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Prólogo del cardenal Czerny a 'León XIV y la inteligencia artificial' de Rafael Lazcano

"Magnifica humanitas le otorga a la Iglesia una responsabilidad concreta: estar presente en las obras de la historia con una forma única, sinodal en su metodología y fundamentada en las virtudes teologales, y, por tanto, orientada al servicio pastoral de cada hombre"

Czerny y el libro de Rafael Lazcano

Los lectores más observadores coincidirán probablemente en que la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV proporciona a la Iglesia y al mundo algo más que una evaluación sumamente convincente de la inteligencia artificial. El análisis del impacto de las nuevas tecnologías digitales se convierte en una oportunidad para reflexionar en profundidad sobre el significado del hombre en su autenticidad más profunda, así como sobre el drama de su libertad, desde perspectivas teológicas, antropológicas, sociológicas y éticas interrelacionadas.

León XIV y la inteligencia artificial de Rafael Lazcano

Este prólogo yuxtapone la introducción y la conclusión de la encíclica: en su interacción, podemos discernir el marco multidisciplinar que sustenta la totalidad del documento. En las primeras páginas se plantean interrogantes fundamentales acerca de la manera en que la humanidad construye su futuro, mientras que en las últimas se ofrece una respuesta cristiana a dichos interrogantes, fundamentada en las virtudes teologales, que se han vivido a lo largo de la historia y se han sostenido mediante la oración.

1. La obra de nuestro tiempo

La encíclica inicia estableciendo una comparación entre Babel y Jerusalén. La elección es significativa. Ambas ciudades fueron escenarios de un esfuerzo humano compartido. En ambas se llevó a cabo una construcción, y la gente estaba edificando: dos obras colectivas, cada una con su propio proyecto y forma de organización. Esto demuestra que, desde el principio, la encíclica se centra en la comunidad —o sociedad— que dirige y lleva a cabo el esfuerzo, antes que en el tipo de esfuerzo en sí mismo.

No obstante, el aspecto fundamental radica en la orientación del deseo que impulsa la forma de construir de la comunidad. Esto lo expone san Agustín con gran claridad: “Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial”.

De manera similar, en Magnifica humanitas, Babel se encierra en sí misma, y la inteligencia humana se pone al servicio de un grandioso esfuerzo de autosuficiencia, solo para demostrar que la unidad sin Dios conduce, en última instancia, a la fragmentación y a la desintegración, como lo muestra la posterior confusión de las lenguas. Esta situación contrasta con el proceso de reconstrucción de los muros de Jerusalén. En esta empresa, la inteligencia humana, puesta al servicio de Dios, expresa la forma más elevada de construcción: una acción capaz de promover el bien común y de facilitar el florecimiento de la dignidad de todo hombre.

2. Introducción: Perspectivas antropológicas sobre la construcción

La introducción aborda la siguiente cuestión: “¿Qué tipo de progreso estamos promoviendo?”. En lugar de dar prioridad a la eficacia de los medios técnicos, prestemos atención a las condiciones de vida que estos ayudan a generar. No solo debemos preguntarnos en qué medida estos medios pueden transformar la realidad, sino también en qué dirección tienden a hacerlo. ¿Qué tipo de amor fomentan? En otras palabras, ¿las posibilidades que abre la innovación favorecen relaciones más justas, instituciones más atentas a las personas y un futuro verdaderamente compartido?

Por esta razón, la encíclica insta ante todo a que prestemos atención a la forma en que estamos construyendo juntos. Los sistemas de inteligencia artificial inciden en los ámbitos político, económico, social, cultural, comunicativo y educativo. Su impacto en la calidad de la vida cotidiana es considerable y de gran alcance. En este contexto, construir juntos puede ser una salvaguardia contra la tentación de considerar el progreso tecnológico como un fin en sí mismo y, al mismo tiempo, un baluarte contra sus efectos potencialmente desintegradores.

León XIV firma Magnifica humanitas | @Vatican News

En el marco de esta tarea compartida, los cristianos descubren su papel único de orientar las acciones hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último (n. 10).

La sinodalidad hace visible la comunión de la que nace y crece la Iglesia en ese amor socialmente armonioso de Dios que, según Agustín, “hace un solo corazón de muchos, esto es, la perfecta y concorde obediencia de caridad [caritas]”. Como forma concreta de presencia, escucha y corresponsabilidad compartida, permite a los creyentes participar sin reservas en la obra de nuestro tiempo sin temor a “ensuciarnos las manos” (cf. n. 16).

