El bien y el mal

Anciana
Viene a mi memoria el caso de la relación de una ancianita con su nuera. Esta anciana señora quedó viuda con un hijo en la época que no existía ningún tipo de seguridad social. Tuvo que trabajar mucho para poder vivir ella y su hijo y además dejarle algo para el futuro.

Me contó que los domingos como no trabajaba iba a la puerta de la iglesia a vender caramelos que ella preparaba por las noches al terminar su trabajo cotidiano. Con el fruto de su esfuerzo llegó a tener una buena suma que entregó a su hijo para pagar la entrada de un piso en un barrio periférico de Barcelona donde él trabajaba.

La anciana mayor y cansada, fue acogida en una de las casas de las Hermanitas de los pobres. Allí era feliz tenía lo necesario y una capilla para dar gracias al Señor por todo lo que él le había ayudado al largo de su vida.

Su hijo tenía dos pequeños, su mujer también trabajaba así que decidieron recurrir a su madre para que se fuera vivir con ellos para que cuidara de los nietos. Ella accedió con pesar y se fue con su hijo. Pero llegaron los problemas con la nuera al ausentarse el hijo que con frecuencia por su trabajo lo desplazaban por unas semanas fuera de la ciudad. Ahí empezaron los problemas. La anciana Dolores era muy piadosa y rezadora y la nuera no soportaba que la abuela enseñara a los niños a rezar. Primero empezó a insultarla y luego a maltratarla y contaba a sus hijos que la abuela era una bruja y así los pequeños también la insultaban, llegando a pegarle.

La cosa llegó a tal punto que recurrió en mi auxilio para que escribiera una carta a las Hermanitas para que la admitieran de nuevo. La respuesta fue negativa. No se podía admitir por normas de la institución, a alguien que había salido de ella. Que lo sentían mucho porque era una anciana que había dejado un recuerdo inmejorable. Con esta negativa no me quedó más remedio que buscar otro lugar para la anciana que no quería quedarse más en casa de su hijo. No fue fácil encontrar sitio. Eran tiempos difíciles Lo único que encontré fue un albergue del ayuntamiento. Era un centro de nueva planta; así que el día convenido con la directora, con una voluntaria fuimos a buscar en su casa a la buena señora. Antes de salir de la casa, Dolores llamó a la puerta de la habitación de la nuera le dijo: “Me vienen a buscar, besos a los niños”. El silencio fue la respuesta.

En el albergue dejamos a la anciana le prometimos que la iríamos a visitar. Al cabo de una semana fuimos como habíamos prometido. Ella se puso muy contenta. Nos comentó: “Miren la cama muy limpia, la, comida bien”. Ella iba a ayudar en la cocina a preparar las verduras, las empleadas eran muy agradables pero las usuarias, “¡tienen unas lenguas!”. Con tristeza allí la tuvimos que dejar.

A los pocos días me avisaron que estaba ingresada de urgencias en el hospital. La fui a visitar. Estuvimos contentas de vernos. La encargada de la sala dijo que estaba grave. Al cabo de dos días me avisaron que había muerto. Tuve pena de no haber estado a su lado, pero también la paz y la seguridad de que había recibido el premio a su gran bondad.Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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