La naturaleza aclama

Dios
El salmo 28 es un poema antiguo. En él se invita a los hijos de Dios a aclamar al Señor: “Hijos de Dios aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado” (v 1 y 2). Pero el salmista reconoce en la tormenta el poder de Yahvé y no como los otros pueblos que vivian cercanos a Israel y que adoraban la tormenta como divinidad; acá canta la majestad de Dios expresada en la voz del trueno, que es como el Señor se manifestó en el Sinaí: “Al amanecer del tercer día hubo relámpagos y truenos y una espesa nube se posó sobre el monte. Un fuerte sonido de trompetas hizo que todos en el campamento temblaran de miedo. Entonces Moisés llevó al pueblo fuera del campamento para encontrarse con Dios, y se detuvieron al pie del monte. Todo el monte Sinaí echaba humo, debido a que el Señor había bajado a él en medio de fuego. El humo subía como de un horno, y todo el monte temblaba violentamente” (Ex 19,16- 18).

Son bien claras en el salmo las expresiones: “La voz del Señor es potente”, “la voz del Señor lanza llamas de fuego”, “la voz del Señor retuerce los robles” (v 3, 7, 8). Pero al fin hay “un grito unánime: ¡Gloria!” (v 9). Sí la tempestad es una expresión de la gloria de Dios. Él está por encima de la tempestad.

Ciertamente es impresionante contemplar una fuerte tempestad especialmente en alta montaña. Ahí se expresa la grandeza del Creador. Y después de la tempestad viene un silencio que es expresión de serenidad. El salmista lo explica con estas palabras: “El Señor bendice a su pueblo con la paz” (v 11). Lluvia, tempestad fertilizan la tierra para que de sus frutos. ¡Qué maravilla! Cuantas gracias tenemos que dar a Dios por sus dones. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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