No obstante, la introducción no se limita a un llamamiento genérico a la cooperación. En su lugar, ofrece una noción de construcción, fundamentada en cuatro principios antropológicos esenciales, que evidencian cómo la labor colectiva puede orientarse verdaderamente hacia el bien de cada hombre y de todos los hombres. Estos cuatro elementos esenciales son el deseo, el límite, la responsabilidad compartida y el discernimiento.

La encíclica destaca, en primer lugar, el deseo humano de felicidad (n. 11). El progreso tecnológico ofrece la promesa de una vida más cómoda y menos expuesta al sufrimiento. La encíclica aborda este anhelo con seriedad, reconociéndolo como un elemento dado y constitutivo de la condición humana, que debe ser comprendido y aceptado en su veracidad y autenticidad. Sin embargo, cuando se reduce al rendimiento o al control, existe el riesgo de empobrecer al hombre. Por el contrario, cuando está moldeado por la fe, la felicidad recupera su justa medida en nuestra relación con Dios, con los demás y con nuestra casa común.

El deseo, sin embargo, debe tener en cuenta la realidad de los límites (n. 12). Cuando la fragilidad se percibe únicamente como una imperfección que debe ser corregida o eliminada, resulta difícil reconocer el valor de las vidas marcadas por la discapacidad, la enfermedad o el envejecimiento. Las limitaciones son inherentes a la condición humana y nos recuerdan que la vida es un don que debemos custodiar y desarrollar. Asimismo, prestar atención al hecho de los límites contribuye a que la inteligencia humana supere la ilusión de la autosuficiencia.

El reconocimiento de los límites da lugar a una responsabilidad compartida con valentía (n. 13). La imagen de que “a cada uno corresponde su tramo de muralla” ilustra de manera concreta el principio de subsidiariedad: el bien común crece cuando cada individuo aporta su parte y recibe el apoyo necesario para ello. Nadie es dueño de todo el proyecto, nadie construye solo. La subsidiariedad se manifiesta, por tanto, como una modalidad estructurada en la que las personas, las comunidades y las instituciones contribuyen de acuerdo con su experiencia y vocación.

Esta responsabilidad compartida requiere, sin embargo, criterios de discernimiento (n. 14). En este sentido, los principios de la Doctrina Social de la Iglesia nos permiten involucrarnos en la obra de nuestro tiempo, evaluar las promesas de la tecnología y distinguir lo que beneficia al hombre de lo que le expone a nuevas formas de dependencia o exclusión.

De este modo, la introducción a la encíclica prepara al lector para comprender las cuestiones que se desarrollarán en sus capítulos posteriores. Muchas de ellas se exploran en las contribuciones recopiladas en este volumen. En este espacio, me gustaría centrarme únicamente en dos de ellas, ya que aclaran la naturaleza del ser humano que trabaja en la obra de la tecnología. El ingenio es una muestra de la asombrosa capacidad humana para diseñar y crear nuevas herramientas. La conciencia moral (conscience), por su parte, preserva la irreductibilidad de lo personal, negando así que esta asombrosa capacidad pueda reducirse a un mero rendimiento cognitivo o al poder de los sistemas artificiales y operativos.

León XIV y la encíclica Magnifica humanitas

3. El ingenio y la condición de criatura

La forma en que MH aborda la inteligencia artificial constituye un paso útil para comprender el proyecto de construcción que nos ocupa. La encíclica se distancia tanto de las interpretaciones entusiastas como de las alarmistas; en su lugar, opta por reconocer lo que estos sistemas revelan sobre la capacidad humana para conocer, planificar y transformar el mundo. Antes de cuestionar los riesgos y las responsabilidades que conlleva su implementación, nos invita a reconocer la inteligencia artificial como una manifestación sobresaliente del ingenio humano. Podemos sentirnos legítimamente orgullosos de la labor de tantos hombres y mujeres en los ámbitos científico, tecnológico y empresarial.

Sin embargo, hay algo más profundo que merece ser reconocido: en la inteligencia artificial, el hombre puede vislumbrar un elemento inherente a su dignidad específica, a saber, nuestra capacidad de aprender, de abstraer, de buscar el orden en medio de la complejidad que caracteriza al pensamiento. Cada logro de la inteligencia humana revela algo de la grandeza del hombre. Para los creyentes, esto apunta al misterio inherente a la condición de criatura: creado a imagen de Dios, el hombre participa de manera finita en la creatividad divina. Esta perspectiva nos brinda la oportunidad de afrontar los retos de la inteligencia artificial con gratitud y discernimiento, en el contexto de una libertad que reconoce el valor del ingenio humano, al tiempo que asume sus responsabilidades.

