Límpianos, Señor, de toda impureza

Mi vocación: Sor Gemma Morató
10 mar 2015 - 20:44
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Narran todos los evangelistas que Jesús entró en el templo y encontró a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados en sus mesas y haciendo un azote con cordeles los echó a todos del templo, ovejas y bueyes y a los cambistas les volcó las mesas; y los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2,13-25). Jesús expulsó a los vendedores del templo porque habían convertido el templo en un comercio en vez de hacer de él una casa de oración.

El hombre que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y por el bautismo habita en él Dios, es decir el hombre es templo de Dios. En muchas ocasiones su corazón se convierte también en un lugar de tráfico: deseos desordenados de todo tipo campan a sus anchas en su corazón. Éste ya no es “casa de oración”.

Pidamos con insistencia al Señor un sincero deseo de purificación y que Él nos ayude a limpiar nuestro interior de todo deseo desordenado, de toda maleza. Esto no es fácil; es doloroso como lo debió ser para aquellos vendedores verse expulsados del templo y para los cambistas ver sus mesas de cambio patas arriba. Negocios, que Jesús que leía el fondo de los corazones veía que eran poco trasparentes, llenos de intereses humanos más que por el deseo de servir a los que iban a comprar las víctimas para los sacrificios rituales. Texto: Hna. María Nuria Gaza.

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