La Iglesia, sumida en una profunda crisis, urge de una reforma a fondo Una excusa inaceptable: La secularización

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"La Iglesia, en este momento, está sumida en una profunda crisis de vida, de fe, de coherencia con el Evangelio"

"Urge abrir un proceso de reforma a fondo más allá de las reformas organizativas, puramente instrumentales. Hay que acertar en que se gastan las energías"

"La Iglesia ya no genera cultura, no es escuchada, carece de  credibilidad, padece el cáncer de la división y el enfrentamiento y ha marginado el Evangelio"

"La coherencia necesaria entre la fe y la vida pertenece al ADN del cristianismo. ¿Qué hacer?"

"La secularización como justificación de los males internos es inaceptable. Tampoco es de recibo que se considere al proceso secularizador  'como un enemigo mortal del cristianismo' (Pablo VI)"

"¡Qué curioso! La falta de coherencia entre lo que se predica y lo que se hace o como se vive, digo yo, que algo habrá tenido que ver con la situación a que  se llegado en la Iglesia"

"La credibilidad de la Iglesia, en todo caso, no depende de que la autonomía del orden secular dé un paso atrás, sino del testimonio de vida de los que decimos ser seguidores de Jesús"

"Lo del César, devolvedlo al César" (Mc 12, 17).

La secularización fue la oportunidad perdida de la Iglesia de decirse a ‘lo de Dios’(Mc 12, 17).

Es una muy triste evidencia. Como, en su día, dijo Alfred Loisy, «Jesús anunció la venida del Reino de Dios y lo que vino fue la Iglesia». Ni cuando se formuló esta valoración, ni siquiera en el momento presente, resulta fácil, por muchos matices que se señalen, negar su adecuación a la realidad. Condensa y expresa una imagen cierta e indisociable de lo que ha ocurrido en «el misterioso taller de Dios» (Goethe). Y sigue ocurriendo, sin duda.

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El punto de partida

La Iglesia oficial, presidida por Francisco, es muy consciente de su situación en el mundo. Yano genera cultura y es muy poco escuchada. Ha perdido a chorros su credibilidad y es víctima de un abandonismo creciente a todos los niveles. Sabe del dicho de Jesús: «Todo reino dividido será desolado» (Mt 12, 25). No puede ignorar la efectiva marginación del evangelio en la vida de los que dicen ser sus creyentes, incluso en aspectos trascendentales. Esta es la verdadera situación actual.

Iglesia

Un colaborador habitual de RD, tan ponderado como José Antonio Pagola, ha entendido que «una de las herejías más graves es hacer de la Iglesia el sustitutivo del Reino de Dios». Hasta tal punto esta situación del pueblo de Dios es ahora una realidad palpable que incluso se ha hablado del «abismo entre la fe y la vida» (Joseph Tobin, arzobispo de Newark). En definitiva, la Iglesia Católica parece que, en el devenir del tiempo, ha venido olvidando algo frente a lo cual Francisco ha adoptado, dada su gran trascendencia, una posición no exenta de connotaciones obsesivas: subrayar que la coherencia necesaria entre la fe y la vida pertenece al ADN del cristianismo.

¡Aquí le duele! ¡Y, mucho, muchísimo! Tal estado de cosas, brevemente insinuado, repercute directamente en el modo cómo se viene ejerciendo la autoridad en su seno: “Exigir de los otros cosas, también justas, pero que ellos no ponen en práctica en primera persona. Tienen una doble vida” (Francisco). Lo cual se manifiesta como “…una herida en la Iglesia y en la que la autoridad no es: yo mando, tú haces. No, es otra cosa, es un don, es una coherencia” (Ibidem). Doble vida, rigidez patente, polarización extrema, esquizofrenia pastoral: “Dicen una cosa y hacen otra” (cfr. DelgadoLa despedida de un traidor. La búsqueda personal de Dios, Barcelona 2023 págs. 95-106). En este contexto, José María Castillo ha calificado la situación institucional presente como de grave crisis moral y de fe, a la vez que ha denunciado la escandalosa marginación del Evangelio, incluso en cuestiones trascendentales.

