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¡Señor, sálvame!

Tomás Moro

Cuando Tomás Moro, el canciller de Enrique VIII, se encontraba preso en la Torre de Londres, por no querer dar su brazo a torcer a los deseos del rey, escribió desde la prisión una carta a su hija Margarita:

“No quiero, mi querida hija Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo; gritaré a Cristo: ¡Señor, sálvame! Espero que, él entonces, él, tendiéndome la mano, me sujete y no deje que me hunda”.

¡Qué entereza de hombre! Prefirió la cárcel y la muerte que renunciar a sus convicciones cristianas. ¡Qué humildad la suya! No se sentía un súper hombre, sino débil y frágil.

Murió decapitado el 6 de julio de 1535 ante numeroso público al que se dirigió diciendo: “Muero como el buen servidor al rey pero primero a Dios”.

Con frecuencia oro a este santo por los gobernantes y por todos aquellos que tienen responsabilidades públicas en los países. En él tienen un magnífico modelo para que les inspire en sus trabajos y se mantengan íntegros en la verdad sin guardar odios, rencores, ni venganzas. Texto: Hna. María Nuria Gaza.

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