El discernimiento se hace aún más necesario a medida que los cambios introducidos por las nuevas tecnologías avanzan a una velocidad vertiginosa, rebasando los procesos culturales, políticos y educativos a través de los cuales las sociedades comúnmente asimilan las transformaciones de gran envergadura. En Laudato si’, el Papa Francisco acuñó el término “rapidación” para referirse a esta aceleración sin precedentes: “A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo” (n. 18).

En contraste con la transformación gradual que supuso la Revolución Industrial para la economía, el trabajo, la vida cotidiana, la familia, etc., la transición digital avanza a pasos agigantados. En este contexto de “rapidación”, la encíclica nos invita a adentrarnos conscientemente en “la obra de nuestro tiempo”, abierta e inacabada, en constante evolución, y que requiere la aportación de diversas competencias.

El futuro de la inteligencia artificial también es una obra en construcción. Puede contribuir a una convivencia más justa, ponerse al servicio del desarrollo del hombre y respaldar el cuidado de nuestra casa común. No obstante, también puede concentrar el poder y agravar las desigualdades, dejando atrás a quienes ya están marginados, y exacerbar la degradación medioambiental. La dirección que se siga no depende de la tecnología en sí misma, sino de la calidad de las decisiones humanas, de las instituciones que regulan dichas decisiones y, en última instancia, de la capacidad para gestionar la innovación en beneficio del bien común.

Rafael Lazcano

4. La conciencia moral en el centro de la cuestión antropológica

Precisamente porque la inteligencia artificial refleja de manera evidente la capacidad humana para el conocimiento y la planificación, resulta necesario aclarar qué es lo que pertenece al ser humano y trasciende toda producción técnica y simulación funcional. La reflexión sobre el ingenio conduce así, casi por necesidad interna, a la cuestión de la conciencia moral (conscience), que constituye el centro antropológico de la encíclica.

Magnifica humanitas afirma que ser humano es ser una “criatura inserta en una trama de relaciones con los demás seres vivos y con la totalidad de la creación” (n. 237). La inteligencia artificial influye indudablemente en la calidad de las relaciones interpersonales y modifica el entorno humano en el que se toman las decisiones y se establecen las relaciones. La tecnología se convierte, de este modo, en un componente inseparable de las cuestiones relacionadas con el hombre: ¿quiénes somos? ¿cómo habitamos el mundo? ¿cómo queremos configurar nuestra vida en común?

En el ámbito de esta cuestión más amplia se encuentra un tema que actualmente genera un debate acalorado: si, y en qué medida, podemos hablar de conciencia (consciousness) en relación con los sistemas de inteligencia artificial más avanzados. Esta es una cuestión seria que requiere atención y estudio. No obstante, hay que tener en cuenta que no se trata meramente de una cuestión técnica, ya que atañe al significado de la experiencia y la interioridad, la subjetividad y la libertad. En este sentido, está abierta a diferentes interpretaciones.

La Iglesia acoge con respeto este debate y reconoce el valor de las perspectivas científicas y filosóficas que se presentan. Con motivo de la presentación de Magnifica humanitas, el Papa León expresó lo siguiente:

Por esta razón, la Iglesia desea, con humildad y franqueza, ser parte de las conversaciones sobre la inteligencia artificial. No tenemos respuestas técnicas, ni pretendemos sustituir a quienes poseen las competencias. Pero aportamos una sabiduría sobre el ser humano que el tiempo presente necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común.

La implicación de la Iglesia surge de su interpretación particular de la humanidad, recibida de la Revelación y madurada en el seno de nuestra Tradición viva. En este sentido, resulta indispensable la afirmación del Concilio Vaticano II que establece que la conciencia moral constituye “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”. La conciencia moral, imposible sin la conciencia misma, es esa dimensión más íntima del hombre en la que es tocado por la voz de Dios, en la que escucha la llamada de la verdad y se esfuerza por responder a ella, en la que reconoce lo que es bueno. Por tanto, se trata de una vocación única del hombre: presentarse ante Dios como su interlocutor y socio en la alianza. Esto demuestra precisamente que toda simulación artificial, por muy refinada que sea, no puede considerarse como algo humano, como algo propio de una persona. La conciencia moral es el lugar donde el hombre se descubre llamado y responsable, y así se da cuenta de que habita un ámbito que trasciende cualquier operación puramente cognitiva y sin duda, también cualquier operación tecnológica o computacional.