Por si las anteriores pinceladas no fuesen suficientes, el propio Francisco, en la Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania (29.06.2019) realizó el siguiente diagnóstico:

“Hoy, sin embargo, coincido con Ustedes en lo doloroso que es constatar la creciente erosión y decaimiento de la fe con todo lo que ello conlleva no sólo a nivel espiritual sino social y cultural. Situación que se visibiliza y constata, como ya lo supo señalar Benedicto XVI, no sólo en el Este, donde, como sabemos, la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia y, a menudo, no conoce en absoluto a Cristo, sino también en la así llamada región de tradición católica [donde se da] una caída muy fuerte de la participación en la Misa dominical, como de la vida sacramental. Un deterioro, ciertamente multifacético y de no fácil y rápida solución, que pide un abordaje serio y consciente que nos estimule a volvernos, en el umbral de la historia presente, como aquel mendicante para escuchar las palabras del apóstol: no tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina (Hch 3,6)” (Carta, cit., n. 2).

Este acertado diagnóstico papal -¿quién se atreverá a negarlo?- es extensible, haciendo los cambios necesarios, al conjunto de toda la Iglesia. La grave situación que la configura en la actualidad se detecta a lo largo y a lo ancho de la misma. También, por supuesto, en Baleares. A todos preocupa y ocupa, aunque desde posiciones muy encontradas y con fuertes dosis de polarización. ¡Vaya vergüenza! ¡Vaya contra testimonio evangélico!

Benedicto XVI

La situación real, en definitiva, es tan grave que son pertinentes preguntascomo las siguientes: ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontar esta realidad de crisis, tan vieja y escandalosa por antievangélica? ¿Cómo actuar una radical revisión de todo el entramado institucional y doctrinal? ¿Cómo sentar unas bases mínimamente sólidas para intentar recuperar la credibilidad perdida? ¿Por dónde empezar?

Creo, sinceramente, que, una vez más, se está equivocando el camino. ¿Por qué no se parte de una evidencia: la diversidad y pluralidad existentes? ¿Por qué se da por buena la uniformidad impuesta en los inicios y que ha perdurado, por desgracia, hasta ahora mismo? Se quiere construir en torno a reformas orgánicas siempre instrumentales. Se quiere construir sin abordar en serio la problemática del estilo de vida de los que dicen ser discípulos de Jesús. ¿En qué quedamos? ¿No dicen que se evangeliza por el testimonio de vida? Creo, sinceramente, que caminamos en la contradicción. ¡Apañados están!

Una excusa inaceptable: la secularización

A poco observador que se haya sido de la situación del pasado y de la actual del cristianismo en su expresión católica  -y, por su supuesto, del consiguiente proceso histórico que lo acabó por estructurar y configurar-, se habrá advertido de inmediato que ni la Iglesia como institución ni sus líderes y guías  espirituales se han distinguido, precisamente, por culpabilizarse a sí mismos del fracaso que habían venido protagonizado. Lo habitual, en múltiples manifestaciones y a todos los niveles, se ha venido cifrando en culpabilizar a los demás de lo que ha sucedido en su propia casa. 

Es  muy fácil, a este respecto, apreciar un cierto ritornelo, poco o nada justificable. Éste consiste en fijar la causa de todos o, al menos, de muchos de los males que han venido aquejando y aquejan todavía a la Iglesia en el proceso o fenómeno histórico y cultural de la secularización. A partir de aquí, no es extraño que se haya tendido a valorar el referido proceso secularizador como un enemigo mortal del cristianismo” (Pablo VI). Tan severo juicio ha pasado a ser una especie de mantra al que se echa mano con frecuencia. Se puede detectar, un día sí y otro también, incluso en declaraciones de obispos recién nombrados por Francisco, considerados como progresistas. 

Semejante actitud la entiendo como una pura pretensión de desviar el centro del problema  hacía otros territorios  más cómodos que la propia inculpación.  La  verdadera causa de la situación por la que atraviesa la Iglesia no radica, en mi opinión, en el movimiento secularizador. Desde esta perspectiva, la referencia a la secularización es una excusa falsa y, por tanto, inaceptable. Es más, si algo revela en el momento presente semejante apelación es la inadaptación de quienes la utilizan. En efecto, dan la impresión de manejar un tópico o mantra acusador, que esconde el limitado entendimiento de lo que significó la secularización y sus causas, así como una falta de confianza en las propias capacidades y energías. Incluso me atrevería a decir que la visión del cristianismo (religión de creencias), que está en el fondo de la oposición eclesiástica  al movimiento secularizador,  está pendiente de una muy profunda revisión. Ésta se impone si nos dejamos llevar  del espíritu evangélico. ¿Se tendrá el coraje de abordarla? 

