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Existe una curiosidad sana que es deseo de saber, de conocer a alguien, como le ocurrió a Zaqueo, el cobrador de impuestos que nos narra San Lucas. Éste tenía ganas de ver a Jesús y para ello se encaramó a un árbol porque era bajo de estatura. Zaqueo, el publicano tenía un deseo sincero y esto le valió el que Jesús se hospedara en su casa donde se realizó su conversión.
Dos de los discípulos de Juan Bautista le oyeron decir: “Este es el cordero de Dios”. Al oírlo estos dos discípulos siguieron a Jesús y le preguntaron: “¿Maestro dónde habitas?”. Jesús les respondió: “Venid y ved”. Narra el Evangelio que estos dos se quedaron con Jesús el resto del día. Estos dos discípulos tenían una curiosidad sana. Querían saber quien era aquél que Juan había dicho que era el cordero de Dios. Le conocieron, le siguieron y fueron después de los doce apóstoles.
Pero los mismos Evangelios nos presentan otros personajes con una curiosidad insana. Entre ellos, creo que el que peor queda es el rey Herodes.
“El rey Herodes oyó hablar de Jesús y de todo lo que hacía. Y no sabía qué pensar, porque unos decían que era Juan, que había resucitado; otros, que había aparecido el profeta Elías, y otros, que era alguno de los antiguos profetas que había resucitado. Pero Herodes dijo: “Yo mismo mandé que cortaran la cabeza a Juan. ¿Quién, pues, será este de quien oigo contar tantas cosas? Por eso Herodes tenía ganas de ver a Jesús”. Pero este deseo de conocer a Jesús no era un deseo salido de un corazón noble sino todo lo contrario.
En el momento de la pasión de Jesús, el rey Herodes, que por aquellos días se encontraba en Jerusalén, Pilatos se lo mandó. Al ver a Jesús, Herodes se alegró mucho, porque ya hacía bastante tiempo que quería conocerle, pues había oído hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le preguntó muchas cosas, pero Jesús no le contestó nada. Así que la curiosidad de este rey inicuo no se vio satisfecha, porque era una curiosidad insana. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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