Nuestra vida es un caminar hacia la felicidad para ello no es necesario salir de casa. Todo lo contrario es entrar en uno mismo e iniciar una marcha interior hacia la auténtica felicidad, la felicidad que todo humano desea hallar. Este camino no es fácil, suele ser un camino rudo como el de los hebreos en el desierto pero ellos vencían las dificultades ante la promesa de una tierra que manaba leche y miel.
Es el camino que inició Jesús al venir a este mundo, y él mismo se propuso como camino a sus oyentes:
“Yo soy el camino”. Quien sigue sus pasos no hallará nunca tinieblas, él será la luz, nuestra
luz que ilumina el camino que todos debemos recorrer en esta vida. Camino que andado junto a él se hace menos fatigoso; él camina junto aquellos que se imaginan que su andadura no sirve de gran cosa o que es inútil. Es el mismo Jesús que invita a los cansados:
“Venid a mi todos los que estáis angustiados y yo os aliviaré”. Pues en realidad nuestro corazón no reposa hasta que reposa en Él.
Este fue el gran descubrimiento de San Agustín que no paró de buscar hasta que lo encontró y justo lo encontró dentro de sí cuando este gran santo lo buscaba fuera.
Texto: Hna. María Nuria Gaza.