Lo que no se ve, al menos no se explicita en la comunicación con el Pueblo de Dios, es, a la hora de explicar el actual estado de cosas en la Iglesia, la alusión al gran pecado, sobre todo, de los clérigos y obispos: la marginación del Evangelio. Éste no ocupa el lugar prioritario que le corresponde en la vida de los creyentes ni de los líderes religiosos. Tan innegable realidad, la falta de coherencia entre lo que se predica y lo que se hace o como se vive, digo yo, que algo habrá tenido que ver con la situación a que  se llegado en la Iglesia.

Creo, personalmente, que, si de verdad se desea salir y superar (reforma) la situación actual, lo pertinente es preguntarse, y responder en serio y en positivo,  a qué obedece tan clamorosa marginación del Evangelio. El mundo, al menos occidental, y las sociedades que lo integran, guste o no, no va a dar marcha atrás en su emancipación de la religión o en su devolución de los seres humanos a sí mismos. Esa conquista ya no tiene vuelta de hoja. La situación del pasado, que vivió la Iglesia, y que la secularización contribuyó, felizmente, a superar, no volverá a repetirse. No era coherente con el Evangelio. La credibilidad de la Iglesia, en todo caso, no depende de que la autonomía del orden secular dé un paso atrás, sino del testimonio de vida de los que decimos ser seguidores de Jesús. Y éste, por definición, se concreta en un cambio del estilo de vida, que, por cierto, no acaba de aparecer por casi ningún rincón de la Iglesia.

Hannah Arendt

En todo caso, como juicio de valor en torno al referido movimiento de la Época moderna, hago mío el propio diagnóstico de Hannah Arendt, que dice así:

“…la secularización como hecho histórico tangible no significa más que separación de Iglesia y Estado, de religión y política, y esto, desde un punto de vista religioso, implica una vuelta a la primitiva actitud cristiana de ‘Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’ en vez de una pérdida de fe y trascendencia o un nuevo y enfático interés en las cosas de este mundo” (La condición humana, Paidós, 9ª impresión, Barcelona 2022, pág. 282. La 1ª ed. es de 1993 y la 1ª ed. en esta presentación es de enero de  2016).

Completamente de acuerdo. La Iglesiano supo estar atenta en aquel momento a los signos de los tiempos. Prefirió seguir abrazada a un pasado que ya no existía o se iba resquebrajándose con los riesgos inherentes para su integridad. En consecuencia, se posicionó totalmente a una defensiva a ultranza. Emprendió una verdadera cruzada antimodernista con manifestaciones y exigencias incomprensibles, que han llegado hasta tiempos muy recientes. Así le fue en la práctica. Los grandes movimientos sociales surgidos en aquella época, que tanto han tenido que ver con la conformación de la civilización occidental actual, aparecieron inevitablemente y se  desarrollaron sin la presencia activa,  sin protagonismo alguno y hasta con la oposición de la Iglesia. Ésta dejó de generar cultura. Una verdadera pena. El mundo moderno, por supuesto, prosiguió en su caminar emancipador de la religión (autonomía). 

La Iglesia, de hecho, se permitió el lujo de despreciar una oportunidad única, propiciada por el mundo moderno, para centrarse en lo que debía ser su función primordial: ‘Lo de Dios’ (Mc 12, 17). Esto es, en orientar su vida a fin de dar un testimonio creíble para el mundo. Se olvidó de imitar en la propia vida las múltiples actuaciones de humanización del maestro judío, como método eficaz de evangelizar ese mundo en vez de condenarlo.  Se olvidó, probablemente todavía siga con dudas serias al respecto, de aceptar que el creyente y seguidor de Jesús, como  mayor de edad que era y es, debía convertirse también en el verdadero protagonista de su vida espiritual. ‘Lo del César, devolvedlo al César’ (Mc 12, 17).

Esta lucha ciega contra el mundo moderno, por si lo anterior no hubiese sigo especialmente grave y temerario, propició además una verdadera obnubilación mental que le incapacitó para profundizar en serio en su misión evangelizadora mediante la realización de  las  actividades de humanización que practicó Jesús a lo largo de su vida pública. Esto es, no quiso profundizar -se sintió bien acomodada- en el desplazamiento que ello conllevaba del centro mismo de la religión (cfr. Delgado, La despedida, cit., págs. 244-257).

(Continuará) 

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