El dominico Alberto Magno, cuya fiesta se celebra el 15 noviembre, tiene muchas facetas. Es considerado el patrono de los científicos. Por otra parte, este hombre de ciencia era un gran amante de la Virgen María.
Una serie de “encuentros” han provocado a la reflexión creyente para purificar su imagen de Dios y presentarla de forma más significativa ante los desafíos que la cultura planteaba. Por ejemplo, el encuentro con los pobres ha ayudado a la teología a descubrir nuevas dimensiones de la caridad cristiana que sin este encuentro nunca hubiéramos descubierto.
La carne, el cuerpo muchas veces humillado, violentado, abusado, deshonrado, cargado de vergüenza o de culpabilidad, es una dimensión de lo humano que necesita ser salvada. Una salvación que no incluyera todas las dimensiones de lo humano, no sería salvación de lo humano.
La fiesta de todos los santos es la última de las grandes solemnidades del ciclo santoral. Puede ser calificada de fiesta de plenitud porque canta la gloria de los que ya triunfaron y se prolonga al día siguiente para recordar a los que no han alcanzado todavía la corona de la gloria.
A veces se apela a Rm 13,1 para decir que la autoridad viene de Dios, texto que, por cierto, no se refiere a la autoridad religiosa, sino a la civil. Pero esta apelación olvida las más elementales reglas de la exégesis.
El nombre del Pilar es uno de los nombres más universales que se le han dado a la Virgen. Ella es invocada en muchos lugares de América. La virgen del Pilar es la virgen de la hermandad entre los pueblos de España y de América.
Dado que el 7 de octubre se celebra la fiesta de la Virgen del Rosario, resulta oportuno hacer una pequeña reflexión sobre esta oración, una de las más conocidas y extendidas en el mundo católico.
En la vida, muerte y resurrección de Cristo, en su predicación, obras y milagros, en el conjunto de lo que dijo e hizo, se manifiesta al modo humano lo que Dios es, lo que Dios quiere, dice y hace.
Dios es el misterio por excelencia. Si dejase de ser misterio, dejaría de ser Dios. Un Dios comprendido totalmente, sería un Dios no sólo al alcance, sino a la medida de lo humano. O sea, un Dios finito, limitado. Una contradicción. Por eso dice la Escritura que es imposible, en las condiciones de este mundo, ver a Dios.
El rostro es el espejo del corazón. En el rostro del hombre se leen sus mejores y sus peores sentimientos, el dolor y la alegría, la bondad y la severidad.
Si Dios envió a su Hijo al mundo fue porque amaba mucho a los seres humanos y, por eso, quiso identificarse con nosotros y con nuestro destino, para que así nosotros pudiéramos identificarnos con él y con su destino. Dios envió a su Hijo para que tuviéramos vida abundante.
Celebrar a nuestra santa o a nuestro santo es una buena costumbre, que nos recuerda que otro, que ha llevado antes nuestro nombre, puede ser un buen punto de referencia para vivir cristianamente.
Necesitamos puentes tanto en la Iglesia, como en la sociedad. Necesitamos puentes en todos los ámbitos de la vida. Puentes que unen lo distante, lo separado. Puentes y no muros. Abrazos y no insultos. Encuentros y no pantallas. Diálogo y no dogmatismo. Autoridad y no poder. Ese es el camino.
Estamos más conectados que nunca, pero no estamos unidos. Y no lo estamos porque termina prevalenciendo una tendencia innata que, en sí misma es buena, pero muchas veces se corrompe, y cuando se corrompe lo bueno aparece lo pésimo, a saber, la afirmación de mi mismo (esto es bueno) a costa del otro (ahí está lo pésimo).
Que las guerras sigan no significa que el Señor no realice obras maravillosas. Significa que los seres humanos obstaculizamos la acción de Dios y no cumplimos su voluntad. Porque el Señor cuenta siempre con nuestra libertad.
María superó la muerte y, habiendo superado la muerte, nos está diciendo que al final vence el amor. Por eso, la Asunción de María es un anuncio destinado a colmar de dicha y esperanza a todo ser humano.
Dios siempre se sirve de mediaciones humanas. No se puede identificar la mediación humana con la palabra de Dios, pero la Palabra de Dios no puede llegar sin la imprescindible mediación humana.
De padres creyentes salen hijos ateos, indiferentes o no religiosos. Cuando esto ocurre hay padres que se preguntan cómo es posible que sus hijos no abracen la fe: ¿qué hemos hecho mal?, ¿dónde hemos fallado?
La piedad popular invoca a la Santísima Virgen como Stella maris, un título expresivo de la esperanza cierta de que, en los borrascosos acontecimientos de la vida, la Madre de Dios viene en nuestro auxilio, nos sostiene y nos invita a confiar y a seguir esperando.