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Servir es una palabra muy preciada. Lo que sirve es útil para un determinado fin. Esta palabra viene del latín “servus”, el que servía a su señor. Las herramientas sirven al artesano, el soldado sirve a la patria, el camarero sirve los platos en un restaurante.
En la vida todos tenemos que servir y poner nuestros dones al servicio de los demás. El que no quiere servir es un ser inútil para la sociedad. Se le puede aplicar la misma amonestación de San Pablo: “Él que no trabaja que no coma”.
En este mundo el Señor nos ha puesto para servir, el egoísta que no quiere entregarse y se guarda para sí, no cumple con la voluntad de Dios.
En el Evangelio vemos como María después de haber recibido el anuncio de que iba a ser la madre de Dios, no se queda ensimismada en aquel gran acontecimiento que se iba a cumplir en ella sino que al conocer que su prima Isabel, de edad avanzada, iba a tener un hijo, se desplaza presurosa para prestarle ayuda. En Jesús tenemos el máximo exponente del servidor: “No he venido a ser servido sino a servir”.
La vida de los santos está llena de hombres y mujeres que se entregaron con ahínco al servicio de Dios y de los demás y por este hecho la Iglesia los reconoció como modelos a imitar. Si analizamos en nuestra propia vida vemos que lo que nos hace verdaderamente felices es vivir entregados al servicio de los demás. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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