Consejo Pastoral y los sacerdotes. A continuación, tras los últimos saludos, regresa al Vaticano.

Homilía del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra vivir con vosotros este tercer domingo de Cuaresma. Es una etapa importante en nuestro seguimiento de Jesús, hasta su Pascua de pasión, muerte y resurrección. En este itinerario se entrelazan profundamente la cercanía de Dios y nuestra vida de fe: renovando en cada uno la gracia del Bautismo, el Señor nos llama a convertirnos, precisamente mientras purifica nuestro corazón con su amor y con las obras de caridad que nos propone realizar. A este respecto, el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana nos involucra con gran intensidad. El Evangelio de hoy, de hecho, además de hablarnos, habla de nosotros y nos ayuda a revisar nuestra relación con Dios.

La sed de vida y de amor de la samaritana es nuestra sed: la de la Iglesia y de toda la humanidad , herida por el pecado, pero aún más íntimamente habitada por el deseo de Dios. Lo buscamos como el agua, incluso cuando no nos damos cuenta, cada vez que nos preguntamos el sentido de los acontecimientos, cada vez que sentimos cuánto nos falta el bien que queremos para nosotros y para quienes nos rodean.

En esta búsqueda, encontramos a Jesús. Él ya está allí, en el pozo, donde la samaritana lo encuentra solo, bajo el sol del mediodía, cansado del viaje. La mujer va al pozo a esa hora inusual, tal vez para evitar las miradas cargadas de prejuicios de las otras mujeres. Jesús lee en su corazón el motivo de esta marginación: sus matrimonios fallidos y su actual convivencia la hacen indigna de acompañar a las hijas, esposas y madres del pueblo. Sin embargo, Jesús se sienta junto al pozo como esperándola.

Esta sorprendente cita es una de las formas en que, como solía repetir el papa Francisco, Cristo revela al Dios de las sorpresas: las más hermosas, las que cambian la vida, dondequiera que la encuentren y sea cual sea la forma en que se presente ante el Señor.

Este hombre ama a la samaritana como nadie lo había hecho antes. Mientras ella buscaba el agua de cada día, Él quiere darle la nueva, la viva, capaz de saciar toda sed y calmar toda inquietud, porque esta agua brota del corazón de Dios, plenitud inagotable de toda espera.

La iniciativa de Jesús inaugura así la búsqueda de un bien mayor que el agua misma: «Si conocieras el don de Dios», le dice el Señor a la mujer. No se trata de una reprimenda, sino de una promesa: «Estoy aquí para darte a conocer a Dios, que se entrega a ti». Sí, precisamente para ti, que no lo conocías, que te considerabas lejana y condenada. Este don te transformará: tú misma te convertirás en fuente que brota para la vida eterna. A cambio de la sed anterior, llena de amargura y aridez espiritual, el Hijo de Dios ofrece como don una vida renovada por el agua que brota de la misericordia del Padre. Todo se transforma en el encuentro con el Señor: la mujer sedienta se convierte en fuente, la excluida se convierte en confidente. La mujer llena de vergüenza ahora está llena de alegría; la que permanecía en silencio en el pueblo se convierte en misionera para todos sus habitantes.

Nunca hubiera imaginado que precisamente ella, tan desorientada y derrotada por la vida, podría un día saborear el agua fresca, puro don de Dios, convirtiéndose a su vez en don para los demás. ¿Cómo ocurre esto? Encontrándose con Jesús, dialogando con Él, Verbo vivo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

El relato evangélico muestra con precisión el camino de crecimiento de la mujer, que poco a poco reconoce las características fundamentales de la identidad de Jesús: hombre, profeta, Mesías y Salvador. Al estar junto a Él y disfrutar de su compañía, la samaritana se convierte a su vez en fuente de verdad. El agua nueva del don de Dios ha comenzado a brotar en su corazón, y ella se siente inmediatamente impulsada a volver corriendo a su pueblo, finalmente libre de la vergüenza y deseosa de dar a conocer a todos a su Libertador, Jesús, Aquel que ha permitido toda esa maravilla. Corre precisamente hacia aquellos que antes la condenaban, mientras que Dios la ha perdonado, y cuenta, anuncia, da testimonio. La necesidad de agua, que la había empujado a ir al pozo, da paso ahora al deseo de comunicar la novedad abrumadora que la ha transformado.

El Papa en la parroquia de la Presentación

Queridos hermanos, con el Bautismo todos hemos recibido la gracia de un agua nueva, que lava toda culpa y sacia toda sed. Al igual que a la mujer samaritana, hoy, en Cuaresma, se nos da un tiempo para redescubrir el don de este Sacramento que, como una puerta, nos ha introducido en la fe y en la vida cristiana.

Como buen Pastor y atento, el Señor nos espera y nos acompaña siempre, allí donde vivimos y tal como somos. Cura con misericordia nuestras heridas y se entrega por nosotros, haciéndonos capaces de convertirnos a nuestra vez en don para los hermanos.

Sé bien que vuestra comunidad parroquial habita un territorio con diversos desafíos. No faltan situaciones de marginación que preocupan, pobreza material y moral. También los adolescentes y los jóvenes corren el riesgo de crecer engañados por vendedores de muerte o desilusionados sobre el futuro. Muchos están esperando una casa, un trabajo que les asegure una vida digna, entornos seguros donde poder reunirse, jugar, proyectar juntos algo hermoso.

Como en el pozo del Evangelio, a esta parroquia llegan hombres y mujeres heridos en el alma, ofendidos en su dignidad y sedientos de esperanza. A vosotros os corresponde la tarea, urgente y liberadora, de mostrar la cercanía de Jesús, su voluntad de redimir nuestra existencia de los males que la amenazan con una propuesta de vida justa, verdadera y plena. Partiendo de la Eucaristía, corazón palpitante de toda comunidad cristiana, os animo a hacer que las actividades parroquiales sean signo de una Iglesia que, como una madre, cuida de sus hijos, sin condenarlos, sino acogiéndolos, escuchándolos y apoyándolos ante los peligros. Que la palabra del Evangelio, que brota en nosotros como fuente de verdad, ayude a cada uno a abrir los ojos para saber evaluar con sabiduría lo que es bueno y lo que es malo, formando así conciencias libres y adultas.

El Papa en la parroquia de la presentación

Queridos hermanos y hermanas, ¡adelante con confianza! En cada situación, el Señor camina con nosotros y nos sostiene en el camino. Que la Santísima Virgen acompañe siempre vuestros pasos en la fe y os conceda la alegría de ser anunciadores humildes y valientes de su Evangelio.

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