El Papa vuelve clamar por la paz en el Líbano y en Oriente Medio, "una vez más desgarrados por la violencia y la guerra"
León XIV presidió la audiencia general acompañado por Aram I, Catolicós de la Iglesia Apostólica Armenia de Cilicia, y mostró su deseo de que su visita al Vaticano "constituya un paso más en el camino hacia la unidad plena"
Siguiendo con su repaso a los documentos del Concilio, este miércoles, 20 de mayo, en la audiencia general, León XIV comenzó una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Vaticano II: la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, con la que, expresó el Papa, "los Padres conciliares quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo".
"La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida", señaló el Papa, recordando que si bien es cierto "que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta «cumbre»".
"La liturgia –prosiguió– sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión". "En otras palabras –prosiguió–, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior»".
Según manifestó el Papa, la liturgia "está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración", por lo que exhortó a los 20.000 peregirnos presentes en la plaza de San Pedro a que "dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia".
Antes de dar lectura a su catequesis, el Papa saludó a Aram I, Catolicós de la Iglesia Apostólica Armenia de Cilicia, quien participó de la audiencia sentado a su lado. "Estoy muy feliz de darle la bienvenida", señaló León XIV, añadiendo que "la visita fraterna" que está efectuando al Vaticano, junto con una delegación, "representa una importante ocasión para fortalecer los lazos de unidad que ya existen entre nosotros, mientras nos acercamos a la plena comunión entre nuestras Iglesias".
Un paso más hacia la unidad plena
"Santidad –dijo León XIV dirigiéndose a Aram I, a quien ya había recibido el pasado lunes, en audiencia privada en el Palacio Apostólico–, en estos días en los que nos preparamos para Pentecostés, invoco la gracia del Espíritu Santo sobre vuestra peregrinación a las tumbas de los los apóstoles Pedro y Pablo, e invito a todos los presentes a rezar fervientemente al Señor para que vuestra visita y encuentros constituya un paso más en el camino hacia la unidad plena".
Igualmente, el Papa pidió que "oremos también por la paz en el Líbano y en Oriente Medio, una vez más desgarrados por la violencia y la guerra" y finalizó su saludo al Catolicós de la Iglesia Apostólica Armenia de Cilicia, expresándole su "particular gratitud por su constante compromisos personal con el ecumenismo, especialmente con el diálogo teológico internacional entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales".
En los saludos a los fieles y peregrinos que volvieron a llenar la plaza de San Pedro, el papa Prevost señaló que, "mientras esperamos Pentecostés, pidamos al Espíritu de Dios que despierte las conciencias humanas con sus dones, que las aparte de la injusticia, la violencia y la guerra, ¡y que renueve la faz de la tierra!".
Igualmente, saludó a los participantes de un evento promovido por el Movimiento Ética en el Deporte, recordando que los deportistas "tienen una noble misión: preservar el alma del deporte. Recuerden que el verdadero objetivo no es la victoria material, sino el respeto al oponente, el juego limpio y la inclusión de todos".
La catequesis de la Audiencia General
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra Redención» (SC, 2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9).
Como ha puesto de manifiesto la triple renovación —bíblica, patrística y litúrgica— que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX, el Misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la afirmación de San Pablo (cf. Ef 3,3-6). He aquí, pues, el Misterio cristiano: el acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este Misterio.
Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, el pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cf. SC, 7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22). Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión.
En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos y de las oraciones» (SC, 48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex orandi, lex credendi— y, al mismo tiempo, plasma la identidad eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó san Juan Pablo II (Carta apostólica Vicesimus quintus annus, 9).
Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta «cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».
Esto significa también que está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rom
12,1).
De este modo, «la liturgia edifica día a día a los que están dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC, 2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco: «El mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9)» (Carta apostólica Desiderio desideravi, 5).
Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.
Traducción no oficial