Septiembre, el mes del regreso
Los meses de verano son para muchos como un verdadero regalo, especialmente para los niños. Son días que nos ofrecen la posibilidad de cambiar el ritmo de la vida, de poder descansar de los ajetreos que ha comportado el curso terminado.
Es cierto que muchos no han podido gozar de este tiempo de vacaciones, de esta posibilidad de cortar con la realidad de siempre y han permanecido con sus ritmos habituales pero la mayor parte de las veces envueltos por un aire distinto que se capta tanto en las familias como en las ciudades y en los pueblos más alejados.
Y es que el verano, además del calor nos trae también un tiempo distinto, un tiempo en el que relativizar las cosas parece incluso más fácil y también parece más fácil poder dedicar algún espacio a la reflexión y al silencio, a contemplar el mar o los campos, y gozar de la hermosura del mundo creado.
Encontrar el reposo, aun sin poder hacer vacaciones es confiar en Jesús que en su misericordia y ternura nos promete su ayuda para sostener el peso de lo cotidiano, porque su yugo es llevadero y su carga es ligera, porque sostiene nuestro caminar y nuestro cansancio.
Pero ya casi llegó septiembre, y otra vez la vida vuelve a retomar su ritmo de trabajo, regresamos a los quehaceres normales de todo el año. Quizás experimentaremos el cansancio, pero no podemos perder de vista que el Señor seguirá ayudándonos siempre que le busquemos y con su gracia y su fuerza no van a faltarnos las posibilidades para vivir con plenitud el curso que ya casi emprendemos. Texto: Hna. Carmen Solé.