En este punto, es pertinente retomar la relación existente entre la introducción y la conclusión de la encíclica. La introducción plantea la cuestión de la orientación de la construcción humana. Las observaciones sobre el ingenio y la conciencia moral han demostrado que dicha construcción implica un sujeto capaz de generar herramientas poderosas, sin por ello reducirse a la lógica de las operaciones. La conclusión de Magnifica humanitas sigue esta línea de pensamiento y la eleva a su nivel propiamente teológico: la obra humana, en la era de la tecnología, se reconduce a la relación con Dios, que configura el deseo, genera comunión y sostiene la esperanza en el compromiso de los discípulos con los acontecimientos de su tiempo.

Magnifica Humanitas

5. El marco teológico

Inspirados en este enfoque, podemos interpretar ahora cada elemento del marco anterior para la edificación desde una perspectiva cristiana. El deseo, el límite, la responsabilidad compartida y el discernimiento se manifiestan concretamente en la vida del creyente, donde la fe se abre a la contemplación del plan de Dios, la caridad nace de la comunión eucarística y la esperanza sustenta nuestro compromiso con los acontecimientos de nuestro tiempo.

La fe nos abre, en primer lugar, a contemplar el plan de misericordia que se despliega a lo largo de la historia (n. 230). Para edificar en el bien, debemos reconocer que el camino humano se fundamenta en una lógica del don, centrada en el misterio de la Encarnación: el Verbo asume la condición humana, entra en la frágil carne humana y la transforma en un lugar de salvación (n. 232). A la luz de esto, el tema de la limitación puede entenderse desde una perspectiva cristológica: lo que aparentemente representaba un signo de finitud es acogido por el Hijo y se abre a la redención. La recapitulación en Cristo lleva esta dinámica a su plenitud, ya que lo que es auténticamente humano es purificado, transformado y devuelto al Padre (n. 233). El límite se manifiesta así como el punto de convergencia entre el hombre y Dios.

La caridad encuentra su expresión sacramental en la Eucaristía. En ella recibimos el misterio de nuestro ser Iglesia. Agustín les dice a los neófitos: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está puesto el misterio que vosotros mismos sois: recibís el misterio que sois vosotros”. La comunión eucarística configura la forma cristiana de habitar la historia, enseñándonos a reconocer a los demás como hermanos y hermanas, a llevar sus cargas y a compartir con ellos la responsabilidad de nuestra labor común. Así, comprendemos en qué sentido la introducción de la encíclica presenta el proyecto eclesial de edificar juntos como la expresión concreta de la caridad que la Eucaristía alimenta y hace posible: el Cuerpo de Cristo, entregado por la vida del mundo, genera a la Iglesia como un cuerpo llamado a la comunión (n. 234-235).

La esperanza otorga al camino su expresión concreta en la historia. Construir la civilización del amor implica continuar cooperando con la obra que Cristo inaugura en el Misterio Pascual (n. 236). Las posibilidades técnicas son bienvenidas en el marco de un camino de sabiduría orientado hacia la dignidad de todos los hombres (n. 237). El discernimiento mencionado en la introducción se convierte, por tanto, en una responsabilidad práctica que debe aplicarse en la educación, en el cultivo de las relaciones, en la valoración de la presencia física y en la unión del compromiso activo con la oración (n. 238-241). La responsabilidad valiente y compartida se convierte en un servicio eclesial que se ofrece en el presente con confianza y generosidad.

Por último, al abrirnos a la acción del Espíritu Santo en la oración, nuestra inspiración por excelencia es María. Ella se presenta ante la Iglesia como quien reconoce, en el tejido de la historia, la obra oculta de Dios, que dirige todas las cosas hacia su plenitud en Cristo (n. 243). Su mirada nos enseña a leer los acontecimientos desde la perspectiva de los más pequeños; su manera de ver es diametralmente opuesta a la lógica de la eficiencia (n. 244). Junto con el Papa León, contemplemos a María como una “tejedora de esperanza” que nos impulsa a transformar esta era de la inteligencia artificial —al igual que cualquier otro período histórico— en esa obra en construcción que, con nuestra fe en la Encarnación, conocemos como la civilización del amor (n. 245).

