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El Papa pide a la Iglesia ser "signo de reconciliación" en medio de "una humanidad fragmentada"

En la audiencia general, el Papa ha reflexionado sobre la 'Lumen gentium' y, con ocasión del Miércoles de Ceniza, ha invitado a aprovechar este tiempo de conversión también "ayunando de gestos y comentarios que hieran a los demás"

El Papa, al inicio de la audiencia general | RD/Captura

En su repaso a los documentos conciliares iniciado con el año nuevo por León XIV, en la audiencia de esta mañana, el Papa se detuvo por primera vez en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21de noviembre de 1964, "un texto que "permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia".

"Al mismo tiempo -indicó Robert F. Prevost-, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos"

Se trata de un documento dedicado a la Iglesia, prosiguió el Papa, donde aparece definida en su primer párrafo como que "la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano", lo que significa que "la Iglesia es sacramento, en cuanto expresión que manifiesta el plan de Dios en la historia de la humanidad, y es instrumento, es decir, realiza su misión de manera activa, impulsada por el Espíritu Santo".  

Fieles en la plaza de San Pedro | RD/Captura

En los saludos en las distintas lenguas a los más de 15.000 de peregrinos que seguían la catequesis papal de nuevo desde la plazsa de San Pedro en una mañana soleada, León XIV afirmó que "pertenecer a la Iglesia es una gracia que deben hacer fructificar, porque es una presencia santificadora en medio de una humanidad aún fragmentada, pero que aspira a la unidad".

Aludió también el Papa al inicio en este Miércioles de Ceniza, instando a que "al comenzar hoy nuestro camino cuaresmal, pidamos al Señor que nos conceda el don de una verdadera conversión de corazón para que podamos responder mejor a su amor por nosotros y compartirlo con quienes nos rodean", así como "ayunando de gestos y comentarios que hieran a los demás y nos alejen de su Corazón misericordioso".

León XIV, en el papamóvil | RD/Captura

La catequesis de la Audiencia General 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.  

El Concilio Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21 de noviembre de 1964, tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”. Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba escondida y que ahora ha sido revelada. 

Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.  

Fieles siguiendo la catequesis del Papa en la audiencia general | RD/Captura

La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible. 

Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso, el Concilio Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de “instrumento”, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas. 

La unión con Dios encuentra su reflejo en la unión de las personas humanas. Es esta la experiencia de la salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo – dice el Concilio – levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».  

Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos. 

Traducción no oficial 

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