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Levantemos la cabeza
El salmo 18 atribuido a David es como un arcaico “Te Deum” que alaba y da gracias a Dios por los inmensos favores que ha realizado con él. En todas las hazañas realizadas por este joven que pasó de pastor a rey, que salía victorioso de todas las batallas porque el Señor lo protegía entona este himno de acción de gracias: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador; Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos” (v 2-4). En poco espacio lanza una letanía de alabanzas. Es que cuando uno ha recibido grandes favores la acción de gracias brota espontanea y abundante de nuestro corazón.
Vienen a su mente los peligros superados con la ayuda divina. De todos le libra el Dios que no ama la muerte sino que desea que sus fieles tengan vida: “Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte; en el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios: desde su templo él escuchó mi voz y mi grito llegó a sus oídos” (v 5-7). “(Dios), desde el cielo alargó la mano y me agarró, me sacó de las aguas caudalosas, me libró de un enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo” (v 17).
El fin de este cántico deja paso a un nuevo personaje el Rey del futuro: “Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu ungido, de David y su linaje por siempre” (v 51). Este salmo nos invita a reflexionar sobre todos los beneficios que Dios nos ha concedido y saber darle gracias por ellos. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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