Esperanza

6. La forma histórica de la esperanza

En el contexto teológico, el acto de construir no se percibe como una actividad que aleje al creyente de la historia, sino que lo arraiga con mayor sentido de responsabilidad en la realidad concreta donde la esperanza está llamada a manifestarse y actuar. Por esta razón, la conclusión de la encíclica evoca la civilización del amor como nuestro horizonte último y, al mismo tiempo, menciona ejemplos concretos que evidencian cómo el discernimiento sobre la inteligencia artificial puede contribuir al cuidado de nuestra casa común y a la educación de las nuevas generaciones.

Magnifica humanitas destaca la repercusión de la inteligencia artificial en la creación y, en este sentido, se inscribe en una continuidad plena con Laudato si’ y Laudate Deum. En dichos textos, el Papa Francisco enseñó que, cuando el poder tecnológico carece de conexión con una sabiduría capaz de preservar las relaciones, puede convertirse en una lógica de dominación tanto sobre las personas como sobre la creación. En la era de la inteligencia artificial, esta conciencia adquiere una nueva y urgente relevancia, dado que los sistemas más avanzados requieren infraestructuras energéticas a gran escala. Como se ha puesto de manifiesto, a un nivel material básico, la transición digital se ha convertido en una cuestión ecológica y, por consiguiente, social. La obra digital y la obra de nuestra casa común convergen en una misma cuestión: ¿qué tipo de mundo estamos edificando? Y, por otra parte, ¿qué lugar ocupa el hombre en él?

Esa pregunta adquiere una relevancia aún mayor para las generaciones futuras que habitarán un mundo en constante transformación. La tecnología introduce nuevas herramientas y moldea las experiencias cotidianas de los jóvenes de hoy; por lo tanto, educar significa ayudarles a navegar por esta era con juicio crítico y libertad interior. La encíclica afirma la necesidad de educar “a las nuevas generaciones para que logren creer que la evolución de las tecnologías no sigue un camino inevitable, sino que puede estar orientada por la responsabilidad personal y colectiva” (n. 238). Educar en la era de la inteligencia artificial significa formar a las personas para que utilicen herramientas poderosas, sin dejar de escuchar a los demás ni de disfrutar de encuentros y relaciones personales auténticos.

7. La civilización del amor como tarea

En resumen, en la interacción entre la introducción y la conclusión se aprecia la profunda coherencia de Magnifica humanitas. La encíclica comienza preguntándose qué forma debe adoptar la construcción humana en la era del poder tecnológico, concluyendo que, para los creyentes, esta cuestión concierne a la esencia misma de la vida cristiana. Edificar en el bien significa dejarse moldear por la fe, fomentar la comunión en la caridad y mantener el compromiso con la historia a través de la esperanza. La conclusión, por tanto, completa la metáfora introducida al principio: Babel y Jerusalén plantean la cuestión de la dirección del esfuerzo humano, mientras que su plenitud será la civilización del amor.

Como cristianos, nos aventuramos en esta obra con la certeza de que “la esperanza que anunciamos […] viene del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva»” (n. 240). La encíclica expresa esta idea con gran intensidad: “En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas” (n. 245). Esta afirmación reconoce la fuerza inherente a la esperanza cristiana. En medio de las transformaciones que estamos experimentando, la vida cotidiana sigue siendo el ámbito concreto en el que pueden madurar la fraternidad y el auténtico crecimiento humano. Confiamos en ello gracias a la verdad sobre el hombre que Cristo revela y lleva a plenitud: todo ser humano está llamado a la comunión con Dios y a la libertad de sus hijos, que ejercen al entregarse por los demás. “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. A la luz de esta vocación, cada persona trasciende siempre el perfil de sus datos y la suma de sus logros, así como cualquier posible simulación técnica.

Libro de Lazcano

En definitiva, Magnifica humanitas le otorga a la Iglesia una responsabilidad concreta: estar presente en las obras de la historia con una forma única, sinodal en su metodología y fundamentada en las virtudes teologales, y, por tanto, orientada al servicio pastoral de cada hombre. Preservar esta verdad y esta libertad en medio de las transformaciones de nuestro tiempo es la tarea que la encíclica confía a sus lectores. El presente volumen tiene como objetivo asumir este mandato, ofreciendo una lectura multidisciplinar de la obra que Magnifica humanitas insta a llevar a cabo para el discernimiento de la Iglesia y la responsabilidad de todos. “¡Larga y pesada tarea ésta!”, en palabras de Agustín, “pero Dios es nuestra ayuda”.

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