¡Yo te alabo Padre porque has escondido estas cosas a los presuntuosos, vanidosos, engreídos y soberbios y las has revelado a la gente sencilla!
En este domingo 14º del tiempo ordinario, los textos del profeta Zacarías, la carta a los romanos y el evangelio de Mateo nos invitan a considerar los siguiente:
La clave de la revelación de Dios que Jesús nos da se manifiesta en la gente sencilla. Aquella gente que Dios ha escogido para manifestarse y comunicarse, y que pasa desapercibida a los ojos de la vanidad y presunción humana.
Entre los humildes y sencillos, Jesús se revela como el Maestro que nos invita a aprender de Él que es manso y humilde de corazón.
La verdad que se vive en Dios nos recuerda que Dios lo ve y lo conoce todo.
Por eso Jesús dice: nadie conoce al Hijo sino el Padre, nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Conocer esa verdad, es decir esa revelación de la verdad, debe ser en el camino que esté libre de soberbia, presunción y vanidad.
La vida del Espíritu Santo, que se nos comunica por parte del Padre y del Hijo, se da por esa vida interior que sabe caminar en la humildad y sencillez del corazón.
Dios se va revelando y manifestando en aquellos que Él se ha elegido para hacer su obra.
Lo más importante es: ¿cómo puede Dios hacer mejor su obra en nosotros?
Los humildes y sencillos que Dios se ha escogido sorprenden ante sus oyentes y testigos, como le pasa a Jesús en la sinagoga de Nazareth: ¿dónde aprendió éste tantas cosas? ¿de dónde le viene esta sabiduría y este poder para hacer milagros?¿no es este el hijo del carpintero?
También en Pentecostés se dirá de los apóstoles: ¿que nos galileos todos estos a los que estamos escuchando cada uno en nuestra propia lengua?
El soberbio y vanidoso normalmente desprecia a los humildes y sencillos; en esta actitud de los soberbios y presuntuosos, muchas veces, se desprecia a Dios mismo.
La obra de Dios se va haciendo, como pasa con Jesús en sus 30 años en Nazareth, sin que nadie advirtiera que era el Hijo de Dios.
Le pasa a san Juan Diego al pasar por el cerro del Tepeyac, ni él se imaginaba que había sido escogido para ser el embajador enviado por María para comunicar su gran mensaje al arzobispo Zumárraga.
Dios escoge a aquellos en los que quiere hacer su obra y, que hacen posible, con su humildad y sencillez, que Dios lleve a cabo todo en ellos, como pasa con María y José. Ellos son los padres de Jesús aquí en la tierra y pasan inadvertidos en su vida terrenal ante los ojos humanos pero lo más bello es que en cada uno de ellos está actuando de forma maravillosa el Espíritu Santo, en el que María y José son testigos de cómo Dios se va comunicando y revelando.
Ellos, los humildes y sencillos, entienden y saben moverse en los tiempos de Dios; confían porque están libres de las presunciones, vanidades y soberbia humana.
Jesús lo confirmará: el reino de los cielos se parece al grano de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece se convierte en un árbol tan grande que los pájaros vienen a descansar en él.
O como le pasa al campesino que al echar la semilla en la tierra y sin saber cómo, esa semilla empieza a echar raíces y tallos y a florecer sus frutos.
Lo importante es que Dios obre en nosotros y dejarlo obrar sin ruidos de nuestra vanidad y soberbia, con plena confianza en Él; por eso Jesús nos invita a tomar su yugo y llevar la carga de una forma sencilla como nos recuerda en el evangelio de Mateo y en el profeta Zacarías: mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito.