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El salmo 20 es un canto al rey de Jerusalén en el día de su entronización: “¡Señor, el rey se alegra por tu fuerza, y cuanto goza con tu victoria! Le has concedido el deseo de su corazón, no le has negado lo que pedían sus labios” (v 2,3). El día de la coronación del rey de Jerusalén era una gran fiesta para el pueblo. Un pueblo que no tenía muchas oportunidades de celebraciones, aquél día tenían grandes festejos y seguro que todos comían hasta saciarse incluso los más pobres, porque el que era coronado ofrecía para todo el pueblo buenos manjares.
Los habitantes de aquellas tierras se alegraban de ver al rey coronado con la esperanza de que sería un buen gobernante para todos y tendría éxito en todas sus hazañas: “Te adelantaste a bendecirlo con el éxito, y has puesto en su cabeza una corona de oro fino” (v 4).
En sentido espiritual este salmo lo podemos aplicar a Cristo muerto y resucitado. Sus enemigos lo coronaron de espinas pero después fue coronado de gloria por el Padre.
Hay, como es muy frecuente en el Antiguo Testamento deseos de eliminar a los enemigos con expresiones muy duras: “Que tu izquierda alcance a tus enemigos, y tu derecha caiga sobre tus adversarios” (v 9). Los enemigos del rey son enemigos del pueblo. Para ellos los paganos hay que eliminarnos porque son enemigos del plan de salvación.
Pero si Cristo ha vencido la muerte nosotros nos encontramos en la lucha del mundo donde nos rodean los enemigos de nuestra salvación. Vivimos en esperanza de que si Jesús ha vencido el mal, nosotros con la ayuda de su pasión y muerte también podremos resucitar con él. Por ello podemos decir: A ti Cristo, el canto de victoria, a ti fuente de gracia y belleza por la muerte que has sufrido nos has ganado una corona de gloria. Texto: Hna. Maria Nuria Gaza.
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