Adviento...
Levantemos la cabeza
En distintos momentos de los evangelios Jesús nos habla del sembrador, de la siembra, de aquella semilla, Dios como sembrador esparce por su campo. En su siembra quizás la semilla se verá mezclada con cizaña que Él dejará crecer junto con el trigo y parece que no será difícil lograr el esperado.
La semilla esparcida generosamente por el sembrador sale como volando de sus manos y no siempre va a caer en terreno adecuado para dar fruto: escasa profundidad o sequedad del terreno, o los pies de los caminantes se convertirán en impedimentos para la buena y abundante cosecha.
Desde estas parábolas Jesús nos invita a cada uno a convertirnos en sembradores, nos corresponde también sembrar, pero ¿qué semilla podemos sembrar, cual es la buena simiente que Dios nos da para esparcir?
Sólo somos capaces de sembrar desde la sencillez, podemos sembrar buenas palabras, palabras amables, dichas con una sonrisa en los labios, con buen humor, que puedan ayudar a quien las reciba a ser un poco más feliz y a dar gracias a Dios por ello.
Podemos sembrar buenas acciones, pequeños detalles de ayuda, a quien está a nuestro lado y tiene necesidad de ello. Es Dios mismo quien se encarga de hacer germinar a nuestro paso la buena acción que alguien espera.
Quizás estas buenas palabras, acciones o sonrisas son también lanzadas al viento, pero son expresión de nuestro deseo de hacer presente a Dios. Nunca las acciones buenas son perdidas, aunque pueda parecerlo, pero la confianza que tenemos en Él nos da la seguridad de que sin prisas, sin que sepamos cuando, quizás sin que lo veamos, toda obra buena germinará y se convertirá en un fruto que hará que alguien se pueda sentir más feliz. Texto: Hna. Carmen Solé.
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