"Se silencian las voces de los disidentes, en su día ya silenciados" Voces silenciadas en el colectivo homosexual

Colectivo homosexual
Colectivo homosexual

La posición a favor de la reorientación sexual se sitúa “en el bando de los perdedores”

Una vez más, nos encontramos ante una grave carencia democrática: la falta de respeto a libertad de expresión

He presenciado la airada, excluyente y coactiva reacción, incluso en medios que se dicen de inspiración católica, frente a los llamados terapeutas de la reorientación sexual

Hace ya varios meses, leí el libro del año en Inglaterra y que todos los españoles deberíamos leer. Se trata de La masa enfurecida. Cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura, de . ¡Impresionante! Pone sobre la mesa aquello que, sin duda, hoy toca plantearse. Por ello, me ha parecido de utilidad servir de gustoso portavoz a sus ideas, invitar a la reflexión y suscitar en muchos el coraje ‘de decir aquello que todos pensamos, pero tememos decir’ (Lionel Shriver).

Sin duda alguna, me encuentro entre quienes piensan que “el rasgo distintivo del mundo moderno no es su escepticismo, sino su inconsciente dogmatismo” (Chesterton). Lo venimos padeciendo a diario en muchas cuestiones. Personalmente lo vengo denunciado por activa y por pasiva. El ciudadano medio es –quiero pensar que inconscientemente- cómplice necesario de las políticas identitarias de la izquierda, que están llevando al mundo a la locura. ¿No será –me pregunto- que el primer dogmático y totalitario es el votante irreflexivo, que otorga un poder ilimitado a quienes no saben administrarlo? En una sociedad democrática, merecería la pena pensarlo y obrar en consecuencia.

La masa enfurecida

He presenciado la airada, excluyente y coactiva reacción, incluso en medios que se dicen de inspiración católica, frente a los llamados terapeutas de la reorientación sexual. He contemplado cómo, en estos medios, se les maltrata e insulta con cierta frecuencia. Douglas Murray presenta en su libro la experiencia de uno de estos terapeutas al ser entrevistado en la ITV. Éste expuso que “la homosexualidad es una ‘aberración’ y, sobre todo, un comportamiento aprendido”, que, “en algunos casos, si la persona desea cambiar el rumbo de su vida, es reversible”.

Como contraste, el entrevistador, en una intolerante reacción, formuló el problema en estos términos: “¿Cómo puede creer que nadie nace homosexual, sino que uno se corrompe y puede curarse? ¿Quién es usted para decir semejante sandez?”. Ante tan batallador posicionamiento, el entrevistado le pidió que demostrase que ‘las personas nacen siendo homosexuales’, a la vez que recordaba que “ni la Asociación Estadounidense de Psicología ni el Real Colegio de Psiquiatría creen que la homosexualidad sea una condición innata e inalterable”. El entrevistador, en una muy clara pérdida de los papeles, que le descalificaba como a tantos otros, le espetó que “se callase un momento” y “se dejase de paparruchas de científicos americanos”. Todo terminó con un ‘hasta aquí hemos llegado … cállese’.

Murray

¡Usemos la inteligencia! Pienso que, hoy por hoy, la posición a favor de la reorientación sexual se sitúa “en el bando de los perdedores”. Es un hecho palpable. Sin embargo, Douglas Murray realiza esta sugerente reflexión: “El modo en que los individuos y los colectivos se comportan en el momento de la victoria dice mucho de cómo son”. Y, desde esta perspectiva, el comportamiento del colectivo homosexual en general, como el de muchos medios que los amparan, deja bastante que desear.

En toda esta cuestión aletean dos preguntas esenciales, que Duglas Murray formula así: “¿Creemos de verdad en los principios de la reciprocidad y la tolerancia, o no son más que una excusa? ¿Están dispuestos quienes han sufrido censura a censurar a otros a su vez en cuanto se presente la ocasión?” La respuesta no se compadece con nada que no sea la propia conducta coherente y, por tanto, tolerante con las posiciones de los otros. Nada de censuras excluyentes ni de presiones y coacciones a los demás. Por ese camino habitual, me temo que quienes lo recorren victoriosos se retratan y, a la postre, derrochan su credibilidad.

No es extraño que Douglas Murray les oponga la evidencia de su incoherencia: “… parecen decididos a hacer valer su fuerza contra un acto organizado de forma privada. Al hacerlo, van en contra de algo que defendieron los activistas gais desde que empezó la batalla por la igualdad de los homosexuales: que a nadie debería importarle lo que los adultos consintientes hacen en privado”. No es cuestión de fuerza. Repito que es tiempo de respeto y tolerancia.

Por supuesto, de coherencia con criterios que ellos mismos han mantenido con razón en otros tiempos. Todo lo demás, por mucha fuerza que se exhiba o por mucho apoyo que se sienta en los medios, se llama incoherencia. No es extraño que Douglas Murray concluya que si tal criterio “vale para los derechos del colectivo homosexual, debería, sin duda, valer también para los derechos de los fundamentalistas cristianos y otros grupos”.

Una vez más, nos encontramos ante una grave carencia democrática: la falta de respeto a libertad de expresión. Fenómeno que, por desgracia, se observa a diario. Se defiende cuando creemos que sirve a nuestras propias posiciones. Se rechaza, por el contrario, cuando pensamos que no favorece las propios posicionamientos. Hacemos de ella una cuestión de pura conveniencia y no de principios básicos para la convivencia en una sociedad democrática, muy plural.

Aunque cueste admitirlo, si se mantiene tan intolerante posición, a nadie debería sorprender que alguien, como Douglas Murray, subraye que, en el fondo, “… un dogma, reemplazaba al anterior: hemos pasado de una posición de oprobio moral a una posición que reprueba moralmente todas las opiniones que se salgan, aunque sea un pelo, de los moldes de la nueva concepción”.

Sin duda alguna. Es lo que está ocurriendo por la rigidez y el dogmatismo imperante: que, de nuevo, se silencian las voces de los disidentes, en su día ya silenciados.

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