Adviento...
Levantemos la cabeza
El salmista puede ser un enfermo grave que se ve enfrentado a la muerte: “Estoy agotado de gemir, de noche lloro sobre mi lecho y mi cama está empapada de lágrimas”. Su vida, como la de Job, se deshilacha, y como a este israelita, las noches se le hacen interminables y la luz del día no le aporta ninguna alegría.
Dios es misericordioso y los seres humanos miserables. Por ello el autor del salmo 6 apela al todo misericordia que se apiade de él: “Vuélvete, Señor, liberta mi alma, sálvame por tu misericordia”:
No le apela en razón del amor que él le tiene, ni de sus méritos, pues reconoce su pequeñez y su nada, pero justamente el reconocimiento de su situación es lo que hará inclinar al Señor a acudir en su ayuda. Esto lo tenía muy claro Pablo cuando exclama: “Cuando soy débil es cuando soy fuerte”. Su fuerza venía de Dios.
Por esta razón, el enfermo al final del salmo exclama: “El Señor ha escuchado mi súplica, el Señor ha aceptado mi oración”.
Este salmo nos hace pensar en tantos enfermos, en tantos seres que sufren en este mundo. Pidamos al Señor que les conceda fuerza en su dolor y que nunca les falte un rayo de esperanza. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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